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Adiós a un Grande

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Si mañana, de manera inconsulta, mi corazón decidiera dejar de ejercer su oficio y sin sangre capaz de sonrojarme , pálido me entregara a la muerte, sé, sin lugar a dudas, que no habría millares de gente que no conozco, personas a las que nunca hubiese visto, a las que no estreché su mano, ni vi directamente a los ojos, con los que no compartí mesa, para celebrar algún cumpleaños y menos nos vestimos de negro para ir a enterrar a un amigo, a un pariente que nos hubiera abandonado, como yo lo estaría haciendo, que lloraran al enterarse de  la noticia de mi partida.

Gente que, incrédula, colapsaría las redes sociales para indagar si es cierto que un artero infarto me quitó la vida, que preguntaría por dónde estaba, qué estaba haciendo, quién me acompañaba, para, de inmediato, al tener plena certeza, compartir la noticia, expresando su dolor y su estupefacción, con mensajes y emojis de lágrimas en torrente, con palabras, que aún en letras pudieran expresar su gran tristeza, compartiendo con todo el mundo que me fui, en twitter, facebook y demás chismografía en red, sería incapaz de dar cobertura al tema.

No saldrían espontáneos con luctuoso atuendo a buscar el lugar en que el féretro estaría mostrando inequívocamente toda mi mortalidad, para llegar afligidos a darme el último y muy inesperado adiós.

Ninguno caminaría junto al cortejo fúnebre que recorre las calles de su ciudad, acercándose con harta pena a tocar la caja, ataviada con los colores del lábaro patrio que rinde honor póstumo a un hijo predilecto.

Sería impensable verlos salir a la carretera para mandarle rosas a la carroza fúnebre que con paso de circunstancia me llevara hasta la que sería mi casa mortuoria ni mucho menos se les vería llorar y gritar: ¨ ¡Que viva! ¨, a abrazar a los que como ellos se llegaron hasta la ruta para mostrar su particular despedida.

No se vería a mi esposa, a mis hijos y a mis nietos en las cámaras de televisión llorando desgarrados por dentro y por fuera la inmensidad de su dolor, estupefactos, pálidos, sollozando sin poder evitarlo, arrancando lágrimas de tristeza de los televidentes que se solidarizarían con su pesar y llorarían tan largo como los deudos, conmovidos por las imágenes que en vivo y a todo color dieran fe de las exequias en tiempo real.

No habría veintiún cañonazos que, con su estruendo, como voces elevadas hasta el cielo, pregonaran el acuerdo de que por tres días habrá luto nacional, en el que se establece que el difunto ha hecho méritos de sobra para tan ruidoso homenaje.

Ni hablar de vallas humanas franqueando el ataúd, personajes haciendo guardia, ministros y embajadores, tres poderes del estado reunidos para dar sus condolencias y presentar sus respetos. En el mismísimo Palacio Nacional y en la plaza vuelta un gran vestíbulo, va la gente silenciosa caminando cabizbaja hasta el cadáver ya tapizado de flores y engalanado con coronas y mensajes importantes, muy puntuales. No habrá encendidos discursos presidenciales que harán un panegírico al político, al padre, al esposo y deportista, que se fue por sorpresa y sin decir adiós.

No habrá esquelas de página entera publicando las condolencias de importantes empresarios, de fundaciones y amigos poderosos que piden a los deudos resignación.

No disparará mi muerte el protocolo obituario que se enciende en las embajadas cuando hay un muerto de estado, y precisos se prestarán a enviar sus diplomáticos pesares por las vías de canciller.

No abordaré una carroza tirada de hermosos corceles negros, muy del caso para quienes conocen mi amor por ellos, con sus trenzadas crines de circunstancia, que revoleando sus manos me pasearán por las empedradas calles de nuestra amada Antigua, seguida de una multitud compungida que, con toda sinceridad expresa, caminando al ritmo de los equinos, lo inmenso de su admiración y agradecimiento.

Nada de eso pasará si de repente se detiene mi corazón, porque aún no he hecho suficiente para merecerlo.

Hace una luna en cuarto creciente se fue un grande, un estadista como pocos ha tenido nuestro país, que acompasó su vida y cada latido de su corazón durante cincuenta años a servir a su nación, y lo hizo haciendo política de la buena, la única que permite hacer transformaciones profundas y duraderas en la vida de una nación, en el corazón de un ciudadano que clama oportunidades soñando un camino, añorando el puente que venza al invierno, esperando el aula con desayuno incluido que espanta el hambre de alegría, ahuyentando la enfermedad con remedios puntuales para el cuerpo y el alma, haciendo que se sienta rico ser guatemalteco.  Ofreció y ofrendó a los chapines su liderazgo para procurarles un mejor amanecer.

Alcalde y Presidente de la Paz enmudeció la metralla y nos regaló un año nuevo de verdad.

Facilitó a todos los guatemaltecos un celular, esos que usaron para informarse y condolerse de su muerte, y aproximó la luz hasta el más recóndito cantón de la patria, propiciando el desarrollo y la prosperidad.  Hoy, con la tecnología en mano los chapines toman fotos de una realidad que no se puede esconder. Bulevares y edificios, parques y mercados, buses de culebra del color de la esperanza que ya se anida en el corazón.

Por eso hubo veintiún cañonazos y discursos y carrozas llevadas por un ejército de pueblo, hermosos caballos llevando su féretro y desconocidos en todo el país llorando su irreparable pérdida. Las embajadas pusieron sus banderas a media asta y los países amigos se condolieron con nosotros, mientras su familia era testigo del enorme amor que la gente de todos los estratos le tenía, lamentado que este 24 de diciembre no podrán compartir el tamal de ¨noche buena ¨ en su compañía.

Se fue el Canche y deja un vacío enorme, difícil de llenar.

Pablo Duarte

Si bien es cierto que mi muerte no será objeto de homenajes, tampoco alegrará a nadie.  Aunque la muerte del alcalde alegró a algunos apenas un ratito, pues todas las muestras de respeto, tristeza y admiración de la gruesa de un pueblo aguijonearon su longeva envidia y los hicieron llorar de pura rabia, llevándolos a intentar rebajar su grandeza comparando pedos con un huracán.

TEXTO PARA COLUMNISTA
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