El Siglo

Lo que Patterson nos dejó

Guatemala les pidió a los gobiernos sueco y venezolano que sustituyan a sus Embajadores, lo que le ha generado bien ganadas críticas. Hoy refiero una historia que ayuda a entender el asunto desde de la perspectiva de la diplomacia como arte.

En la obra póstuma de Juan José Arévalo (Despacho Presidencial, Guatemala, 1998) figura un relato aleccionador de la habilidad con que el Presidente logró sacar a Richard Patterson, Embajador estadounidense acreditado en nuestro país. Con talento logró que ese gobierno, voluntariamente, lo retirara del cargo; hecho que, según sus palabras: “Fue la primera vez que un Embajador de los Estados Unidos era eliminado por estar inmiscuyéndose en política local. Casi todos los Embajadores lo han hecho y en algunos casos la peligrosa operación les daba buenos resultados.”

La trascendencia e implicación que este hecho tuvo es que: “A fines de abril el senador Willey (accionista de la United Fruit) llegó hasta afirmar que un pequeño país como Guatemala no tenía derecho a expulsar a un embajador de los Estados Unidos […].” (ob. Cit. páginas 463-464).

Sobre este tema, recomiendo una detenida lectura de la página 457 del libro que hoy me ocupa. Relata que, luego de haber ordenado investigar las actividades complotistas del Embajador –y con los informes militares y de la Guardia Civil en la mano— instruyó al Canciller Ismael González Arévalo para viajar a Washington y pedir el retiro de Patterson argumentado: “‘La vida del Embajador Patterson corre peligro. Aconsejamos su retiro inmediato del país.’ El Departamento de Estado obró eléctricamente. Después de agradecer […] su interés por la vida del Embajador, cursaron órdenes por radio a la Embajada en Guatemala. Patterson salió, otra vez en su jeep preferido, pero hacia el Aeropuerto, donde lo esperaba un avión… Huyó del país, con la ropa que llevaba puesta. […].” Y comenta más adelante que: “El Señor Patterson […] quiso conducirse como guatemalteco y abandonó su calidad de ciudadano norteamericano”.

Varias son las “moralejas” que extraigo de esta historia: 1) Se hizo acopio de suficientes pruebas “frescas”, actuales, no de evidencias “añejas” ni obsoletas. 2) Se compiló un razonable número de pruebas. Para estos casos “una no es ninguna”, dice el refrán. 3) Se discriminó en cuanto al contenido de las pruebas. Por lo general, una o dos expresiones desatinadas vertidas por un Embajador son insuficientes, salvo heridas a la sensibilidad propia de regímenes dictatoriales. 4) El motivo comprometía un mismo valor: la seguridad y la vida de aquel malandro.5) Se manejaron las cosas con harta discreción. Tal es la Regla de Oro de la diplomacia. 6) Se dio un golpe contundente. Haber ventilado públicamente el asunto hubiese fortalecido la posición de Washington exigiéndole a Guatemala demostrar públicamente su aserto: “El que afirma está obligado a probar”, dice el aforismo, y la opinión internacional hubiese desvalorizado y trivializado el pedido, enfatizando la existencia de un interés personal del Presidente. Resultado probable: Washington mantendría a su embajador en Guatemala y la haría responsable de lo que hubiese podido ocurrirle.

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