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Padre y madre estables y estabilidad social

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#DescubrirLasRaíces

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El tópico de que “madre hay una sola, padre es cualquiera” parece aceptable en el discurso de algunos medios de comunicación norteamericanos, aunque las evidencias indican que el debilitamiento de la figura del padre o de la madre, columnas de la familia puede afectar a la estabilidad de los hijos y de la sociedad. Por ello, Bradford Wilcox, director de la Universidad de Virginia, pone claro este punto en un artículo en Mercatornet (junio 18).

Es que el divorcio cuesta y no únicamente a los que se separan: cuesta a todos de alguna manera -como por derivación- que exhibe números muy concretos. Los trae el estudio “Efectos del matrimonio en la movilidad social”, del investigador británico Harry Benson que se ha centrado en las malas consecuencias del divorcio para los ciudadanos de su país.

A veces, los que se divorcian quieren una segunda oportunidad y no entienden que algunos no reconozcan su nuevo matrimonio. En el libro “Dije . Dije quiero” (Ediciones Rialp 2017), Alain Bandelier explica que el pasado no se puede borrar: es ilusorio creer que el divorcio permite recomenzar partiendo de cero.

Porque la vida muestra que el divorcio es un mal para la sociedad; aunque a veces podrá tolerarse, pero nunca facilitarlo. Es evidente que cultiva lo contrario a la solidaridad: hay rechazo a un compromiso adquirido y prevalecen los deseos –quizá egoístas- de los padres sobre las ne­cesidades de los hijos. Como alguien puntualizaba, es un hecho que afecta a cada miembro de la familia, con frecuencia causa empobrecimiento económico, además del afectivo y humano, sobre todo en los más necesitados: los hijos. Por esta razón las leyes deben dirigirse a que sea un recurso extremo.

Es un tema detectado desde hace tiempo por expertos europeos del Consejo para la Familia. Señalan que ante el aumento del número de divorcios la peor respuesta sería rendirse, porque constata que el divorcio no es sólo una cuestión legal, sino ante todo una fuente de sufrimiento para la pareja, los hijos, y sus seres queridos. No hay que ocultar que la precariedad del vínculo conyugal es un problema en el mundo contemporáneo y hace frágil a la sociedad, porque debilita a las familias, base de la sociedad. «El divorcio –afirma– no es una ‘crisis’ que pasa, sino que incide en el ser humano; es un problema de relación destruida, que marca a cada miembro de la familia». En EE. UU. se empezó a decir: “sí tu matrimonio no funciona, rómpelo y rehaz tu vida”. Después, psicólogos rectifican: “Si tu matrimonio no marcha, arréglalo”.

Un estudio ya clásico (Ten Principies Princeton, USA), señala cómo la legislación actual ofrece menos protección a los contratos matrimoniales que a los contratos mercantiles; un error que necesita una reforma urgente para reforzar el matrimonio. Y hacen propuestas prácticas, como aumentar los períodos de espera para un divorcio unilateral; que las parejas tengan consejo para resolver sus diferencias, etc., etc.

La actual mentalidad divorcista fuerza a promover una legislación a favor de la protección del matrimonio. Puede y debe hacerse.

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