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Enrique VIII – El Rey sangriento

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Enrique a los 18 años

Enrique VIII nació en 1509 y fue el segundo hijo de Enrique VII y de Isabel de York. Adulado por su fuerza, encanto y bravura. Fue reconocido por ser un monarca ilustrado que reinaba sobre la corte más brillante de Europa. Fue amigo personal de los grandes pensadores del momento y permitió el crecimiento de su país: Inglaterra.

Pero la historia también lo recuerda por haber gobernado con desmedida y brutalidad porque arriesgó el futuro de su país por el amor de una joven de su corte y mandó a ejecutar a 2 de sus 6 esposas. Como verdadero tirano, mandó a la muerte y a torturar a miles de sus súbditos, arrasó con cientos de monasterios y rompió los lazos con Roma sólo por interés puramente personal proclamándose jefe de la Iglesia Anglicana.

¿Cómo un rey que sacó del medioevo a su país haciéndolo entrar en la era moderna pudo en 40 años convertirse en un déspota sin escrúpulos obsesionado por el poder y la desmesura? ¿Cómo pudo un joven apuesto y deportista conocido como “el más hermoso príncipe de la Cristiandad” convertirse en un obeso carcomido por las enfermedades?

A la muerte de su padre, Enrique VII, sube al trono a los 17 años generando grandes expectativas entre su pueblo agobiado por los grandes impuestos a los que estaba sometido.

Enrique no era el heredero del trono, sino su hermano Arturo, Príncipe de Gales, que había casado con Catalina de Aragón, hija nada menos que de Fernando e Isabel, los muy católicos Reyes de España. Este matrimonio sólo duró meses por la temprana muerte de Arturo. A su muerte, Enrique casó con Catalina quien juraba que su matrimonio no se había consumado.

Enrique VIII, con todas las grandes consecuencias que esto podría traer para su pueblo, para su reino y para toda Europa, se enamoró perdidamente de una de las damas de honor de su esposa, Ana Bolena. Después de 17 años de matrimonio con Catalina de Aragón no hay hijos varones, sino una hija, María, lo que pone en peligro la dinastía de los Tudor que se había instaurado sólo con su padre Enrique VII después de la Guerra de las dos Rosas, que enfrentó a los Tudores (la rosa roja) con los Lancaster (la rosa blanca).

Ana Bolena no aceptaba ninguno de los regalos del rey ni sus avances. Lo hace languidecer y promete sólo entregársele si la hace reina. Lamentablemente para Enrique ya estaba casado con Catalina y debía realizarse la anulación de su matrimonio. No olvidemos que Catalina era la tía del más poderoso hombre de la época, Carlos I de España y V del Santo Imperio Romano Germánico.

La Inglaterra de la época era un pequeño reino en los confines de Europa, los grandes eran Francia y España (con Francisco I y Carlos I como reyes) pero ambos países querían tener como aliado a Enrique y éste supo jugar con ambos, aliándose ahora a uno y después a otro.

El Papa no quería conceder el divorcio porque se ganaría la enemistad de Carlos I. Por otra parte, la Reina Catalina tenía todas las simpatías de la corte y del pueblo, a diferencia de Ana Bolena a la que acusaban de haber embrujado al rey. Catalina le escribió a su sobrino que a su vez escribió al Papa amenazándolo con destruir el Papado si osaba conceder el divorcio de Enrique y su tía. Esta cuestión privada del rey se convirtió en un elemento crucial de política europea.

El papa Clemente VII transigió y mandó a Londres un embajador, el Cardenal Lorenzo Campeggio para garantizar la imparcialidad del proceso, pero Catalina aún no había dicho su última palabra. La reina se presentó ante el Tribunal mostrando un orgullo muy español y defendiendo su causa. Dio un discurso inolvidable. No reconoció este tribunal y pidió que se transfiriera el proceso a Roma, rompiendo así las maniobras de su marido.

Enrique no tuvo otra opción que recurrir a la fuerza y separar la Iglesia Inglesa de la de Roma haciendo poco caso de las consecuencias (incluida la excomunión). Mandó a Catalina a un castillo lejos de Londres. Sólo con estas condiciones Ana Bolena se entregó al fin al rey sabiendo que había ganado y que próximamente sería reina. Ana Bolena quedó embarazada, ¿sería el heredero varón? Urgía legalizar el matrimonio para que el hijo pudiera pretender al trono aunque fuera al precio de un cisma con Roma adoptando leyes que hicieran de Enrique Jefe de la Iglesia de Inglaterra y Juez Supremo del país. En estas condiciones se pudo anunciar el divorcio con Catalina y realizarse la boda con Ana Bolena pero el hijo esperado es una niña que fue bautizada Isabel (la futura gran Isabel I). En el mismo momento en que Enrique ve que es una hija la que le había traído al mundo Ana Bolena murió el amor que éste sentía por ella. Más tarde la pérdida de un hijo varón no nato hace que Ana Bolena acabe de caer en desgracia.

