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Migración: ¿orgullo nacional?

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La cantidad de migrantes guatemaltecos que trabajan en los Estados Unidos de América y Canadá, principalmente, se estima en más de dos millones, y el dinero de sus remesas se incluye dentro del cálculo del Producto Interno Bruto (PIB) anual de Guatemala. Irónicamente, los candidatos a presidente hasta viajan para pedirles su voto a estos chapines que encabezan la lista de centroamericanos indocumentados cuyo crecimiento poblacional como migrantes se estimaba en un 389% anual, al 2013.

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Para 2017, el Banco de Guatemala reportó un ingreso de divisas por remesas de US$ 8,192,213.1.  Para el 2016, la cifra representaba un 12% del PIB,   casi a la par de rubros como la producción por ganadería, agricultura, y por encima del segmento de transporte y comunicaciones del año 2016.  Son cifras monumentales –y desalentadoras- con tendencia al alza, si acaso tenemos claro de dónde se originan.

En 2016, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), realizó una encuesta que arrojó datos como la edad de los migrantes, que oscila entre los 15 y 24 años.  Asimismo, indicó que por cada 100 mujeres migrantes, 82 son hombres.  El uso principal de las remesas es para el consumo de la canasta básica, con un estimado de US$379 mensuales por familia (aproximadamente, Q2,782, al cambio de hoy);  apenas un poco menor a la remuneración mínima del sector agrícola.

El sector bancario guatemalteco se adaptó al fenómeno y ofrece mecanismos para que los familiares puedan retirar los fondos de los casi  US$400 mensuales, por una comisión en el servicio de cambio.   También ofrece préstamos para emprender modestos negocios a esas familias, que otrora no habrían podido ser sujetos de crédito.  Sin duda, pudiera ser una forma de sacar la nariz del agua cuando se está en esa situación.

Para no caer en absurdos como la celebración de las cifras recibidas por remesas, vale recordar que estos migrantes no viajan en avión, sino en el “tren de la muerte”, atraviesan desiertos y deben sobrevivir a las mañas y estafas de los coyotes, lo que se convierte en una ruleta rusa donde se juegan la vida, pensando que el riesgo lo vale.  Tampoco les esperan las mejores condiciones laborales ni una vida cómoda;  sus sueños frustrados y sus seres amados se quedan en Guatemala.

El Presidente Donald Trump está siendo criticado por sus declaraciones sobre el tema.  Definitivamente, no es una persona políticamente correcta y los epítetos con que califica a ciertos grupos son desafortunados y retratan la decadente política actual; pero también ha dicho verdades, como que somos los ciudadanos de países migrantes quienes nos hemos acomodado a exportar gente, al haber dejado crecer exorbitantes niveles de corrupción con serenidad durante décadas.

En Guatemala no se escucha que el  presidente haya querido acercarse al gobierno de los EEUU con un plan para motivar contundentemente la industria y el comercio local o erradicar la creciente violencia.  Sólo ha visto oportunidades para intentar “quedar bien” en temas que no mejoran las condiciones de nuestros ciudadanos en este suelo.

Sólo los gobiernos mediocres se conforman con exigir a otros la adopción   permanente de la avalancha de sus migrantes, en lugar de provocar un mejor ambiente social, político y económico para que la migración no fuera una necesidad de “ilegales” sino una opción motivada por el decoro de la ciencia o el desarrollo.

El 20 de septiembre de 2017, la ciudadanía acudió a La Plaza Central a exigir la renuncia de varios diputados y la del mismo señor que está sentado en la silla presidencial pero todavía no lo entiende.  Algunos sectores, convenientemente, no apoyaron esa marcha, de manera que el grito de hartazgo de quienes sí estuvimos presentes -que no éramos cuatro pelones ni bochincheros sino varias cuadras de ciudadanos- no fue escuchado.  Ha de ser muy conveniente seguirlos teniendo como empleados.

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