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No se trata de mí, ni de ti

#Emunah

Un mundo donde lo único primordial es estar bien con nosotros mismos, nos enajena de nuestros semejantes llevándonos a pensar que podemos triunfar en la vida, sin la necesidad de la intervención de otras personas. No obstante, el verdadero propósito de la vida es aún más grande que la realización personal.

En los diversos medios sociales se comparten frases o pensamientos que fomentan la idea de que no debemos depender de los demás, porque nosotros somos más que suficiente para lograr todo lo imaginado. Sin embargo, la vida no se trata de ti, ni de mí,ni de satisfacer todos nuestros deseos egoístas.

Y no me mal entiendan, con esto no quiero decir que no nos interesemos en nosotros mismos. Debemos amarnos, saber que somos capaces, talentosos, inteligentes, creativos, valiosos e importantes para este mundo. Dios en su magnífica misericordia nos ha dotado de talentos múltiples afirmando que somos “una obra maravillosa,” diseñados para tener muchas de sus cualidades y ejercer el control sobre la tierra, su flora y fauna.

¿A dónde quiero llegar con todo esto? A que hoy en día se exalta al ser humano, el triunfo personal de gran manera, que se olvida el propósito medular de la vida. Todo esto sería de beneficio si se buscara el bien común, pero no es así, ya que para lograrlo se excluyen valores y principios fundamentales que hipotecan la finalidad del ser humano sobre esta tierra.

Por esa razón es importante saber que hay un plan de vida mayor que el nuestro. La Biblia dice que “Somos obra de Dios, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras”, asimismo nos enseña que es mejor dar que recibir porque esa generosidad reproduce el carácter de Cristo en nosotros.

Haber sido creados a imagen de Dios nos da una capacidad especial para crear, evolucionar y progresar; pero así mismo esos talentos demandan grandes responsabilidades. Cada pensamiento, actitud, creación, y objetivo debe tener la finalidad de bendecir a otros y glorificar a Dios. El hombre debe ser un buen mayordomo; utilizando sus talentos y todos los recursos naturales para el bien de la humanidad, con responsabilidad y conciencia.

Jesucristo dijo “no vine a este mundo para que me sirvan, sino para servir a los demás, y dar mi vida por la salvación de muchos.” El dio el ejemplo con sus actos: sanó a los enfermos, socorrió a los necesitados, libertó a los oprimidos de espíritu, y dió su vida por nosotros.

Asimismo, enseño “amarnos los unos a los otros” recalcando que los dos mandamientos primordiales en la vida son amar a Dios con todo nuestro corazón, alma y mente. Y el segundo, amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Así que ayudar al necesitado, al enfermo, al desvalido, y cuidar de su creación es la mejor forma de demostrar nuestro amor por Dios.

Grandes personajes a través de la historia han compartido este sentir. Voltaire dijo “yo no sé de ningún gran hombre, excepto de aquellos que han prestado un gran servicio a la raza humana”. Elbert Hubbard comentó “Los hombres son ricos sólo en medida de lo que dan.” El filósofo Séneca: “No hay bien alguno que nos deleite si no lo compartimos”.

Jesús dijo: “Si alguno quiere venir conmigo niéguese asimismo, tome su cruz y sígame”; esto una vez más nos indica que no se trata de mí, ni de ti, y nos ayuda a comprender de que nuestros recursos, talentos y posesiones no son sólo nuestros. El hacer la voluntad de Dios nos brinda la oportunidad de servir a nuestros semejantes de una forma desinteresada, siempre motivados por el amor; y nos permite descubrir nuestra verdadera identidad para cumplir nuestro legítimo propósito en este mundo.

Puede resultar intimidante intentar vivir conforme al ejemplo perfecto de servicio de Jesucristo. Pero podemos ser útiles en cualquier circunstancia siempre y cuando estemos dispuestos. Se puede bendecir económicamente, emocionalmente, espiritualmente, brindando nuestro apoyo, cariño y tiempo; pero así mismo, con una sonrisa, abriéndole la puerta a otra persona, cediendo el paso, conteniendo nuestro enojo, y perdonando a los que nos ofenden.

Dios no espera que seamos perfectos, pero sí espera que practiquemos sus consejos y principios. Siempre que servimos a otros, cultivamos su amor, y a la vez desarrollamos en nuestro ser el carácter altruista y bondadoso de Cristo. Esa práctica con el tiempo conduce a la felicidad porque ha medida que procuramos el bienestar de nuestros semejantes, aún de nuestros enemigos, empezaremos a cosechar los frutos de una vida plena.

En nuestra cultura el éxito es sinónimo de logros y de riqueza, pero desde la perspectiva de Dios el propósito fundamental del hombre es amar a Dios y a su prójimo. En lo personal, creo que no deberíamos enfocarnos tanto en lo material, ni en los éxitos personales; porque una vida que honra a Dios conforme a su palabra deja un legado de bendición no solo para nosotros, sino para la humanidad entera. Dios es amor, así que no solo se trata de cuanto damos, sino cuanto amor ponemos en lo que damos.

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