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Los dogmáticos

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Es común hablar del dogma religioso o el dogma de la ciencia. Aquellos principios innegables sobre los cuales están basados.  Estoy segura de que muchos de ustedes han escuchado la palabra «dogma de fe» (la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve). El diccionario por su parte, define el dogma como: «la presunción de quienes quieren que su doctrina o sus aseveraciones sean tenidas como verdades inconcusas (sin duda o contradicción)». En otras palabras, es aquello que no admite cuestionamiento.

Con relación al dogma religioso y al científico, es fácil comprenderlos. En la ciencia es necesario y en la religión sirve para darle certeza a sus creyentes sobre las bases y preceptos sobre los cuales la religión debe de observarse y practicarse. En ambos casos, los lineamientos son claros y precisos. El científico lleva una metodología que debe ser comprobable. El religioso no, sin embargo, los practicantes saben de antemano que es permitido o no y que se espera de ellos si desean ser unos buenos creyentes.

Hoy quiero profundizar sobre el dogmatismo político e ideológico.  El dogmatismo político se ha vuelto el mal de nuestros días y yo lo considero un mal de necios. Gracias a estos dogmáticos nuestra sociedad está dividida y cualquier argumento es automáticamente descalificado sin ser analizado o discutido, tan solo porque lo dijo alguien que es de una ideología contraria a la mía.

Estamos perdiendo la facultad de debatir e intercambiar ideas con objetividad.  El debate ha decaído tanto que nos centramos en hacer acusaciones sobre cosas de forma y mas no de fondo. Caemos en una batalla de desprestigio. En vez de refutar con argumentos lógicos, datos puntuales y sentido común, utilizamos la descalificación personal.

Cuando analizamos las grandes revoluciones a lo largo de la historia, los individuos siempre han luchado y hasta sacrificado sus vidas, por la libertad de disentir y tener pensamientos propios, aunque estén en contra del colectivo y de los gobernantes. Es una lucha por lo más íntimo de la individualidad, que es pensar y expresarse por uno sí mismo.

Hoy, por el contrario, disentir es sinónimo de traicionar. ¿A quién? ¿A mí mismo o al dogma imperante? Los dogmáticos pretenden que sacrifiquemos nuestro YO, para poder encasillarnos dentro de lo que ellos consideran que es lo correcto.  No se conforman con llamarte traidor, sino que además se ofenden por el simple hecho de que opines distinto. Si cuestionas el movimiento “Me too”, automáticamente te conviertes en partidario del patriarcado, del machismo y el abuso. Si cuestionas el actuar de la CICIG o el MP, o de alguna de sus autoridades de gobierno (aunque sea cuestionarlos por su elección en el color de la corbata), te conviertes automáticamente en parte del «pacto de corruptos», y si estas a favor de la vacunación universal estas violando el derecho del padre a decidir, lo que te convierte según ellos, en colectivista. ¡Por favor! ¿Desde cuándo cuestionar o criticar significa que apoyas la corrupción o el machismo? Estoy de acuerdo en que los padres decidan qué es lo mejor para sus hijos, pero no a costa de la salud y la vida de los míos.

Y así sucede con el feminismo, el libertarianismo, el socialismo, el comunismo, el liberalismo, veganismo y todos los demás «ismos» que se me ocurran, incluyendo el fanatismo.

El fanático nunca se verá a sí mismo como tal, así como el dogmático nunca comprenderá que tanto él como yo tenemos formas diferentes de percibir el mundo, ya que difícilmente dos personas percibirán la realidad de la misma manera. Y tristemente, el dogmatismo se expande como una epidemia.

TEXTO PARA COLUMNISTA
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