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Reprochable Política Exterior de Guatemala

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Esta semana, los medios transmitieron las imágenes del enfrentamiento en la Franja de Gaza, en donde murieron violentamente varias decenas de personas y otras miles fueron gravemente heridas, el mismo día del traslado de la Embajada de los EE.UU. de Tel Aviv hacia Jerusalén, ciudad que, para judíos, musulmanes y cristianos, es un lugar santo desde su perspectiva religiosa.

Mientras diversos medios del mundo lo llamaron “baño de sangre”, a 40 millas, se celebraba la ceremonia del traslado de la embajada de los EE.UU., a la cual acudió el presidente de Guatemala, James Morales y familia, incluyendo a su hermano e hijo, quienes obtuvieron un “permiso especial” dentro de un proceso penal abierto en su contra por los tribunales de Guatemala, y sin causa que justificara la necesidad de su presencia en este acontecimiento, lo que contrasta con el principio de igualdad ante la ley.

Únicamente me referiré a la decisión en que, políticamente, Guatemala se apresuró a secundar a los EE.UU., sobre trasladar sus embajadas, siendo los únicos dos países del mundo en hacerlo.

Aprovecharse de una causa indiscutiblemente sensible por su fuerte espectro religioso mundial y pretender usarla en beneficio propio, de cara a la crisis local, entregando un apoyo personal, no consensuado localmente –ni pedido ni decisivo para el mundo–  además, violando flagrantemente una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que existe de por medio y que pide a los países trasladar sus embajadas a Tel Aviv (de lo cual Guatemala forma parte), no solo es reprochable políticamente, sino que debe tener para él las consecuencias jurídicas, y las administrativas sobre lo actuado.

Nunca un apoyo debe darse en menoscabo y pisoteo de una obligación internacional asumida por nuestra nación ante el que, hasta hoy, es el único foro permanente con que cuenta la humanidad para resolver los conflictos por la vía del diálogo diplomático y no la guerra, con todo y sus reclamadas falencias, consecuencia del irrespeto constante a sus propios estatutos y tratados, cuyo fin primordial es el mantenimiento de la paz.  ¡No  hay otro foro!

Este “incondicional” acompañamiento -no pedido por los EE.UU. a Guatemala- surge en medio de la contrastante expulsión de dos embajadores acreditados en nuestro país, bajo el pretexto de su “injerencia” en nuestros asuntos, sin ver que Guatemala es hoy señalada por el mundo de entrometerse en un conflicto políticamente ajeno, que compromete la seguridad internacional.

El arrojado apoyo es un acto de adulación a los EE. UU., a quienes el presidente no ha buscado -con ese mismo entusiasmo- en los temas que lloran sangre y que sí son obligación, como el de millones de inmigrantes guatemaltecos que viajan ilegalmente al norte (a los que Donald Trump acaba de llamar “animales”, harto de la desidia de estos gobiernos) y coadyuvar en detener el declive de la situación económica que atraviesa nuestro país.

Si bien el voto de Guatemala fue decisivo en la ONU en 1948 para el reconocimiento del Estado de Israel, lo que une a ambos pueblos en  amistad, las condiciones geopolíticas han cambiado desde entonces, y hoy existen realidades que merecen reflexión; máxime que Guatemala está lejos de ser potencia mundial y no tendría apoyo que brindar ante una crisis bélica, salvo aportar muertos.

Es inaceptable que la política exterior se diseñe con fines personales y espurios; debe ser dentro de un marco lógico global, formal y de interrelaciones multilaterales.

Si queda algún asesor serio dentro del organismo ejecutivo, deben insistirle en cuanto a que él es el presidente de una república, y no el caricaturesco monarca de un estado medieval, para lo cual le convendría referirse al artículo 149 de nuestra Constitución y asegurar que sea cumplido a cabalidad, en esta su decadente política exterior.

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