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No es viejo, es un clásico

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Los actos de benevolencia derraman siempre en el alma un copioso raudal de tranquilidad y de dulzura, y nos preparan al mismo tiempo los innumerables goces con que nos brinda la benevolencia de los demás.  Por el contrario, el hombre malévolo, el irrespetuoso, el que publica las ajenas flaquezas, el que cede fácilmente á los arranques de la ira, no sólo está privado de tan gratas emociones y expuesto á  cada paso á los furores de la venganza, sino que vive devorado por los remordimientos, arrastra una existencia miserable, y lleva siempre en su interior todas las inquietudes y zozobras de una conciencia impura”.

La vanidad y la ostentación son vicios enteramente contrarios á la buena educación.  La persona que hace alarde de sus talentos, de sus virtudes, de sus riquezas, etc., manifiesta poseer un carácter poco elevado, y se desconceptúa completamente para con aquellos que saben medir el mérito por la moderación, el desprendimiento y la modestia, que son sus nobles y verdaderos atributos”.

El anterior texto no es ni religioso ni literatura poética; es una copia fiel de algunos capítulos del “Manual de Urbanidad y Buenas Maneras” del autor Manuel Antonio Carreño.  La transcripción que comparto proviene de la primera edición de París, cuyo original de 1896 leo mientras transcribo, y dice: “única edición completa”, y agrega: “cuidadosamente corregida con arreglo á la última ortografía de la Academia y aumentada con cuatro nuevos artículos importantes”.

Más allá de la gracia del idioma español antiguo y de la delicia de su lectura, adivino al escudriñarlo buenas causas del cambio de nuestra sociedad.  Esta era la educación con la que se formaba a una persona desde temprana edad, para garantizar que el producto de aquellos aprendizajes de aula escolar le entregasen a la sociedad un individuo consciente de sí mismo, del carácter y de los deberes morales de diversa índole (para con la patria, los semejantes, la familia e incluso con Dios).

Sin importar en dónde se diera tan vital instrucción (casa o escuela), la ausencia de este aprendizaje dejó un vacío que, generaciones distantes, podemos percibir con sólo salir de la casa o bien dentro de ella, con vecinos o también con nuestros parientes.

Hemos fallado en la crianza de nuestros hijos, producto de diversas circunstancias, y en la ausencia de la formación en las escuelas (aunque en este sentido muchos colegios privados hacen una gran labor que muchas veces supera a la de los progenitores), la sociedad guatemalteca de hoy no es mejor que antes.

En la pasada Feria del Libro, me percaté que la Editorial Piedrasanta publicó una versión moderna de este manual; ¡qué gran aporte ha hecho!  Falta que al mismo se le dé uso, y quizá las próximas generaciones sí logren ver un cambio positivo.

Las buenas costumbres, excelencia, delicadeza y toda forma agradable y aceptable de conducirnos (hasta donde humanamente nos sea posible), hacen mucha falta en Guatemala.  La puntualidad, el cumplir a cabalidad con nuestro trabajo siendo confiables, la cortesía en el tráfico… ¡vaya si no es dolor de cabeza!

Llámase urbanidad al conjunto de reglas que tenemos que observar para comunicar con dignidad, decoro y elegancia á nuestras acciones y palabras, y para manifestar á los demás la benevolencia, atención y respeto que les son debidos.  Es una emanación de los deberes morales, y como tal, sus prescripciones tienden todas á la conservación del orden y de la buena armonía que deben reinar entre los hombres, y estrechar los lazos que los unen, por medio de impresiones agradables que produzcan los unos sobre los otros”.

Tan olvidados están todas estas buenas costumbres, que leyendo este minúsculo libro olvido que alguna vez fueron versos que muchos niños escucharon de un profesor y creo que hago un viaje en el tiempo a un mundo irreal que sólo existe en la imaginación de algún romántico literato.

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