El Siglo

La trata de personas, una realidad cotidiana

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El día de ayer, 30 de julio, se conmemoró el Día Internacional contra la Trata de Personas.  Esta fecha busca sensibilizarnos frente a la esclavitud del siglo XXI, dar a conocer la situación de sus víctimas, así como promover la denuncia.

Cuando discutimos sobre la trata de personas, siempre viene a nuestra mente la mujer que es explotada sexualmente, sin embargo, ésta amenaza es parte de nuestra realidad cotidiana, puesto que acoge muchas formas que en ocasiones pasa desapercibida ante nuestra vista: menores de edad, ancianos o discapacitados pidiendo limosnas en semáforos, una niña trabajando por horas en una tortillería o trabajando como esclava en faenas domésticas, un niño vendiendo productos, drogas o trabajando en tareas agrícolas, entre otras.

La trata de personas, es un delito de alcance transnacional y está relacionado con el crimen organizado.  Este ilícito vulnera los derechos humanos de las personas afectadas, porque promueve el comercio y explotación de los damnificados, mediante violencia, engaño o abuso.  La trata, no hace distinción de víctimas, lo que significa que cualquiera puede serlo: mujer, hombre, niña o niño, personas adultos mayores, pero por su condición de vulnerabilidad, los más dañados son niños, niñas y adolescentes.

El informe del 2016, denominado Trata de personas con fines de explotación sexual en Guatemala realizado de forma conjunta entre el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), estableció que Guatemala es origen, tránsito y destino de trata de personas con fines de explotación sexual.  Es decir que formamos parte de los países en los cuales se consuma una trata externa. 

No obstante, este delito también se comete a nivel nacional, y es frecuente que niñas, niños y adolescentes del interior de la República sean captados con ofrecimientos laborales atractivos, y transportados a la ciudad Capital para finalmente ser explotados, al ser obligados a cumplir largas jornadas de trabajo o bien a prestar servicios sexuales.

En nuestro país, pese a estar contemplada como delito la trata de personas, actualmente es una de las contravenciones que más se ha incrementado, y se calcula que genera ganancias que oscilan  en los 12 mil 300 millones de quetzales.

La trata de personas vulnera la esencia de quienes la sufren: su integridad física y psicológica, su libertad y su dignidad.  Las víctimas frecuentemente presentan secuelas significativas en el transcurso de su vida, entre ellas: rabia, desconfianza, conducta agresiva, baja autoestima, depresión.  Todos estos sentimientos encontrados y difíciles de superar,  se unen al desamparo y la miseria en que viven la mayoría de afectados, lo que frustra proyectos de vida valiosos, tomando en cuenta que éste sólo es posible cuando el ser humano es libre.

La trata de personas, es un problema complejo y de múltiples dimensiones, por ello, desde nuestra perspectiva individual, debemos cuestionarnos qué podemos hacer para frenar este flagelo.  Denunciar aquellos casos que observamos como normales, pero constituyen auténticos ilícitos de trata de personas, es un buen ejemplo de colaboración con la justicia con la finalidad que se deduzcan responsabilidades penales a los responsables.

No permitamos que la trata de personas continúe como algo acostumbrado y como parte del paisaje. Una cultura de denuncia pone fin al maltrato, la explotación, la trata, la tortura y todas las formas de violencia contra la niñez, adultos mayores, o cualquier hombre o mujer, que tiene la esperanza que alguien más evidencie por ella, lo que por su condición de sometimiento y control, no puede hacer personalmente.

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