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No soy de aquí ni soy de allá

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Esta mañana desperté siguiendo el consejo del fallecido maestro Facundo Cabral: “Ahora mismo le podes decir “basta” a los noticieros que te envenenan desde la mañana.  Imagínate qué diferencia si, en lugar de leer el periódico lleno de sangre, cada mañana leyeras el Eclesiastés de Salomón; las Confesiones, de San Agustín; la poesía de Almafuerte; el Tao Te Ching, de Lao-Tse…ahora mismo le podes decir ¡basta! a los que quieren dirigir tu vida y al miedo que heredaste, porque la vida es aquí y ahora mismo”.

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Es una pena mayúscula que este ser humano tan peculiar, llamado  Rodolfo Enrique Cabral Camiñas, haya venido a Guatemala para encontrar la muerte.  “Cosas del destino”, dirán algunos, pero a otros nos quedó la duda.  Sentimos pena por la pérdida de un alma de poeta y filósofo que le daba al mundo belleza a la vez que fortaleza, aliento y entereza para seguir contento la vida, aun ante el irremediable y cruel infortunio.

No sé si es casualidad o ironía que el Maestro Cabral hubiese recomendado la abstracción como método para el buen vivir.  Dijo: “…qué diferencia si, en lugar de leer el periódico lleno de sangre…”, que fue tal como él perdió la vida en este suelo.  Hasta su despedida fue premonitoria en el que, sin saberlo, sería su último concierto: “ya le di las gracias a ustedes; las daré en Quetzaltenango, y después que sea lo que Dios quiera, porque Él sabe lo que  hace”.  De esa última velada de su vida, bajo la luna de Xelajú, también se despidió cantando: “No soy de aquí ni soy de allá”.

Declarado ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, “Mensajero Mundial de la Paz” por la Unesco, nominado al premio Nobel, cantautor y literato, dejó de existir  en un atentado del cual la pérdida de su voz y de sus pensamientos resultan un sinsentido, por cuanto éste no iba dirigido a él; fue asesinado por equivocación.

Así se apagó una voz de la que brotaba filosofía, sabiduría de vida aprendida por aflicción de la propia carne, con llanto del corazón y grito del espíritu.  Otras miles –cierto, no con tantos discos de oro, ni tantos teatros llenos en su haber, pero en todo caso, otras luces también– se han apagado muy pronto, inútilmente.  Algunas se extinguieron con arma de fuego; otras, con arma de hambre, enfermedad, añoranza por la patria que quedó atrás con la familia, el fraude o el funcionario corrupto.

Siete años de este cruel despojo a la humanidad van a cumplirse en julio próximo.  Para mientras, no mucho ha cambiado en nuestra Guatemala.

¿Qué rumbo vamos a tomar?  ¿Cómo vamos a tratar a esta nación herida que es Guatemala? ¿Cuándo? ¿Tenemos un porqué? ¿Qué más, que sea sensato, se puede seguir diciendo, que no haya sido dicho?

Me parece que aún queda algo por preguntar, sí: ¿Existe algún ser humano que todavía pueda pensar en algo que no sea la codicia, la vanidad, el engaño? ¿Distinto del arribismo, derroche y maldad? ¿Habrá alguien que quiera tomar el timón para servir –mas no servirse—y ordenar la casa con honradez y el corazón en la mano?

Guatemala: “No te des por vencida, ni aun vencida.  No te sientas esclava, ni aun esclava.  Trémula de pavor, siéntete brava.  Y arremete feroz, ya malherida”. (Extracto del poema “No te des por vencido ni aun vencido”, de Pedro Bonifacio Palacios, también conocido como Almafuerte).

A ti, abuelo, que esta noche que escribo, me acompañas en el recuerdo de tu valentía para salir niño de tu tierra y forjarte un futuro lejos, el cual yo heredé.  En memoria de dulces recuerdos en tu compañía, tomando el té y escuchándote recitar, precisamente, el Eclesiastés de Salomón y los Proverbios, evocando ya desde entonces, una nueva Guatemala.

TEXTO PARA COLUMNISTA
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