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Helena Rubinstein o el poder de la belleza

#EditadoparalaHistoria

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No hay mujeres feas, hay mujeres perezosas.

“Helena Rubinstein”

En 1902 llega a Melbourne, Australia, una chica polaca, de familia judía ortodoxa y extremadamente creyente, nieta de rabino, de nombre Helana Rubinstein llevando en sus maletas 12 pequeños frascos de crema para el rostro. Esos 12 frascos serán la base de un emporio industrial creado a base de mucho trabajo y evaluado en miles de millones de dólares. Era la crema que usaban las mujeres de la familia y que se preparaba en la cocina de la casa.

Fue la hermana mayor de un grupo de 8 chicas, cosa que seguramente forjó también su carácter. De joven se rebeló contra el futuro a que la destinaba su familia: casarse con un judío, lo más rico posible, y ser ama de casa. Estuvo enamorada de un joven no judío y su padre prohibió la relación, quiso estudiar medicina y su padre se lo prohibió, por lo que huyó primeramente a Viena con una de sus tías maternas y de allí a Australia con otro de sus tíos maternos. Atrás quedó el destino de mujer de su casa, madre de muchos hijos, cocinando y respetando el sabbat en el gueto de Cracovia.

Su tío vivía en un pueblo perdido de Australia, donde estuvo tres años para aprender inglés y preparar su proyecto profesional: recrear la crema que había traído en sus maletas y que se llamaba Valaze (Don del cielo). Durante seis años trabajó en la trastienda de una farmacia donde era empleada para encontrar el secreto de su crema. La base es la lanolina, grasa barata de la lana de oveja (abundante en Australia) y en farmacias y mercados vende muy caro su producto.

Con sus primeras ganancias crea un nuevo concepto dentro de los salones de belleza. En un marco extremadamente elegante y de buen gusto vende su crema Valaze donde también da consejos. Es un nuevo concepto, explica cómo darse los masajes y explica el nuevo concepto de la belleza: la higiene de vida, el deporte, las dietas.

Desde 1903 utilizó el marketing empleando a personas conocidas para publicitar su producto. Una vez bien establecido su negocio en Melbourne lo deja en manos de una de sus hermanas y parte a Londres y después a París. Llega a París en 1912 “Porque a las francesas les gusta maquillarse más que a las inglesas”. Crea su “Maison de Beauté” en la Rue Saint-Honoré donde propone masajes a pacientes desnudas que impactan a la buena sociedad. En 1914 llega a los Estados Unidos. Primero crea su Instituto de Belleza en Nueva York, le siguen Boston y Chicago.

En Europa decía que sus productos eran descubrimientos de científicos norteamericanos y en Norteamérica decía que sus productos (los mismos) eran descubrimientos de científicos europeos. El malinchismo siempre ha existido en todas partes.

Era una mujer extraordinariamente segura de sí misma, creándose una imagen elegante, refinada, con los cabellos oscuros siempre hacia atrás, su piel resplandeciente, representando tener bastante menos años que en realidad y con muchas joyas, como decía, “Para afirmar mi feminidad en un mundo de hombres”, siempre vestida por los mejores modistos: Poiret, Worthm, Touzet, después Chanel. Fue una mujer de fuerte carácter, algo dictatorial y al mismo tiempo muy generosa, siempre a la escucha de los demás, en particular de sus empleados.

En 1929 vendió sus salones de los Estados Unidos a Lehmans Brothers por la coqueta suma de 7 millones de dólares de la época quienes ponen la marca Helena Rubinstein a cotizar en bolsa. Ella desesperada veía como su concepto se desmoronaba: se perdía el encanto, la sutileza y el refinamiento de la venta de un producto de belleza, los Lehmans Brothers los vendían como si de mantequilla se tratara. Pocos meses después llega la Gran Crisis económica. Las acciones que inicialmente costaban 60 dólares llegaron a 20 y con el propio dinero de los Lehmans Brothers volvió a comprar su negocio para fundar por segunda vez su imperio que hacía aguas.

La Segunda Guerra Mundial fue una gran tragedia para “Madame” Rubinstein. Toda su familia en Polonia terminó en los campos de exterminio nazis. No quedó uno. Como si eso fuera poco, durante la ocupación de París, los alemanes destruyeron completamente su tríplex en la Isla San Luis de París. La rabia que sintió por esta destrucción fue tan grande que nunca reconstruyó el hall de entrada de su apartamento para que todo el que llegara a visitarla supiera en el estado en que había recuperado su propiedad parisina.

Es el momento de reconstruir una tercera vez su imperio europeo, pero ya con el dinero que daban sus productos en Australia y los Estados Unidos. También recupera su Instituto de la Rue Saint-Honoré.

Fue una enfermiza coleccionista de joyas y de arte. Fue una de las pioneras en coleccionar obras de arte primitivo. Fue retratada por una innumerable cantidad de pintores.

Murió en 1965 en Nueva York a la edad de 94 años estando perfectamente válida y lúcida. Dejó a su hijo una fortuna colosal, quince fábricas y 30 000 empleados en el mundo. Hasta el último minuto estuvo al tanto de sus negocios. Fue una empedernida viajera recorriendo todo su imperio. Antes de la Segunda Guerra Mundial tomaba los barcos y después los aviones como cualquier hijo de vecino toma su autobús, siempre creando nuevos Institutos de Belleza: Israel, Asia, América Latina, Moscú… enseñándole a las soviéticas cómo maquillarse.

Le debemos el concepto de belleza y cosmética modernas, el salón de belleza con el consejo, la hidratación, los fondos de maquillaje, las cremas adaptadas al tipo de piel, los autobronceantes, el vínculo entre alimentación, nutrición y belleza. Ya en los años 50 abrió en Nueva York el primer salón de belleza para hombres donde asistían los actores norteamericanos.

Sus herederos vendieron su imperio inicialmente a Colgate en 1973 que posteriormente pasó a manos de L’Oreal en 1988, actual propietario de la marca.

 

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