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La pretensión de integridad

Las denuncias públicas sobre la perpetración generalizada de actos corruptos, suelen convocar la presencia protagónica de la pretensión de integridad en el escenario político.

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Una cosa lleva a la otra. Si algo empieza, de manera masiva, a echarse de menos, a percibirse como un faltante, es normal que lluevan las propuestas de solución, de reparación de esa deficiencia tan visible.

Pero es aquí donde se ha de tener sumo cuidado. ¿Por qué? Porque cabe una gran diversidad de respuestas, respecto de las cuales habría que saber discriminar.

Entre las muchas propuestas de manejo íntegro de los asuntos públicos, algunas pueden ser éticamente solventes, otras no tanto, y otras no lo son en lo absoluto. ¿Cómo distinguir entre unas y otras? ¿Cómo podemos darnos cuenta de que existe un manejo politiquero tras una oferta de integridad, o de que esa oferta realmente es en serio?

En la situación efectiva la cuestión puede presentar muchos matices, y escapa a las posibilidades de análisis de este breve artículo; pero en términos teóricos pueden delinearse dos opciones paradigmáticas. Ocuparse de ellas, intentar entenderlas y tenerlas presentes, no constituye una solución; pero sí ayuda a esclarecer, a espabilar nuestro criterio, a fin de que seamos capaces de juzgar con más rigor las propuestas existentes.

Así si alguien dice algo como: “soy honesto y, por tanto, cumpliré en el corto plazo con todas la expectativas, resolveré todos los problemas”, podremos ver que el mensaje resulta terminante, tajante y, por tanto, convincente. Pero si hacemos un breve análisis de la factibilidad de la propuesta, de la relación entre los medios de acción y los resultados prometidos, advertiremos que lo que ocurre, en realidad, es que se está utilizando la oferta de integridad como carnada político-electoral.

En cambio, si alguien dice algo como: “soy honesto y, por tanto, emprenderé un proceso para adecentar el país; y ello repercutirá de manera positiva, a la larga, en todos los ámbitos de actividad”, estamos ante un planteo muy distinto.

¿Cuál es la diferencia entre este discurso y el anterior? Que  quien habla en estos últimos términos, está mostrando la magnitud del asunto pero también su enorme grado de dificultad. Es decir, no sólo se proclama honesto, sino que procede como tal. No está tratando de escamotearnos el voto; su propósito es matricularnos en una campaña nacional de largo aliento: única solución apropiada para un problema de vasto alcance y profundas raíces.

Recordemos que, en nuestros países, la corrupción no es una especie de estampilla superficialmente adherida, removible con facilidad. Constituye, por infortunio, una vasta estructura coextensiva al tejido social y firmemente arraigada en nuestra cultura.

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