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A este paso vamos a necesitar otra arca de Noé.

El Siglo XXI ha magnificado la degradación de los diversos ecosistemas existentes en el planeta, profundizando el agotamiento de todas las contradicciones heredadas del siglo anterior que nos llevan hoy a peligrosos límites. Resulta abrumadora la información de gravedad y los resultados de la crisis ambiental global plasmada en informes, resoluciones foros e iniciativas a nivel mundial albergados por diversos organismos internacionales.

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Sin embargo, mientras se sigue discutiendo el devenir del planeta por científicos, gobernantes y representantes de diversos sectores y niveles de poder en el mundo, diariamente mueren personas a causa de los niveles de vulnerabilidad en la cual habitan.  Vale decir que esto no sucede solamente en otras latitudes del mundo, sucede en nuestro propio país, quizá muy cerca de donde vivimos ahora o bien de donde nos tocó emigrar huyendo de esa realidad.

Guatemala, siguiendo la definición científica del Panel Intergubernamental de Cambio Climático y las circunstancias dadas por la CMNUCC es uno de los países más vulnerables a los efectos del cambio climático a nivel mundial.  Desde el aspecto geográfico, la vulnerabilidad se deriva de la posición geográfica del país, ubicado en el istmo centroamericano entre los océanos Pacífico y Atlántico, precisamente en la ruta de los huracanes y tormentas tropicales del Caribe de la zona de convergencia intertropical y en la zona de influencia de los fenómenos de El Niño y de La Niña, lo que contribuye a la presencia de eventos extremos, tanto en términos de inundaciones, sequías y variaciones extremas de temperatura.

 Las características geofísicas no son las únicas que determinan la condición de riesgo del país, también contribuyen los aspectos socio-económicos: altos niveles de pobreza, índice de desarrollo humano medio, que expone a la mayoría de población a una situación de alta vulnerabilidad.  De acuerdo con el Índice de Riesgo Climático Global de 2018, Guatemala se encuentra en el lugar 11 en el mundo. Anualmente se registran desastres por deslizamientos de tierras, inundaciones y condiciones de sequía extendida que afectan la producción agrícola y generado inseguridad alimentaria; impactos en la salud de las personas; migración, por desastres socio naturales y cambios y perdidas de la biodiversidad del país

Existe casi en todos los ámbitos una  irracionalidad alrededor del uso de los bienes naturales, incluso muchas personas siguen pensando que las rocas son objetos inanimados que simplemente están, no dándose cuenta que están ahí por algo, desde ese pequeño mineral que ha evolucionado a lo largo de millones de años, hasta los caudalosos ríos que nos proveen de alimento, energía, agua para consumo humano y paisaje, todo es parte de un sistema que por elementos antrópicos está perdiendo su  equilibrio.

Aunque existen valiosos esfuerzos, tanto nacional como internacionalmente los mismos son insuficientes ante una realidad que nos rebasa en el tiempo. A este paso las únicas alternativas de preservar la especie humana de una sexta extinción son: o existe  un verdadero compromiso de orden mundial en impulsar modelos de convivencia  con el medio ambiente, de interpretar el valor de los  bienes naturales  en el equilibrio de la vida y aumentar  la protección a los ecosistemas,  o bien procurar la segunda venida de Noé para que construya un arca o quizá una nave espacial que nos lleve a otro planeta a depredar lo que no somos capaces de cuidar y preservar aquí.  La verdad no creo que Noé se anime a regresar.

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