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ADULTOS MAYORES: RESPETO Y DIGNIDAD

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#Antropos

La vejez, es una  etapa de la vida en donde los recuerdos acompañan cada momento de la cotidianeidad. Bien decía  González Orellana, se debe leer, escribir y memorizar para que la mente mantenga su lucidez, aunque el cuerpo  endeble le cueste caminar. Ahí  el secreto de los abuelos, que guardan la memoria de las familias, de la comunidad, y se convierten en reservorios vivientes de la historia.

Cicerón, filósofo de la Roma clásica, nos legó un libro que tituló De senectute. Nos muestra  como  la “diligencia” de la vejez  sustituye el valor de la fuerza física. La vejez va aparejada de la virtud, frente al exceso de los placeres, siempre y cuando  “la vida anterior vivida honestamente recoge los últimos frutos de autoridad” y esto los convierte en los “pater familias”. En los consejeros espirituales de la sociedad. Pero  también está presente la proximidad de la muerte, “pues la naturaleza tiene un límite para la vida”, de ahí que si es largo el caminar, es el momento del goce del ocio, de la satisfacción de las necesidades, de la disposición del tiempo libre, es también el tiempo del duelo de una vida adecuadamente vivida.

Norberto Bobbio, pensador italiano, muchos años después, también  escribió otro libro titulado De senectute y otros escritos biográficos. Dice, “cuando uno es viejo, y además está envejecido, no logra hurtarse   a la tentación de reflexionar sobre su pasado. De las tres dimensiones del tiempo, sólo el pasado existe para quien ha superado el umbral de los ochenta años, con su aplastante peso de recuerdos que se resisten a marcharse y a veces reaparecen repentinamente tras años de semejar desvanecidos. El presente es huidizo. El futuro, que es el reino de la imaginación y la fantasía, se reduce día a día hasta desparecer del todo”.

Este permanente recordar es lo que se convierte en presente y es lo que nos conduce a buscar refugios con quienes platicar. Compartir memorias, anécdotas y chistes. Ese lugar es el que vimos de niños en los asientos de los parques de pueblo, cuando los vecinos mayores se reunían a dialogar. O bien esas tardes solariegas a la par de los abuelos contar historias. “El viejo, dice Bobbio,  vive de recuerdos y para los recuerdos”.  Pero, en una sociedad donde prevalece  la dejadez, la compra y venta,  el desenfreno y autismo social,  se ha  creado un vacío en donde los abuelos y abuelas ya nos son esas personas que acompañan con su recuerdo, el hilo de la familia y de la comunidad. Ahora se han convertido en un estorbo.

Y esta es la exigencia de Bobbio al decir que el Estado debe proteger contra la marginación a los ancianos y a los viejos pobres que están abocados al alsheimer social. No se puede permitir,  que “la vejez ofendida, abandonada, marginada por una sociedad mucho más preocupada por la innovación y el consumo que por la memoria”.

No debemos olvidar que los adultos mayores, con sus canas y arrugas en la cara, son los referentes de reflexión, del pensamiento profundo, para la búsqueda de la sabiduría. Los ancianos nos muestran la ruta que debemos tomar bajo el principio de la cautela, de la pausa, del respiro antes de  acelerar el  paso. Y en las comunidades indígenas son los guías espirituales, como en las Iglesias Evangélicas y Católicas.

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