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Abanico: Mudo testigo del avance de la mujer

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En tiempos muy antiguos, más o menos desde el siglo XVII hasta pasado el siglo XIX, el que una mujer ataviada con finos encajes, largos vestidos y perfectos bucles deslizara suavemente por sobre su mejilla un abanico, equivalía a decir: “te quiero”, Era el lenguaje secreto entre un hombre y una mujer, cuando éstas no eran libres para expresar lo que sentían y sólo podían salir de su casa con sus damas de compañía o de sus propias madres, quienes vigilaban atentas cada movimiento de la señorita mientras ésta se encontraba lejos de su hogar.

¡Dios guarde una mujer se atreviera a insinuarse ante un caballero!  Vaya si no ha habido progreso en el mundo occidental para las mujeres desde aquellos lejanos pero innegables tiempos de romance, aventura y emoción.

En aquellos tiempos, más que una “red social” o un teléfono celular de hoy, un abanico constituía una verdadera herramienta de comunicación, con efectos posiblemente ulteriores, capaces de trascender el dulce encuentro de una noche.  Hombres y mujeres estaban muy acostumbrados a su lenguaje secreto, una verdadera “clave morse” para engañar a chaperonas, padres ultra protectores y a la misma sociedad mojigata de aquel entonces, que escondía debajo de tanta parafernalia social, yardas de tules y encajes, ni más ni menos que las pasiones humanas más normales.

El código secreto utilizado con esta delicada pero poderosa herramienta era extenso, pero sobresalen ciertos mensajes básicos, como por ejemplo, si una mujer se cubría la boca seductoramente con su abanico, al mismo tiempo que mantenía la mirada fija en un caballero, éste adivinaba inmediatamente que la señorita se había fijado en él y ella le enviaba un beso.  Si la mujer movía su abanico con movimientos rápidos para abrirlo y cerrarlo, significaba que estaba comprometida, pero el caballero presente le había movido las hormonas; en cambio, si ella se abanicaba suave y lentamente por sobre su pecho, esto significaba que era soltera y libre para decidir su futuro.

¡Cuánto hemos cambiado!  Tanto, que si a todo lo recorrido hemos de pretender llamarle “avance”, probablemente estemos un poco equivocados.  Los tiempos no cambian, sino las personas y la forma en que éstas se comunican o dejan de hacerlo de ciertas formas, aunque para ciertos gustos, algunos “modos” de hacer las cosas lindas de la vida nunca pasan de moda.  Tal es el caso del encanto de la feminidad, no importa qué tiempos se vivan.  Sigue siendo tan avasallador el hecho de permitir que un hombre lo sea en todo su esplendor frente a la mujer que le gusta, que lo atrae, ya sea por su físico, por su aroma, por su humor, por su química, por su intelecto, etc.  En el entendido de que, en estos dorados tiempos, debo aclarar que no toda mujer debe compartir mis gustos en todos los temas.

Volviendo al abanico, no deja de sorprenderme lo mucho que llama la atención el que una dama meta su mano suavemente en su bolso para sacar de él, en alguna situación acalorada, que bien puede ser un almuerzo, un bautizo en alguna iglesia, una cita, o cualquier otro momento en que la temperatura tienda a subir, un objeto tan delicadamente femenino.  Así, mientras algunas tomarán el menú del restaurante, la impresión en papel de la homilía de una misa, o sus propias manos para soplarse con angustia los calores, algunas precavidas seguramente llevarán un abanico para mover los aires del tiempo a su alrededor, y arrancar alguna que otra mirada de hombres sorprendidos por el encanto de la feminidad –tan en desuso hoy día–  como de otras mujeres, que adivinarán la magnífica idea, aunque quizá ignorando los usos antiguos.

Si acaso solía llevar un abanico, ahora sabe cuántas historias de romance fueron posibles gracias a estos misteriosos objetos de comunicación –y seducción-.  Si acaso no solía llevar consigo, he aquí una buena idea, que por sencilla, me ha resultado utilísima.  No sólo para librarme de los embates de la temperatura, sino para percatarme de que el tiempo no ha pasado por gusto, y lo que antes constituía una tremenda dificultad de comunicación para las mujeres de una época pasada, hoy día es solo una historia entretenida qué contar, y una confirmación de que, efectivamente, el esfuerzo por darnos voz y voto en los distintos ambientes de la vida moderna, no ha sido en vano.

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