El Siglo

¿Y cómo construir un país?

#Antropos

Cada vez que tenemos la oportunidad de conversar con personas inteligentes, sensibles, sensatas y creativas surge, entre otras reflexiones, la preocupación por el proyecto de país. Por ello resulta interesante examinar cada una de las desavenencias entre los ciudadanos, el poder político, el económico, el militar o bien las que se manifiestan en la familia, la iglesia, la escuela, entre muchas más. Es difícil estar de acuerdo incluso en lo mínimo. Pareciera que sólo queda como herramienta de acuerdos, el mandato, la ley, la coacción y en algunos casos hasta la violencia. Los acuerdos sociales en Guatemala son prácticamente invisibles y casi imposibles.

Las personas a quienes les he preguntado por el futuro de la sociedad guatemalteca me responden con escepticismo, desgano y frustración. Otras me dicen con el dolor de su corazón, ¿cómo es posible que los individuos que tienen tantas ventajas materiales no se den cuenta de que viven en un país lleno de profundos agujeros de pobreza y miseria humana? Y la pregunta es si esto no les da vergüenza y, por supuesto, si en este marco de cosas, ¿es posible al menos el derecho a la felicidad en Guatemala?  La verdad es que frente a este tipo de preguntas sobre la dramática vida en nuestro país, uno llega a dudar si vale la pena vivir en él. Claro que podemos huir de nuestra propia conciencia en este aquí y este ahora, sin tener que zarpar hacia otro lugar, simplemente evadiéndonos y clavando la cabeza en la arena como el avestruz.

Sin embargo, aún bajo el aguacero de esta fatídica historia, tenemos derecho a la utopía. A forjar ideales y trabajar por ellos. Lo difícil es que a cada paso encontramos que los habitantes no creen en el otro, no respetan al otro, no hay cuidado por el otro, no le tienen afecto al otro, no hay cuidado por el otro. Interesa, eso sí, el yo y sólo el yo. El yo construye cercos, alambrados, paredes y murallas que no lo comprometan con la colectividad. El yo es el que debe crecer sin importar el otro. Es el que gusta de vivir aislado porque es la única manera de no comprometerse con la vida de sus semejantes y quererlos.

Bajo este techo de valores que cubren la vida social de los guatemaltecos resulta difícil la construcción de un proyecto de país. A manera de ejemplo, examinemos la realidad de otros países. Es un hecho que nos gustaría tener todas las ventajas de una sociedad ordenada y segura, limpia, sin ruido y con aceras para caminar, con verdes montañas, ríos limpios y lagos hermosos, buenas universidades, educación con calidad. Apreciamos lo bueno, pero no nos damos cuenta de que, para alcanzarlo, en esos países los ciudadanos tienen que pagar impuestos, dar algo de sí y superar el egoísmo. La peor mentira que surge en Guatemala para oponerse al pago de impuestos es que existen algunas autoridades corruptas y sobredimensionan este flagelo moral, para no ver el dolor que a diario sufren los marginados, es casi como colocar la carreta delante de los bueyes.

Es evidente que no podemos tapar el sol con un dedo y sostener que no existe corrupción. Es un hecho aquí, como un en todas partes del mundo, tal y como lo demuestran transparencia internacional, pero esto no impide que los ciudadanos cumplan con el deber de pagar sus impuestos, porque éstos son los que hacen posible todo lo que los guatemaltecos anhelamos. Es una obviedad que no hay chocolate sin cacao.

Ahora bien, la pregunta del millón: ¿Por qué razón los guatemaltecos siempre nos oponemos a todo? ¿Existe algún maleficio que nos imposibilita encontrar las formas de querernos a nosotros mismos? Por ejemplo, si logramos descubrir las trampas que dificultan los acuerdos comunitarios de la sociedad guatemalteca, es probable que otros los desmientan, afirmando que no son esas trampas, sino otras, las que generan  nuestro atraso humano. Lo cierto es que habrá que llegar a un punto en el que necesariamente debamos trabajar por lo sustantivo y hacer a un lado los nidos de paja que oscurecen más el futuro de la vida humana en nuestro país, si es que queremos sobrevivir como una sociedad con dignidad humana.

.
.