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El olvidado arte de ser mujer

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Desempolvando cajas y papeles, me encontré con un viejo libro, tan reseco y gastado, que da pena abrir sus hojas, doradas y casi tostadas por el paso del tiempo.  Un “Tratado de Belleza Femenina” de 1944, que incluye entre sus añejas páginas desde consejos para acomodar y cuidar el cabello, piel, uñas, la silueta, hasta un poco de ciencia para comprender cómo funciona el complicado pero maravilloso cuerpo de una mujer.

En las ventas de libros antiguos, es común encontrar estos ejemplares.  Otro de ellos, el cual compré pensando que alguna nieta hojeará la reliquia con asombro algún día –y por qué no, tomará algunos consejos útiles–, titulado:  “La Belleza Femenina. Enciclopedia Femenina Nauta”, mucho más completo, trae una sección titulada: “El comportamiento de la mujer de clase: requisitos para ser una mujer de clase”.  ¡Vaya peculiar título!

En seis consejos se reduce alcanzar tan “noble” ideal de vida, según este compendio: 1. Cuidar el aspecto estético;  2.  El buen comportamiento social y atender las normas de convivencia y la buena crianza hacia toda persona; 3. Reducir el egoísmo, orgullo y mostrarse con modestia y amabilidad;  4. Saber comportarse con señorío en la mesa y en sociedad (modales y urbanidad); 5. Rechazar algunas costumbres como el chismorreo, la pereza y la inconsecuencia, hablar en sentido corrosivo y no criticar a los demás y, en cambio, mostrar generosidad, alegría y plenitud; y 6.  Auto educarse, por lo que respecta a los seis pecados capitales enemigos de la belleza y el efecto perjudicial de los malos sentimientos en el rostro, como la avaricia, la ira, el ocio, la gula y la envidia.

Hojear estos libros es como un viaje en el tiempo, a un mundo que ya no existe y, sin embargo, de todo se puede aprender.  Habrá a quienes les parezcan ridículos, pero no se puede negar que también están llenos de añeja sabiduría, porque ya lo dice el dicho: “más sabe el diablo por viejo, que por diablo”. Personalmente, veo cómo muchas cualidades que solían ser un atavío de decoro para nosotras, han ido pasando de moda en nombre de una equivocada pelea actual que dista mucho de los ideales que dice perseguir, aunque imagino hay quienes aún gustan de conservar algo de ese encanto único que solo es privilegio de nuestro sexo.

Aunque se dice que todo tiempo pasado fue mejor, todo tiene luces y sombras, pues en relación a las batallas que las mujeres de la historia tuvieron que realizar por adquirir derechos tan solo para ser consideradas algo más que objetos, es  innegable el avance que nos hicieron el favor de regalarnos para que muchas generaciones posteriores gocemos (al menos en buena parte de este hemisferio) de un trato ciudadano equitativo en muchos de estos temas.  Más allá de las feministas, especial respeto me merece el ejemplo de Rosa Parks, quien logró un avance significativo en los derechos civiles, no sólo para las mujeres, sino también para los hombres de raza afroamericana y en contra de la monumental segregación racial de aquel tiempo, cuando en 1955, se negó a cederle su asiento del bus a un hombre de raza blanca.

Ella usó la resistencia pacífica, y simplemente se negó a ceder su asiento ante una ley injusta que pisoteaba los derechos de los afroamericanos.  Una reseña de National Geographic cuenta que esta admirable costurera y secretaria, llamó la atención de Martin Luther King, quien todavía no ostentaba fama y, juntos,  emprendieron una serie de protestas posteriores que fueron detonantes para que la segregación racial y la discriminación fuesen declaradas inconstitucionales por la Corte Suprema de Justicia de los EE.UU.

¿Qué podemos aprender de Rosa Parks? Que no se necesita instrucción formal avanzada, ni los fondos para untarse de costosos ungüentos, como muchas mujeres sí pueden hacerlo hoy, ni roce con la élite política ni social, pero Rosa Parks tuvo algo que la catapultó a los anales de la historia para siempre: inteligencia y modo.

Se mostró pensante y se cargó de valentía –y sin decir palabra— logró lo que una multitud de afroamericanos quizá no habrían podido alcanzar mediante desórdenes en las calles.

Sin importar su condición humilde, ella es un ejemplo digno de equilibrio espiritual interior, de refinamiento innato, como la mejor obra maestra de toda estética e inteligencia femenina en acción.

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