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La buena gente que no actúa

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La película de Mel Gibson Apocalypto, en la que se describen las postrimerías de la civilización maya, se pretende que la película sea un símbolo de la decadencia de las sociedades occidentales. Ya comienza con una cita significativa: «Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro».

Es preciso tener esto bien presente para la supervivencia de nuestra sociedad actual: su enemigo básico no es externo sino… nosotros, desde dentro, cuando no estamos orgullosos y defendemos los valores que conforman nuestra identidad. Si no enfrentamos esto así, no importa que la ataque alguien con turbante o cubierto por la capucha siniestra del terrorismo. A este respecto recuerdo unas ideas que leí recientemente.

La principal culpa de muchos de los males del mundo, no la tienen sólo los malvados que los hacen sino esa buena gente que deja hacer, que no protesta, o si protesta lo hace débilmente. Y así, esa gente malvada va dando los pasos necesarios para imponer sus ideas.

Algo así ocurre, señala, con la legalización del aborto, el así llamado matrimonio homosexual, los derechos para el grupo de presión LGBT…  Aquí la frase de Edmund Burke, para que las cosas vayan mal basta con que los buenos no hagan nada parece muy esclarecedora.

Desde el pasado siglo veinte, toda una persistente campaña de ideas, como para destruir poco a poco la firme estructura social y especialmente la solidez de la familia, Y se ha ido haciendo otra campaña para que haya quienes piensen que ser un buen demócrata implica aceptar que no hay verdades universales, que todo es debatible, que hay que ser tolerante con cualquier equivocación sexual y que la mejor libertad humana es estar sin otras leyes que el instinto y el placer.

La inmensa mayoría, en cualquier país, no estaba conforme al comienzo del desastre. Habría bastado entonces, un enérgico rechazo mayoritario y dejar  que cayera la ley sobre los infractores. Pero no lo hicieron. No se atrevieron, o minusvaloraron el peligro.

Y debe destacarse que lo justo es que el mal debe detenerse, castigarlo legalmente. Aunque hay males que al ser inevitables socialmente, la prudencia política aconseja tolerarlos. Caso típico la prostitución. Y se vio que había que tolerarla. Lo que nunca ha sido razonable, sensato, es que males tolerables puedan ser difundidos e incluso se les exalte como si fueran  beneficiosos, tal como pasa con el transexualismo, la iniciación en el libertinaje sexual de los niños y adolescentes, la pederastia civil, la eutanasia, etc. Y nada de eso habría ocurrido si la mayoría mundial se hubiera opuesto desde el principio con un repudio social rotundo y con toda la fuerza política y legal.

La inercia, el dejar hacer, es como una epidemia y hay que estar alerta, no dejarse, porque es como una enfermedad contagiosa. No aceptarlo ni aún en la conversación privada: podemos arreglar todo esto; y la peor corrupción es la corrupción del pesimismo, aliado de la comodidad irresponsable. Debemos y podemos.

TEXTO PARA COLUMNISTA
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