Home > Editado para la historia > A 100 años del asesinato de los Romanov

A 100 años del asesinato de los Romanov

Este 17 de julio se conmemora el centenario del asesinato de la familia Romanov. Hablamos de Nicolás II, su esposa Alejandra, sus cuatro hijas: Olga, Tamara, María y Anastasia, su hijo el zarévich Alekséi, tres acompañantes domésticos y el doctor de la familia. La historia reconoce a Nicolás II como el último zar, pero es necesario saber que su hermano Miguel tuvo el título durante 24 horas, hasta que él también abdicó. Fueron dos emisarios de la Duma, el parlamento ruso, durante el gobierno provisional de Aleksandr Kérensky, los que se dirigieron al zar solicitándole la abdicación.

Grande fue la sorpresa de estos dos parlamentarios cuando Nicolás no abdicó en favor de su hijo sino de su hermano Miguel. Pocos conocían el muy bien guardado secreto de que el pobre niño sufría una terrible enfermedad que le había sido legada por su madre: la hemofilia. La hemofilia es una enfermedad que padecen exclusivamente los hombres, pero que es transmitida al hijo por su madre, portadora recesiva. En aquella época no había ningún tipo de tratamiento para los hemofílicos y fallecían jóvenes.

Se desarrollaba la Primera Guerra Mundial y el zar se había puesto al frente de las tropas rusas en la guerra contra sus enemigos. Desde el campo de batalla llegó Nicolás al Palacio Mijaílovski donde tenía el hábito de residir con los suyos. Allí lo esperaba su esposa y el resto de la familia. Nadie se había tomado el trabajo de informar a la zarina de la abdicación de su marido ni de la de su cuñado. Allí fueron confinados los Romanov en arresto domiciliario. Kérensky no amaba a la familia imperial, pero tampoco quería convertirse en el Marat de la revolución rusa.

Lenin, a la cabeza de los bolcheviques, ganaba popularidad prometiendo al pueblo, en particular a los soldados, todo lo que sabía era difícil de cumplir. Kérensky consideró que era conveniente enviar a la familia imperial a la lejana ciudad de Tobolsk, en Siberia. Tobolsk tenía el atractivo de ser una ciudad fundamentalmente monárquica. Ante el enrarecimiento de la situación con los cantos de sirena de Lenin que también llegaron a Tobolsk, consideraron más seguro enviar a los Romanov a los Urales, a la ciudad de Ekaterimburgo. Allí los alojaron en la casa de un comerciante de apellido Ipátiev. A Ekaterimburgo también llegó el movimiento bolchevique. Los guardias que cuidaban a la familia Romanov fueron reemplazados por otros que le impusieron condiciones de reclusión cada vez más restrictivas y aumentaron las vejaciones.

Las tropas blancas, que así se llamaban los militares que se agruparon para luchar contra los bolcheviques rojos, y tropas de países extranjeros se acercaban peligrosamente a la ciudad de Ekaterimburgo. Desde Petrogrado, nombre con el que fue rebautizada San Petersburgo, llegó la orden de eliminar a los Romanov ante el temor de que fueran liberados.  A la una de la madrugada fueron despertados los prisioneros so pretexto de que tenían que ser fotografiados antes de ser trasladados a otra ciudad. Los bajaron al sótano de la casa. Allí se les leyó un breve comunicado con el que se les informaba que serían ajusticiados. Sin decir más, 13 soldados dispararon contra los 11 prisioneros. El zar y la zarina murieron de inmediato. No fue el caso del zarévich, de las 4 archiduquesas ni de los 4 empleados, que fueron rematados a golpe de bayoneta. En aquella época las mujeres usaban corsés y en ellos las 4 jóvenes habían escondido brillantes para garantizar su futuro bienestar en caso de liberación. Estos corsés hicieron las veces de chalecos antibalas, razón por la que las balas no entraban en los cuerpos.

Los cadáveres fueron llevados a una antigua mina llamada Los 4 Hermanos. Los mutilaron y los quemaron con ácido y sosa cáustica. Esto con el fin de evitar su identificación. A la mañana siguiente los soldados regresaron al sitio ante la sospecha de que sus acciones habían sido descubiertas y los llevaron a otro sitio llamado el Coto del Jabalí.

Desde el comienzo, los informes oficiales del nuevo gobierno de Lenin informaron sobre el fusilamiento del zar, sin dar ningún tipo de información sobre el resto de los prisioneros, lo que motivó grandes conjeturas sobre el destino de cada uno de ellos. Corrían rumores de que habían visto a tal o cual miembro de la familia en tal o más cual lugar. Múltiples fueron las que se hicieron pasar por las cuatro hijas del zar, incluso por el zarévich.

La más famosa de las impostoras fue Franzizka Schanzkowska, una campesina polaca que pasó a la posteridad con el nombre de Anna Anderson. Pretendía ser la más joven de las hermanas, Anastasia. Anna Anderson durante décadas luchó por su reconocimiento en los tribunales contra los miembros de la familia Romanov que lograron huir al extranjero y salvarse de las atrocidades de la revolución.

Con la caída de la Unión Soviética se descubrieron los 11 cadáveres. Se sometieron a pruebas de ADN y se llegó a la conclusión de que efectivamente aquellos restos humanos correspondían a los ajusticiados aquella fatídica noche del 17 de julio de 1918. En 1998, 80 años después de su asesinato, fueron enterrados con gran pompa en la cripta imperial de la iglesia Pedro y Pablo en San Petersburgo. A la sazón la ciudad había recuperado nuevamente su nombre original después de haberse llamado también Leningrado. Como en este mundo las mentiras no duran para siempre, en una clínica de Estados Unidos habían conservado muestras de un pólipo que le fuera extraído a Anna Anderson, que ya para estas fechas no era de este mundo. También fueron sometidas a pruebas de ADN y se pudo concluir efectivamente que Anna Anderson no tenía ninguna relación de parentesco con los Romanov.

La iglesia ortodoxa rusa ha canonizado a estas 11 víctimas de aquella noche en la Casa Ipátiev, en la ciudad de Ekaterimburgo, aquel 17 de julio de 1918.

TEXTO PARA COLUMNISTA

 

.
.