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Mujer, igualdad de derechos y perspectiva médica en Guatemala

El 8 de marzo fue proclamado como el Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional, por la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) celebrada en 1977.  El reconocimiento de la mujer en la historia moderna, sin embargo, se remonta al 19 de marzo de 1911 en Suiza, Dinamarca, Alemania y Austria, cuando las mujeres reivindicaron su derecho al voto, su derecho a ocupar cargos públicos, su derecho a la formación profesional y su derecho al trabajo y a la no discriminación por el mero hecho de ser mujer.

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La Asamblea General de la ONU mediante resolución 34/180, del 18 de diciembre de 1979, la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, que entró en vigor el 3 de septiembre de 1981.

Tiempo atrás, en 1791, Olympe De Gouges parafraseando la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano del 26 de agosto de 1979 (texto fundamental de la Revolución Francesa), redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y Ciudadana, que viene a ser uno de los primeros documentos históricos relativos a la emancipación de las mujeres en procura de la igualdad de derechos.

Esta Declaración valientemente propuesta por la señora De Gouges constituye un brillante alegato en favor de las reinvindicaciones femeninas y una proclama genuina de la universalización de los derechos humanos, reafirmando y defendiendo que toda mujer nace también libre y que durante toda su vida debe gozar de los mismos derechos de que gozan los varones, reclama un trato igualitario hacia las mujeres en todos los ámbitos, tanto públicos como privados.  Sin embargo, la señora De Gouges se contradijo al afirmar que en el varón y la mujer hay dos naturalezas distintas y que las mujeres son superiores.  Aparece claramente entonces el planteamiento feminista como opuesto al machismo, conceptos y actitudes inaceptables en cuanto intolerantes y discriminatorios.

En un artículo publicado por UNASSE (Unasse.com) en 2007, se lee el siguiente texto que compartimos: “las mujeres y los hombres somos diferentes y tenemos capacidades y necesidades distintas.  Pero ser diferente no quiere decir ser inferior, ni siquiera cuando, a causa de la diferencia, se es, en algo, más débil y vulnerable”.

Hemos de lamentar que cursando la segunda década del siglo XXI, cuando todas las sociedades del mundo se dicen civilizadas, a pesar de la firma y ratificación de acuerdos, declaraciones y leyes, persisten grandes inequidades que parten de la estructura misma de los Estados, contradiciendo las aspiraciones de igualdad de derechos humanos.  La desigualdad entre géneros hace posible el círculo vicioso que incrementa las condiciones de pobreza, insalubridad, desnutrición, violencia y, en general, falta de oportunidad de desarrollo para una buena parte de la población femenina y su familia.  La inequidad y la discriminación en Centroamérica tiene rostro de mujer y, sobre todo, de mujer rural.

Todos los ciudadanos, mujeres y varones, hemos de asumir el compromiso y la responsabilidad de contribuir con nuestro cotidiano trabajo, al desarrollo de la sociedad nacional, basado en la justicia, la equidad y la solidaridad.  Debemos hacer el esfuerzo colectivo para que la estructura social permita que, todos seamos ciudadanos y no simples habitantes de cada una de las naciones.

Los ginecólogos y obstetras, independientemente si ejercemos la profesión en el ámbito privado o en el sector público, hemos de mantenernos al tanto de los avances diagnósticos y terapéuticos que nos permitan brindar a las mujeres que nos confían su salud, la atención de mayor calidad posible.  Pero si bien es cierto que la calidad en la atención es de vital importancia, lo es también la calidez con que ésta sea proporcionada.  El maltrato, la displicencia, la indiferencia y la intolerancia constituyen en sí mismos barreras que alejan a las mujeres de los servicios de salud, haciéndoles más vulnerables a las enfermedades que les son propias y a las complicaciones derivadas de la maternidad.

El personal de salud (médicos, personal de enfermería, personal de servicios de apoyo, personal administrativo y de seguridad) debe estar debidamente capacitado y motivado para prestar a sus usuarios atención de calidad con calidez, para lo que se requiere de convicción y de vocación no sólo humana sino también humanística.  Ello significa conocer, comprender, aceptar y valorar la condición biológica, social (incluyendo la cultural y la lingüística) y económica del paciente.

Sirva esta breve reflexión como acto de admiración, valoración y cariño a las mujeres centroamericanas y universales, que día a día contribuyen al desarrollo de la humanidad, como un llamado a la conciencia de quienes pretenden discriminarlas, sojuzgarlas o maltratarlas física, psicológica, social o económicamente, y para reconocer y asumir la responsabilidad que los ginecólogos y obstetras tenemos en el cuido de su salud y bienestar integral.

Reciban todas las mujeres y especialmente las ginecólogas y obstetras un cariñoso y respetuoso saludo de la directiva y del Comité Editorial de la Revista Centroamericana de Obstetricia y Ginecología que en esta feliz ocasión les rinde homenaje en la persona de la ilustre colega salvadoreña, Doctora Mercedes Ábrego de Aguilar.

“Los hombres que no perdonan a las mujeres sus pequeños defectos jamás podrán disfrutar sus grandes virtudes”.  Khalil Gibran.

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