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Adicciones, videojuegos y mas

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Es un tema actual. En reciente estudio (aceprensa 18 enero 2018), se plantea que la adicción –que no la simple afición– a los videojuegos puede considerarse una enfermedad. Así lo ha decidido la Organización Mundial de la Salud (OMS), que en la próxima edición de su Clasificación Internacional de Enfermedades (el ICD-11), anunciada para mayo de este año, le otorga al problema la categoría de trastorno.

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El padecimiento, según la nota del organismo, estará definido como un patrón de comportamiento ante el videojuego, caracterizado por un control inadecuado de este y por la cada vez mayor prioridad que se le da, hasta el punto de que “toma precedencia sobre otros intereses y actividades diarias”. Es, en síntesis, colocarlo por encima de todo lo demás, “a pesar de las consecuencias negativas”. Según la OMS, al darle la categoría de “trastorno”, la adicción puede ser objeto de un tratamiento más específico y de medidas de prevención más oportunas

Aunque se aclara que no tiene un trastorno por adicción todo el que tome en sus manos un mando para pasar una tarde con los amigos, poniendo a correr en la pantalla a un Messi y a un Cristiano Ronaldo virtuales. Para que pueda diagnosticarse, el patrón de comportamiento de la persona tiene que revelar una clara alteración de sus hábitos de vida, tanto en lo que la concierne a sí misma como en su relación con la familia, con los compañeros de trabajo y con las amistades.

El tema conduce a algo más amplio, que ya se ha planteado en artículos de opinión, donde se concretaba el caso del mundo virtual. Narraba el caso frecuente de estar con los amigos un viernes por la noche en un bar, y un celular comienza a vibrar: un mensaje que alguien acaba de recibir por WhatsApp. El interesado lo lee e interactúa, mientras los demás mantienen una conversación amena y él ya está ausente de lo que hablan. Es común hoy en día. Igual sucede cuando aparece una alerta de Facebook en su tablet mientras recibe clases o está en una reunión de trabajo: frecuentemente la atiende, aunque la mayoría de las veces son asuntos que no ameritaban interrumpir.

Porque, aunque las redes sociales pueden ser medio para distracción, trabajo o estudio, pueden debilitar las relaciones sociales. Pueden ser negativas si la persona se enfoca de manera excesiva que afecte su trabajo y estudio. Sin duda son buenas para mantener contacto con las amistades: lo malo es estar siempre pendiente de ellas.

Y un punto frecuente es que muchas adicciones de adolescentes y niños son por padres ausentes o de adultos con dificultades morales, que apuntan a la necesidad de afrontar la dimensión ética y reconocer que están en juego conceptos como familia, amor, intimidad…

Y los casos de tecnoestrés- señalan los estudiosos- va aumentando con personas que pasan horas sin poder dejar de chequear y actualizar las redes sociales, diverso de que el avance tecnológico nos facilita en muchos aspectos de la vida… pero esta relación persona-aparatos puede volverse patológica.

El Dr. Latre de la Universidad de Navarra comentaba que tenemos acceso a multitud de datos, pero con frecuencia nos falta el contexto y la interpretación. Y por ello sugería la “desconexión” y un estilo de vida más show, para aprovechar mejor los contenidos, encontrando verdaderos espacios de amistad… y mucho más.

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