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“Así creció Suecia”

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COLUMNISTA

Hay temas que son universales por su impacto en la vida. Sin importar a qué lado se pertenece en asuntos en los que existen opiniones divergentes, están los puntos comunes que representan bienestar para la humanidad.
Este es el caso acerca de los valores, tan “pasados de moda” para muchas personas hoy día, conforme extrañas costumbres van tomando su lugar dentro de la sociedad.
En el artículo del domingo pasado, sobre la necesidad de refrescar nuestro sistema político con cambios radicales para obtener resultados diferentes, un lector educadamente comentó que no basta con cambiar de sistema político. Indicó que: “hace falta erradicar la corrupción para que el sistema se enderece; personas que no puedan ser corrompidas por toda la estructura paralela de políticos sinvergüenzas que existen; hombres y mujeres con valor para poder terminar con esta plaga, ya que si un presidente no presta atención al clamor de la ciudadanía, tampoco lo hará un congresista”, señaló.
Tanta razón tiene, que recordé un seminario impartido por el profesor chileno radicado en Suecia, Mauricio Rojas, que ilustra el porqué de las diferencias entre Suecia y Chile, que comparó exhaustivamente, resultado de su experiencia como miembro del Parlamento sueco.
Suecia es una monarquía parlamentaria, pero los monarcas trabajan y no usan guardaespaldas; de población mayormente protestante-luterana durante su fundación (aunque hoy, la mayoría es atea).
La Iglesia Nacional Sueca Luterana incluso se nacionalizó. Desde 1910, Suecia ya no tenía analfabetismo. Sus campesinos no fueron conquistados ni fueron servidumbre. Es una sociedad muy pareja en varios aspectos. Los campesinos poseyeron tierra y pagaron altos impuestos de lo que producían, lo que generó alto comercio porque la Iglesia protestante le acogió para frenar la expansión desmedida de la nobleza que amenazaba con dejar nada. Su ejército se fortaleció y se le garantizaba un buen ingreso por la educación de los hijos, cuyas familias pagaban con su alto comercio. Suecia invertía en “la formación de su capital humano”.
Hubo nuevo poder ciudadano frente a la Monarquía. El estamento campesino llega ser mayoritario y a formar partidos políticos, basados en los valores universales de la moral y la ética.
En su Reforma Liberal (1850-1860) influenciada por Inglaterra y un poco Alemania, nadie quedó fuera: fue pro-élite; pro-campesino. Las medidas “pro” referían mayores oportunidades para todos, promoción de las eficientes escuelas tecnológicas del Estado, e inversión apuntando al progreso. Los ferrocarriles principales de sub-rutas, quedaron privadas.
Se convirtió en un pueblo pragmático, poco ideologizado. Conformó un Estado pequeño y eficiente, que cuidó las estadísticas económicas, lo que generó gran unión en su población; los impuestos se pagaban con gusto a un Estado bien organizado que daba todo por lo cual se le pagaba, eficientemente. Motivadas, sus élites y la nobleza fueron altamente industriosas y rentistas. Se promovieron nuevas profesiones para reubicar campesinos dentro de la economía, ante el crecimiento tecnológico que desplazaba oficios agrarios.
Este entorno promovió un sentido de ética del trabajo y conciencia moral (el concepto “Dios vive dentro de cada uno y ve nuestros actos aunque nadie más lo haga” hace que no se robe ni en público ni en privado). Para la población sueca, el lujo es algo burdo, vulgar, un atentado a la cultura y evitan las peleas y la confrontación (ojo, políticos de América Latina).
Las bases de esta prosperidad sueca fueron creadas un siglo antes del Estado de bienestar; Suecia tiene inventores y descubridores, posee más de 90 patentes de inventos, como las de Alfredo Nóbel y L.M. Ericksson). Los elementos clave fueron: eliminar todos los vestigios feudales (llamada revolución liberal); libertad de empresa y comercio (sin monopolios ni gremios totalitarios); un Estado pequeño, pero activo y solidario, y amplias oportunidades. Suecia llegó a tener pleno empleo por 50 años consecutivos (algo nunca visto en la historia) y desde 1932 gobierna la Social Democracia.
Dejo estas notas a la discreción de cada lector para reflexión: ¿qué estaríamos en Guatemala dispuestos a ceder, para lograr algo así?

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