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¿Y si recuperamos Guatemala?

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No podemos con el territorio que ya tenemos, pero queremos más.  Para “salir al mar”, pregonan a diestra y siniestra como una de las justificaciones (quizá la más relevante) para haber realizado en este momento la Consulta Popular a un costo de Q300 millones, con un “pequeño” saldo extra por aproximadamente Q80 millones más para los abogados que eventualmente intervengan en la todavía muy lejana resolución de este diferendo.

El mapa de Guatemala nos muestra la privilegiada ubicación de nuestro territorio total: un país bañado por ambos océanos, con una superficie relativamente pequeña     -pero en extremo rica en flora, fauna y recursos naturales como agua y minerales-  para poder ser atravesado de extremo a extremo, en comparación con lo que ello le costaría a un país de los llamados “grandes” en extensión territorial, como México o EE.UU.

Nuestra larga línea de costa del Pacífico, así como el área del departamento de Izabal, ventana hacia el Océano Atlántico, suman un área total para “salir al mar” de 400 kms., según el libro de datos de la CIA para Guatemala, una cantidad nada despreciable y que aún no se explota al máximo ni comercial ni turísticamente, lo cual afirmo al haber tenido por más de una década labores de trabajo presenciales en ambos puertos, tanto comercial como de ayuda humanitaria.  Es decir, la realidad es que Guatemala no tiene los inconvenientes de un Estado mediterráneo (rodeado únicamente de tierra, sin salida al mar) que sí depende de algún espacio para poder respirar aire de mar.

Guatemala lo tiene todo, es rica en todo tipo de recursos; sin embargo, vemos como sus habitantes vivimos divididos en todo: por filosofía política, credo, segmento social, capacidades financieras, oficios, opiniones, idiomas, vestimenta, etc.

Ciertamente, Belice ha sido un tema pendiente de resolución, complicado y muy técnico.  Pero, advertir el costo de ponernos con una “extrema diligencia” para  solucionar el tema inmediatamente, bien puede hacer caer en suspicacia a cualquiera, principalmente cuando el país se encuentra identificado, según el BID, en el último puesto de 17 países de América Latina, evaluados en calidad y cantidad de empleos (no se diga para poder obtener uno de estos “malos” empleos, le agrego de mi cosecha).

Otra estadística del BID en base al FMI (2017) indica que, de las tasas de inversión en 25 países de América Latina, el último lugar es para Venezuela, que por las razones desfavorables que conocemos, cuenta tan sólo el 8%.  Sorprendentemente, Guatemala está sólo antes que Venezuela (lugar 24 de 25): con apenas un 12%. (Este párrafo lo he traído parcial de otra columna de mi autoría reciente, titulada: “Volar sobre el pantano”, por la magnitud de los datos que aquí se presentan y que vale invocar nuevamente).

Continuamos a la delantera solamente en exportación de personas: hombres, mujeres y niños que buscan un mejor futuro lejos de este suelo, inmigrantes ilegales que sufren los embates de una travesía de muerte, sin que al gobierno de turno ello parezca importarle tanto como le importa Belice, conflicto que tiene varios siglos.

¿Acaso realizar con “extrema urgencia” esta Consulta Popular va a aliviar todos los males que tenemos dentro de la casa?  ¿Amerita, siendo estas las cifras que identifican a Guatemala ante el mundo, el gasto multimillonario en esta consulta en la que el gran ganador fue el abstencionismo?

¿No habría sido de mucha más trascendencia y prioritario, convocar –con esta prisa- a una Asamblea Nacional Constituyente e invertir en realizar de una buena vez el tan necesario cambio total del caduco sistema político, que condena a Guatemala a un futuro cada vez más lúgubre?

Visto en términos de eficiencia, ahorro y prioridades: el costo de una Asamblea Nacional Constituyente no sólo estaba más que justificado y es algo que verdaderamente ha urgido sin que se quiera ver con madurez y plena conciencia social y moral,  sino que la ocasión bien pudo haber incluido, de una vez, la papeleta para el “urgente” caso de Belice (con el consecuente ahorro de Q380 millones y algo más), cuyos resultados, según lo dijo el propio ex Canciller, Carlos Raúl Morales, no alcanzaremos a ver nosotros; quizá, sólo quizá –dijo- nuestros hijos.

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