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Política y Educación

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Hablar de educación es hablar de conocimientos, cultura, valores e ideales. Existe una manera sistemática de educar a través de la escuela y otra asistemática, mediada por el hogar, la iglesia,  el trabajo o las organizaciones  que forman valores.

Desde esta dimensión, el ser humano  es un ser en sociedad. Ha creado el Estado como  organización jurídico-política, de donde se desprenden las normas que regulan nuestra conducta social. Es impensable una sociedad sin Estado, a no ser aquellas hordas primitivas en las que se agredían unas a otras  irracionalmente.

Pienso que, además de programas educativos y civilizatorios hacia una mejor convivencia social, también, por la naturaleza del Estado,  es necesario la coercitividad de las leyes para la buena conducta ciudadana. Obviamente, se requiere, un compromiso cívico sobre la base de valores compartidos. Es importante  asegurar, por ejemplo, la armonía de las comunidades en el contexto de  igualdad ante la ley. Y es en esta línea que la política, a través de los políticos, juega un papel central en la educación del ciudadano, considerando el valor de la democracia como horizonte de  inclusión.

Históricamente,  conceptos como democracia, Estado, gobierno, libertad, igualdad, fraternidad, confianza, bien común, derechos ciudadanos, participación, tolerancia, transparencia, corrupción, han estado presentes en la vida política de todas las sociedades. La democracia ha asumido todo esto, de manera diferente. Ahora, surgen otras formas que van desde el proceso de globalización hasta el nacimiento de  ideas identitarias como escenarios contrapuestos.

En cuanto al carácter de la democracia, señala el sociólogo francés A. Touraine,  se debe alcanzar una conciencia de pertenencia a una colectividad, a una nación a una territorialidad. Guatemala, así como otros países latinoamericanos,  aún no han logrado  construir de una forma sólida,  esa unidad nacional necesaria que les dé sentido de pertenencia e identidad en el marco  de la rica diversidad cultural que nos arropa a nivel continental.

Se debe tomar en cuenta que desde la globalización se nos imponen procesos   económicos y culturales. Vivimos el espacio del mercado global, en el que imperan los criterios de competitividad. Tal parece que lo que tradicionalmente hemos entendido por creación libre del orden político, soberanía nacional e independencia para asumir nuestro propio camino, es una quimera. Estamos enfrentados a nuevos desafíos, que se derivan de una política mundial. Pero además, también se cuela  la narcoactividad, el tráfico de personas y el contrabando que afectan a nuestras incipientes democracias.

Necesario es rescatar la confianza como compromiso  social, porque ésta constituye el recurso moral  y estratégico de la participación ciudadana encaminada al mejoramiento de la democracia económica, política, cultural y de respeto al ambiente. En este sentido,   el  político, como educador  es a quien le cabe la enorme  responsabilidad ética e inteligente de jugar un papel destacado para interpretar, explicar y llevar a la práctica,  propuestas viables para  la  solución de los  problemas centrales de la sociedad.

El político como educador es el que aclara el sentido de la democracia y el futuro de la nación. Es una persona que conoce su país  orienta, sugiere y forma una conciencia colectiva capaz de proponer salidas adecuadas a los diversos problemas que aquejan al país.

El político es quien logra dimensionar la política como búsqueda del bien común. Deberá eliminar de su discurso  el electorerismo, la corrupción, la componenda, el acomodo, el incumplimiento, el ser mercader de la política, comprendiendo que la política real tampoco es angelical, sino terrenal. Somos seres de este mundo quienes bajo el principio de una conciencia lúcida de nuestros límites, entendemos que es posible aún, en medio de tantas turbulencias, que se puede  construir una nación sobre la base de acuerdos mínimos.

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