El Siglo

El insulto y la descalificación como práctica desesperada

 

“Los insultos son una mezcla de rabia y falta de argumentos”. Anónimo “Las injurias son los argumentos de los que no tienen razón”. Jean Jaques Rousseau “Quien insulta pone de manifiesto que carece de argumentos”. Garcilaso de la Vega.

En filosofía se conoce con el nombre de argumento o ataque ad hominem al proceso de manifestar que una afirmación o proceder carecen de validez acudiendo a la desacreditación (e, incluso, maltrato) de su ejecutor. Es decir, se hace un ataque ad hominem cuando se busca invalidar un paradigma o una teoría, no atacando dicho paradigma o dicha teoría, sino yéndose en contra el sujeto mismo. Normalmente quienes utilizan este tipo de argumentos, que son totalmente inapropiados para una invalidación teórico paradigmática, son individuos que al verse incompetentes para defender sus tesis, descubiertas como inconsistentes, pero que, por encima de la verdad, aman la fama y el poder, embisten, cual bestias incivilizadas, contra aquellos que (teniendo altura lingüística, lógico matemática y moral [Gardner, H., 1983]) saben cómo demostrar y comprobar, sin salirse de la academia, lo teñida de faltas que están dichas tesis. Por ello, es muy común ver a estos individuos volver enemistad una previa amistad, en virtud de desacuerdos paradigmáticos y conceptuales; llevar al plano de lo visceral lo que amerita racionalidad, o hacer de un debate una polémica.

Por este tipo de seres la academia termina pareciéndose más a un mercado público que a un centro de reflexión profunda y tranquila. Tanto más grave es dicho ataque cuanto más cercana ha sido la persona que señala, sanamente, las faltas discursivas y procedimentales que suscitan en el destinatario la reacción injuriosa, cabalmente caracterizada por el secuestro amigdalino (Goleman, 2012): una hiperactivación del funcionamiento límbico emocional en detrimento del funcionamiento lóbulo frontal. No obstante, todavía más antiético es el ataque ad hominem que se hace “tras bambalinas”: detrás de libros y artículos, sin jamás dar la cara e, ipso facto, no dar la oportunidad al injuriado de defenderse, en público, a través del debate. Estos personajes que así operan muestran, además de un profundo miedo, que de intelectuales no tienen nada, pues dañan la imagen de aquel a quien Karl Raimund Popper (1902 – 1994) consideraba como el incansable buscador de la verdad (el intelectual). A lo sumo serán estudiosos, pero jamás intelectuales. El intelectual busca la verdad cueste lo que le cueste, no importándole que deba retractarse de las tesis que antes defendía y reconocer en público las virtudes de quien o quienes lo corrigieron. El estudioso busca con vehemencia el conocimiento, pero para tener la capacidad de satisfacer sus necesidades y deseos inferiores (las influencias A de Gurdjieff [Ouspenski, P. 1921]). Por eso el estudioso puede ser camaleónico, pero el intelectual no puede sino ser transparente, en honor a la verdad que busca, pues su espontaneidad así se lo dicta. Lo importante para él es llegar a la verdad; lo importante para el otro es convertirse en leyenda (a cualquier precio) Siendo esto así, es menester dilucidar la razón de ser de este escrito: hacer públicos los ataques ad hominem que el suscrito ha padecido, tras bambalinas, por parte de un autodenominado “maestro” (pues cuenta con “discípulos”), que en vez de recibir con beneplácito las revisiones hechas a su obra, corta cabeza a diestra y siniestra a través del ataque de marras (llegando incluso a buscar la rama judicial del Estado para desacreditar aún más a sus detractores). Dejando claramente en evidencia que hasta lo bueno lo ve malo.

Una vez más en el país del Realismo Mágico, vemos a las turbas desesperadas, maldiciendo y repitiendo tal cual loros, una serie de improperios y falacias ad hominem, que pretenden implantar un criterio que no son capaces de demostrar ni alcanzar por la vía democrática o del dialogo abierto. Respondiendo a los intereses de sus titiriteros que únicamente pretenden alcanzar el poder que no son capaces de ganar por la vía democrática de un proceso electoral abierto.

En los últimos días El Siglo, ha publicado en su pagina web y redes sociales, varias noticias que presentan los hechos acaecidos y denuncian las arbitrariedades cometidas por la Santa Inquisición en Guatemala, conformada por el Ministerio Público y la CICIG.

En las notas hemos presentado los hechos y contado la historia, sin sesgos de ninguna clase ni insultando a nadie, presentamos lo que sucedió en Estados Unidos en donde han llamado a declarar al Colombiano Iván Velásquez en torno al caso de la familia Bitkov, y reprodujimos una nota publicada en ese país por el Wall Street Journal. Producto de la inseguridad y falta de argumentos de los personajes allí mencionados, se desataron las turbas lanzando tal cual netcenter, una serie de insultos, improperios y demás yerbas, en contra de este medio de comunicación y el Presidente Constitucional de la República.

Como en Guatemala ya estamos acostumbrados a ver muertos acarrear basura, no es de extrañar que muchos de los participantes en los insultos, sean personas que ni siquiera leen las notas y toman partido sin considerar o siquiera darse cuenta de que han y están siendo utilizados por su ignorancia e incapacidad para PENSAR. Lo que a los personajes titiriteros les conviene para su aprovechamiento, demostrando que la pobreza en este país es mental, más que económica.

Invitamos a nuestros lectores para que analicen, observen, piensen y formen su propio criterio para no ser utilizados por fuerzas nefastas que únicamente pretenden un golpe de estado técnico, para hacerse con el poder político, cosa que son incapaces de alcanzar por la vía democrática.

Por una nación libre, justa y solidaria.

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