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¿Por qué usamos Presidente?

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COLUMNISTA

Hace más de 30 años, se realizó un estudio importantísimo, acerca de la cuestión del presidencialismo versus el parlamentarismo. Lo escribió el politólogo Juan José Linz (sociólogo y politólogo de Yale), quien dedicó muchos años al estudio del fracaso de las democracias, cuya reflexión viene al caso en uno más de los incontables momentos de crisis que vive Guatemala.
Aunque se quiera negar, estamos en crisis política, ante las fuerzas de choque que dividen a nuestra nación, arrastrándola como implacables torrentes de río hacia la cascada, en picada y sin frenos.
En síntesis, el estudio cuestiona la utilidad actual de un gobierno presidencialista. Linz lo explica al inicio de su ensayo: “Con la notable excepción de Estados Unidos, la mayoría de las democracias estables han sido regímenes parlamentarios y, algunos, semipresidencialistas y semiparlamentarios”. Considera el autor que, del presidencialismo al totalitarismo, hay solo un paso; mientras que, en un sistema parlamentario, el problema no existe porque el Ejecutivo es parte del parlamento (y tiene poderes mucho más reducidos, a la vez que sus funciones prácticamente se reducen a actuar como un simple jefe de gabinete y convocar a elecciones con la debida supervisión y consenso).
El parlamentarismo tiene una virtud peculiar: su alto potencial para romper con la tendencia de extralimitarse en el poder, que yace dentro de casi toda persona y que crece desproporcionadamente en un individuo y presidente, al inhalar el incienso quemado a su alrededor, la adulación, la zalamería y la música de los aplausos –hipócritas- a su paso.
El poder queda diluido en un parlamento y, por aquello de las “aplanadoras parlamentarias” -de paso-, se sugiere vacunarnos realizando los cambios radicales a la Ley Electoral y de Partidos Políticos, vital para la salud del sistema total, y ¡a la misma Constitución! para la modernización de tan obsoleto sistema político; todo acorde a la decepcionante realidad que hoy tenemos, en gran parte por no querer enfrentar el cambio. El sistema de votación sería clave en una nueva forma de elegir a quién delegamos el poder y cómo lo ejerce.
Guatemala aún tiene enorme potencial de crecimiento en todo sentido. Nuestra economía podría mejorar, la educación, salud y seguridad pueden dar para cobijar a más población…si tan solo hubiera “voluntad”.
Dicho lo anterior, el “¿cómo?” queda expuesto: para comenzar la ruta del cambio, urge un diálogo serio (que nos haría recuperar la dignidad perdida por darnos a conocer ante el mundo como una nación corrupta y sin cura) con la participación de todos aquellos estadistas, académicos y técnicos notables que alguna vez hicieron el bien en la vida política, dejaron sus nombres plasmados en nuestra historia, y cuya experiencia de vida es una fuente de alto valor, una brújula técnica y práctica, obtenida por la sabiduría. Posterior a esta convocatoria, encabezada por individuos calificados y de probado valor cívico (la reiteración es a propósito), se pasa a la fase de ejecución de esos cambios y consensos emanados de una agenda de país, pensada para dotar, también, a esta tierra que lo tiene todo para producir, de un sistema digno, que realmente permita decir que Guatemala es un país para vivir, crecer, trabajar, retirarse y morir.
¿Qué hace falta? Madurez, voluntad, conciencia del futuro, conocimiento y, por qué no decirlo, dejar de intentar imponer los cambios a fuerza de intrigas y engaños divulgadas tediosamente, utilizando los modernos medios de comunicación. Toda oposición debe fiscalizar al gobierno, pero debe dar alternativas y soluciones coherentes: bueno, aquí hay una propuesta.

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