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Libre expresión y religión

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Salvo el derecho a la salud no hay derecho humano que sea absoluto. Es un principio básico de la materia que frecuentemente aplican los tribunales nacionales e internacionales, incluida nuestra Corte de Constitucionalidad. Y viene al caso para realzar la relación inescindible entre los artículos 35 y 36 de la Constitución Política de la República de Guatemala.

Dice el primero que es libre la emisión del pensamiento por cualesquiera medios de difusión, sin censura ni licencia previa.  Y agrega que este derecho constitucional “no podrá ser restringido por ley o disposición gubernamental alguna.” El segundo reconoce que el ejercicio de todas las religiones es libre, “sin más límites que el orden público y el respeto debido… a los fieles de otros credos”. Nótese que estas dos limitaciones son de origen constitucional –que no legal ni gubernamental, como las permitidas por el anterior— y permiten afirmar que es la propia constitución la que limita al derecho de libre expresión al proteger a los fieles de otros credos contra expresiones ofensivas a sus creencias.  En iguales términos se pronuncia el artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos al limitar la libertad de pensamiento y de expresión a fin de proteger “el respeto a los derechos de los demás” y “el orden público”. Además establece otros parámetros que ilustran para aplicar semejantes limitaciones al condenar aquellas expresiones “que constituyan incitaciones a la violencia o cualquier otra acción ilegal similar contra cualquier persona o grupo de personas, por ningún motivo, inclusive los de […] religión”.

No discuto que la manifestación pública denominada “La procesión de la poderosa vulva”, ocurrida hace unos días, constituyó un claro ejercicio del derecho de libre expresión; pero también me parece que implicó un claro ejemplo del ejercicio abusivo de este derecho porque su montaje, ruta y expresión artística contenía un mensaje irrespetuoso para los fieles de un determinado credo, integrado éste por la feligresía católica.  Y algo que es aún más grave: fue un ejercicio innecesario de “jugar con fuego” por poner en peligro el orden público.

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