El Siglo

Negativismo: Cómodo… e ineficaz

#DescubrirLasRaíces

Leí un comentario de España que impactó, de que está cada vez más claro que la corrupción en la vida pública es uno de los principales males morales de nuestros días y que es necesario intervenir medidas que puedan devolver la confianza a los ciudadanos; si no, puede acarrear un segundo mal la “desconfianza generalizada, que nos lleve a aislarnos y ausentarnos de la vida pública y política.

En nuestro caso, ejemplo de escepticismo es el discurso generalizado de que todo está mal, nada es cierto, todo el mundo tiene un precio y seguro que detrás de una buena persona o una buena acción hay algo oscuro. Y la argumentación de quienes, aun admitiendo que hay cosas y personas buenas en la vida, concluye en que esto no es de “este país”, en que el común de los mortales parece ser vulgar, tonto, malo… Visto así, pueden concluir que estando las cosas tan mal, ¿qué importancia tiene lo que uno haga en su trabajo, en su familia, en general? Esto puede detectarse en algunos columnistas, líderes de opinión, que encajan en el tipo los que “a la vuelta de todo”. Es además de injusto, lo más cómodo…

Se refleja en las noticias y comentarios diarios, con la difusión de violencia –y con detalles innecesarios- por los medios, que influyen en el crecimiento de un pesimismo paralizante… e injusto. Y, como consecuencia, por esa difusión de la violencia, frecuentemente innecesaria y detallista, morbosa –no es que no se dé la necesaria información- crece el pesimismo; y se debilita a la sociedad y facilita la violencia. Es problema de siempre en la historia, pero actualmente los medios de comunicación pueden contribuir más eficazmente.

Es un pesimismo que se traduce a veces, cuando pasa del ámbito privado al público, y en concreto a la política, en una oposición violenta, de corte populista, a menudo victimista y frecuentemente a la búsqueda de cabezas de turco o culpables. Además, cunde bien en una sociedad con exceso de ruido. Recibimos demasiada información –información en el mejor de los casos–, una borrachera de malas noticias, mezcladas con información trivial, que no somos capaces de filtrar, jerarquizar, interpretar ni calibrar. Todo ello produce un estrés evidente y nos sobrepasa de tal manera que la reacción más fácil es rechazar todo, no tener que elegir, ni moderar ni matizar nuestros juicios o emociones: que paren el mundo, que quiero bajarme.

Ya se ha dicho y lo repito, porque el peligro subsiste. No se trata de esconder problemas. Pero su exposición morbosa e innecesaria en algunos medios hace daño, porque esa publicidad es más perniciosa que la misma violencia o la corrupción: ocasiona una sociedad pesimista, sin fuerzas para reaccionar.

Y cualquier ciudadano es también responsable de esa transmisión de noticias y comentarios negativos. El pesimista –transmisor innecesario de hechos violentos- da el mensaje del que no se puede hacer nada contra la violencia. Si pasan continuamente la idea de que este es un país colapsado, que se muere… se promueve el pesimismo, se hace mucho daño. Y es injusto.

Esta cultura de la queja invita a la pasividad. Y es como un suicidio social. No lo permitamos.

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