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Debacle de la moralidad

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Algunos autores dedicados al estudio de la ética y la moral nos indican que uno de los males más profundos que se le puede infligir a una sociedad, es la baja en la moralidad. Guatemala no es la excepción, porque también el flagelo de la corrupción, el fraude, el engaño, el autoengaño y la descomposición del tejido social generado por la desconfianza, está presente en la vida nacional, como una especie de vergüenza humana.

Esta preocupación surge, porque nos enfrentamos a un mundo desenfrenado en el cual el panorama moral no es muy alentador. Hoy, ante la presencia de la segunda mitad del siglo XXI, el cual parece estar acompañado de un fenómeno social que ha llenado de zozobra la vida política como lo es el fenómeno de la corrupción, porque esto prueba que en la sociedad existen problemas de valores; que corruptor y corrompido padecen de debilidades éticas.

La corrupción es, por sobre todas las cosas, un problema moral. Y por ello, tomar la corrupción en serio, es tomar la virtud cívica en serio, tomar la virtud cívicamente en serio requiere no sólo una educación moral, sino también una participación sustantiva en la superación de este mal que corroe al conjunto de la sociedad.

Cuando los apetitos se desbordan de la manera como ha estado aconteciendo en la vida de las sociedades, estamos ante la presencia de la más alta expresión del cinismo que se expresa con mentiras, y el asalto burdo de las graderías a las arcas del Estado. La pregunta obligada es, si este mal tan enraizado en los tuétanos de la vida social, tiene cura o no. Porque tanto corruptores como corrompidos por sus ambiciones desmedidas, estimo que no alcanzan a tener conciencia de sus límites, y no ven los riegos y peligros cuando sean ellos enfáticamente señalados, acusados y marginados, por la justicia y la sociedad.

El gran teórico de la teoría de la justicia, John Rawls ha dicho que “…quien asume un cargo público está obligado con respecto a sus conciudadanos cuya confianza ha buscado y con quienes coopera en la gestión de una sociedad democrática… Adquirimos obligaciones a través de promesas y acuerdos tácitos y cuando participamos en un juego, es decir, la obligación de jugar de acuerdo con las reglas y ser un buen deportista”.

El no cumplimiento de estos acuerdos se convierte en violación de obligaciones. Y esto es lo que se vive en las sociedades. Los medios de comunicación han hecho evidente ejemplos abultados del fenómeno de la corrupción que ha invadido al Estado y al tejido social de la sociedad. El problema es que existe incapacidad de algunas personas de comprometerse moralmente en su paso por la administración pública.

La corrupción socaba la credibilidad y desmorona la democracia, produciendo efectos negativos, en donde el corruptor y corrompido que padecen de debilidades éticas, en un juego perverso, destruyen virtudes cívicas, fortaleciendo los antivalores como el soborno y la extorsión para la obtención de riqueza material. Plataforma que lanza a éstos, a estilos de vida pomposos, diferentes a la forma como vive la mayoría de las personas.

La corrupción está sobre el tapete, porque los medios de comunicación, han señalado escándalos en el desempeño de los cargos públicos, como una traición a la confianza depositada en los sujetos que han sido electos para dirigir el Estado y el gobierno. Los ojos se centran en el escándalo político. Pero, si en verdad queremos erradicar las dimensiones complejas de la corrupción, tendríamos que asumir en serio las virtudes cívicas y poner límites a las grandes acumulaciones de privilegios que generan riquezas materiales.

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