De Roma llegó al resultado definitivo del Tribunal Papal en lo relacionado con el matrimonio con Catalina. El matrimonio no puede ser disuelto pero Enrique ya no puede dar marcha atrás. Hace que todos sus súbditos de más de 14 años le juren sermón de supremacía, así consolida la creación de la Iglesia Anglicana acompañada por la expropiación de todos los bienes de la Iglesia.

Aparece una nueva pretendiente: Juana Seymour. Juana es joven, educada, discreta y de buena familia. Enrique piensa cómo deshacerse de su nueva esposa que es encarcelada en la Torre de Londres. Bajo tortura, el músico predilecto de la reina declara que ha tenido relaciones carnales con Ana Bolena, también se le acusa de haber tratado de asesinar a Catalina de Aragón, tener relaciones incestuosas con su propio hermano y haber tratado de envenenar a Enrique. Puros rumores. Se le condena a morir. Un testigo escribió que nunca nadie había ido con tanta buena voluntad al cadalso. El último regalo del rey fue traer de Francia un verdugo para que su cabeza fuera cortada no con un hacha sino con una espada. –“Confío mi alma a Jesús” fueron sus últimas palabras.

Enrique tiene el camino libre para sus planes con Juana Seymour. Las bodas se realizaron al día siguiente de la muerte de Ana Bolena. En esta época, Enrique firmaba por millares las sentencias de muerte, lejos están los días en que el pueblo de Inglaterra depositaba todas sus esperanzas en su joven y hermoso rey. Finalmente nace el tan esperado varón, Eduardo, pero muere la nueva reina agotada por el parto. Se dice que Enrique amó a Juana por encima de todas sus mujeres y que su muerte lo dejó realmente desconsolado.

Decidió buscar nueva prometida entre los protestantes alemanes, con el fin de obtener alianzas entre los reformistas, por lo que se le encargó a un pintor pintar las diferentes pretendientes alemanas y, al ver un retrato de Ana de Cleves, se enamoró de ella y se firmó el compromiso matrimonial, pero grande fue su decepción al ver que en realidad Ana de Cleves nada tenía que ver con el retrato. Al presentarse Ana de Cleves ante Enrique éste no pudo disimular su cólera. Se dice que el matrimonio nunca se consumó y que la primera noche de bodas se la pasaron jugando cartas. Después de la humillación, la pobre Ana de Cleves también tuvo que pasar por el duro proceso de divorcio para que Enrique pudiera casarse con Catalina Howard, una de las damas de honor de la reina a la que Enrique convirtió en su quinta mujer.

Catalina era una joven atractiva y vivaracha pero pronto aparecieron las desaveniensias entre ambos esposos y ésta también tuvo que sufrir el escarnio de ser acusada de adulterio, por lo que corrió el mismo destino que Ana Bolena… la decapitación.

Desilusionado de tantos problemas matrimoniales Enrique se dedicó a la política extranjera, libró batalla contra Jaime V de Escocia a quien venció en la batalla de Flodden Field y firmó un tratado con Carlos I de España para formar una alianza contra Francisco I de Francia. Estas victorias le dieron nuevos bríos para quererse casar nuevamente, por sexta vez.

Su elección recayó en Catalina Parr que acabada de enviudar de su anciano esposo. Una vez terminado el periodo de luto comenzó a cortejarla. Era una mujer fina, bien educada, de agradable conversación y buena consejera y enfermera, por lo que pensó que era la mejor opción para sus viejos días y como madrastra de sus hijos.

En su testamento ante el próximo final escribió: Nuestro hijo Eduardo debe heredar la corona real, el reino de Inglaterra, Irlanda y nuestras posesiones en Francia. Si algo le ocurriera a Eduardo, el trono correspondería a María, hija de Catalina de Aragón y, en caso de falta de esta segunda, Isabel, hija de Ana Bolena.

Enrique VIII murió enfermo, obeso, probablemente con diabetes, sífilis y una fuerte gangrena en una pierna a la edad de 55 años después de 37 años de reinado. Su cuerpo descasa al lado del de su 3ra esposa, Juana Seymour, en la Capilla San Jorge del Castillo de Windsor.

Con la posteridad algunos lo desprecian diciendo que es una mancha en la historia de Inglaterra, mientras que otros dicen que él supo, con mano de hierro, encontrarle un lugar de primer orden a su país entre las potencias europeas.

Las ironías del destino quisieron que no fuera Eduardo ni María los que llevaran a buen puerto los buenos deseos del padre para llevar a Inglaterra a sus encumbradas posiciones debido a sus muertes prematuras, sino Isabel, hija considerada por muchos como bastarda por las condiciones de su matrimonio con Ana Bolena. Reino glorioso, conocido como Era Isabelina o Edad de Oro que vio el desarrollo del teatro inglés y de las famosas obras de William Shakespeare. Los nuevos descubrimientos geográficos realizados y la potencia de la recién creada marina inglesa fueron las bases del gran poderío de Inglaterra.

El más famoso de los retratos de Enrique VIII

 

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