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El respeto por las cosas y seres naturales

Asumimos una actitud de respeto ante lo que percibimos valioso, más si se nos presenta como algo frágil, único y delicado. Algo sin posibilidades de reposición y que podría estropearse con facilidad. El respeto nos lleva a tratar a ese ser con deferencia, cuidado, solicitud.

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Respetar un ser es decirle, no con palabras, sino con hechos: “te trato como te lo mereces, no como a mí me da la gana”. El vándalo, el gamberro, el patán trata con desconsideración, rudeza, negligencia, “a la patada” las cosas valiosas, aún si son delicadas e irreemplazables, aún si han sido el fruto de un intenso y prolongado esfuerzo o de un proceso irrepetible. Por ello las daña y las destruye. No le importa que dejen de existir, no le importa el menoscabo de su propio mundo.

Con las cosas y seres naturales, el ser humano, en particular el de cultura occidental, ha acostumbrado a comportarse de ese modo; es decir, con negligencia y desenfado. Se atenía a la prodigiosa capacidad de recuperación de la naturaleza. Daba por un hecho que ella por sí sola se repondría de los perjuicios provocados.

Pero hoy no cabe seguir pensando así. La magnitud actual de nuestra intervención en la naturaleza, supera en muchos casos su capacidad de restablecimiento. El resultado es una creciente degradación de numerosos espacios naturales.

¿Qué consecuencia deriva de aquí? Que una gran cantidad de cosas o seres únicos, insustituibles, prodigiosos, irrecuperables están dejando, día con día, de existir. Y esto continuará mientras no aprendamos a respetarlos.

¿Qué pensaríamos de alguien que tuviese una linda cabaña y comenzara a desmantelarla para alimentar el fuego con pedazos de pared, piso, muebles, cuadros, fotos, libros, recuerdos familiares, colecciones botánicas y entomológicas?

Pero, ¿qué sucede cuando desaparece algo valioso? En esencia, una mutilación. Queda entonces un faltante, un vacío significativo, una carencia dolorosa, una ausencia que nos maltrata; percibimos esa “falta de…” con más vivacidad que la anterior presencia del elemento ahora suprimido.

Si algo está ahí cuando lo ocupamos puede que no nos percatemos de cuánto bien nos reporta; pero cuando ocurre que lo necesitamos y no aparece, sin duda que captamos con especial agudeza todo su valor. Casi todo mundo ha pasado por la experiencia de llegar a abrir la casa y no encontrar la llave. ¿No es cierto que este caso la humilde llave deviene por un rato en nuestra mayor preocupación, en el principal objeto de nuestros desvelos?

Imaginemos que nos tocara vivir en un desierto en el mismo lugar donde antes había un vergel; o en un basurero donde antes había un bosque; o en una cloaca donde antes había un manantial de aguas cristalinas. ¿Qué sucedería si con realidad virtual pudiéramos retroceder en todos estos casos a la situación original para poder compararla con la presente?, ¿si en los despojos actuales pudiéramos descifrar el esplendor de los bienes malogrados?

Si no aprendemos a respetar las cosas y seres que nos prestan utilidad, que nos dan satisfacción, que confieren al mundo su encanto y esplendor, con seguridad los perderemos. Si por maximizar la utilidad y gratificación que nos otorgan, no respetamos su forma de ser, sus ritmos y ciclos propios, sus condiciones de continuidad; si los usamos sin tributarles al menos un mínimo de consideración, sin respetar sus derechos, simplemente dejarán de existir y de brindarnos los servicios que nos prestan.

Ciertos pueblos agrestes (que solemos denominar salvajes), antes de salir a cazar, elevaban una oración y pedían perdón al animal que iban a abatir. ¡Cuánto tendríamos que aprender de estos supuestos salvajes!

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