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Abrid escuelas y se cerrarán cárceles

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Concepción Arenal (1820 – 1893), a quien se atribuye la frase con que he titulado este artículo, fue una abogada, periodista y escritora; activista social española que logró estudiar Derecho, Sociología, Historia, Filosofía e idiomas, incluso disfrazada de hombre, forzada por las limitaciones de la época. También trabajó en las prisiones, obra que luego escribió para denunciar la precariedad de las condiciones en esos recintos.

No es casualidad que los países con mejores niveles educativos en cantidad y calidad son aquellos en los que las cárceles están casi vacías (como Holanda), aun con las diversas variables sociales que pudieran objetarse.

Lo cierto es que los servicios de enseñanza y educación de calidad   hacen mucha falta en número para mejorar, reconstruir y cambiar este decepcionante panorama actual y el futuro que así nos espera, que sólo podrá empeorar social, política y económicamente, si no se planifican los cambios efectivos ahora.

Por diversos motivos, la educación de calidad se ha convertido en un bien escaso y muy costoso en muchos países.  Cuando nuestros padres se endeudaron por más de 10 años para poder adquirir una modesta vivienda y el pagar universidades no dejaba familias en quiebra, los padres de hoy y los mismos jóvenes se ven obligados a contraer la deuda por cerca del mismo tiempo para educarse a nivel superior e   insertarse eficiente y responsablemente en el ejercicio de muchas profesiones que son necesarias para la sociedad.

Como opción adicional está, siempre, la universidad estatal, para quienes tienen un deseo intenso por aprender y limitadas posibilidades financieras, en la que un alumno dedicado y con vehemente deseo siempre encontrará una puerta abierta para lograrlo, sin costos propios de matrícula, prácticamente.

La descripción que concuerda mejor con la visión que tengo de la palabra “universidad”, y que no se centra sólo en definirla como  entidad que entrega los títulos académicos, la encontré en Wikipedia, en palabras sencillas, que llevan consigo la carga de ideales a los que, creo, resulta noble aspirar: “Una universidad es una entidad orgánica o sistema de unidades operativas de enseñanza superior, investigación y creación de cultura científica, humanística y artística”.

Sin duda, el rol de las universidades en Guatemala puede incidir significativamente en el cambio radical del futuro, porque el conocimiento es una llave maestra que abre puertas, no sólo de oportunidad material, sino que expande los horizontes mentales de todo aquel que prueba un poco de conocimiento del mundo.

Muchas personas creen que quienes asisten a cursar estudios superiores lo hacen buscando “ganar dinero”; no hay concepto, para mí, más burdo y somero que ese.  A la universidad también vamos por ideales, por vocación, porque el saber es una necesidad que hay que satisfacer, por un llamado a servir que nos permitirá la realización profesional en aquello para lo que somos buenos y que paralelamente brindará una forma digna de llevar sustento a casa, con mayor o menor éxito; eso depende de cada persona y del entorno en el que se encuentre ejerciendo su profesión.

Respirar cultura por las calles, saber que los profesionales de diversas ramas que nos pueden brindar servicios son competentes y confiables, convertirnos en una nación de individuos bien formados en el pensar y en la que Platón llamaba la “recta razón” (no manipulables, educados y capaces de hacer elecciones con criterios inteligentes) es un bien intangible capaz de presentar cambios contundentes a mediano y largo plazo para la decepcionante realidad de hoy.

Las universidades tienen en sus manos uno de los bienes más poderosos para cambiar radicalmente el futuro, con certeza: la cantidad de almas inscritas en sus aulas que, así, demuestran su esperanza en un mejor futuro para todos, por lo cual, el continuar abriendo oportunidades para que más jóvenes puedan insertarse en los procesos de aprendizaje a nivel superior, es una tarea loable y urgente; ciertamente, en sus manos tienen las universidades una de las pocas oportunidades de mejora real que nos va quedando.

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