El Siglo

Del panóptico antiguo al digital

#Poptun

En las redes sociales circula un mensaje en donde se advierte sobre la grabación de llamadas telefónicas: “A partir de mañana hay nuevas regulaciones de comunicación: Todas las llamadas se graban. Todas las grabaciones de llamadas telefónicas guardadas.  WhatsApp es monitoreado. Twitter es monitoreado. Facebook es monitoreado. Todas las redes sociales y foros son monitoreados. Informar a los que no saben. Tus dispositivos están conectados a sistema de ministerio. Tenga cuidado de no enviar mensajes innecesarios”.

Esta cadena falsa ha circulado en Guatemala y en distintos países de la región.  En Colombia, el Ministerio del Interior aclaró en el 2017 que son respetuosos de los derechos fundamentales y constitucionales de todos los ciudadanos, entre ellos el derecho a la información y a la comunicación, y que cualquier monitoreo procede solo con orden judicial.

En nuestro país al igual que Colombia, cualquier escucha telefónica para que sea legal, debe ser autorizada por juez, aunque debemos estar conscientes que el espionaje de conversaciones no es del todo difícil, hay empresas que ofrecen este servicio, así como hay aplicaciones que dan acceso a escuchar llamadas y ver conversaciones de otros.

Sin embargo, actualmente cualquiera nos puede vigilar. Vivimos en un tiempo del cual hemos evolucionado del control panóptico propuesto por Jeremy Bentham y reaparecido en el siglo XX por Michel Foucault en la obra Vigilar y castigar, donde los pocos vigilaban a muchos y hemos arribado al panóptico digital: el de la pantalla.

El panóptico fue un modelo de cárcel usado en el pasado, construido en forma de anillo, con celdas alrededor, y en el centro una torre de observación, que permitía la vigilancia constante de los reclusos.  Estas prisiones ya no existen y por eso se dice que hemos avanzado al panóptico digital porque no es necesario estar presos, ni sometidos a un proceso legal para estar vigilados.

Vivimos en una sociedad de vigilancia recíproca, perseguidos por las cámaras, en donde vigilamos y nos vigilan. Vivimos en la era de la vigilancia y el control, el cual es ejercido por todos sobre todos, como lo describe Byung-Chul Han en la obra La sociedad de la transparencia, en el noveno capítulo  “La sociedad del control”.

El ensayista coreano expone que todos colaboramos de manera activa en la construcción y conservación del panóptico digital, a través de la hipercomunicación, al exponer, exhibir y desnudar nuestra información total, sin que nos obliguen a ello; lo hacemos placenteramente porque existe la necesidad de exhibirse sin vergüenza.  El filósofo concluye que existe democratización de la vigilancia, porque somos víctimas y actores a la vez, lo cual aniquila la libertad, y aunque nos sentimos libres, realmente no lo somos.

Sin lugar a dudas, la tecnología nos permite tener contacto con familiares y personas a miles de kilómetros y conocer nuevas amistades, pero las redes sociales no están libres de peligros, por lo que para disfrutarlas de forma segura, con cadenas ciertas o falsas, se debe ser cauto en la información que se publica para que no entreguemos nuestra privacidad al público y no seamos objeto de acosos continuos o rumores que permitan descubrir secretos o arruinar reputaciones, pero además porque estas cadenas en sí mismas, lo que pretenden es el robo de la información y de datos de tarjetas de crédito o cuentas bancarias.

Si bien es cierto, la transparencia es necesaria en actores públicos y negocios privados, tanta transparencia en nuestras vidas no es buena, porque entonces no hay espacio para el misterio, la duda y la intimidad, porque al no permitir ver la realidad con sombras y luces, la sociedad transparente se convierte en una sociedad pornográfica, tal y como lo indica Han, donde el erotismo desaparece, porque ya no hay tensión entre lo visible y lo invisible, entre lo expuesto y lo oculto, donde ya no es necesario que la mirada se detenga para descubrir lo encubierto.

El uso de la tecnología, muchas veces nos convierte en zombis y genera el rompimiento de nuestro entorno social y familiar, pero además accede alimentar al panóptico  y que éste siga  creciendo.  El límite del control contemporáneo, en mi opinión, reside en el uso mesurado de las redes sociales y en la información que revelamos en éstas, porque suficiente es que el Estado o agencias de inteligencia espíen nuestra presencia en las redes sociales, que al circular este tipo de cadenas se procure robar la información personal, pero el colmo es que de forma voluntaria aprobemos vigilar y ser vigilados a gran escala, a través de los medios digitales.

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