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La transformación y cambio para la nación

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Editorial

Las transformaciones que deseamos no se sueñan ni se aguardan, se trabajan. Se trabaja para interpretar lo que sucede, para proyectar aspiraciones hacia un mediano y largo plazo alcanzable, para hacer converger intereses, para movilizar voluntades y para organizar la acción. El esfuerzo para construir una transformación apunta a fijar un rumbo y a asegurarle viabilidad a la trayectoria; emerge a partir de las necesidades, intereses, valores y emociones del colectivo social y se abre paso entre posibilidades y restricciones en procura de resultados que son en buena cuenta inciertos. Es un proceso complejo el que bulle en la caldera del cambio.

Son muchas y diversas las situaciones perjudiciales que quisiéramos cambiar, así como lo son nuestras formas de reaccionar frente a ellas. En algunos casos no actuamos sobre causas, sino que intentamos eludir consecuencias; en otros procuramos introducir ajustes para morigerar efectos; sólo en ciertas oportunidades encaramos el proceso de construir una transformación.

Construir transformación implica muchas cosas. Por de pronto un aspecto fundamental de esa construcción hace al rumbo de la transformación deseada. Igualmente, crítico es lo que se refiere a la viabilidad del proceso, ya que no basta la voluntad para generar una transformación, sino que toca operar considerando circunstancias locales y del entorno, posibilidades y restricciones que condicionan la viabilidad de cualquier cambio e impiden anticipar con certeza los resultados.

Rumbo y viabilidad están inherentemente relacionados. Al fijar un rumbo tenemos una cierta apreciación de la viabilidad de alcanzarlo, y esa viabilidad estará influida por la naturaleza e intensidad de los cambios de dirección que impone el nuevo rumbo.

La construcción de la transformación se da inmersa en un contexto de múltiples actores que interactúan entre sí, cada uno, con sus necesidades, sus valores y sus cambiantes intereses y emociones. Es un proceso complejo el que bulle en la caldera del cambio.

De todos modos y aunque admitamos la complejidad de transformar el presente, no hay situación que se mantenga inmutable a través del tiempo: toda situación está en permanente cambio, a veces en dosis homeopáticas difíciles de percibir, otras veces a través de saltos cuánticos, las más a pasos lentos pero sostenidos. No existe un ritmo uniforme de transformación sino períodos de aceleración, de marcha pausada o de desaceleración. El presente pareciera ser un período de acelerada transformación.

Al hablar de cambio en el país del Realismo Mágico, no podemos dejar de pensar en los intereses, necesidades, gustos y preferencias, emociones y valores que han sido construidos en el imaginario colectivo, a lo largo de cientos de años, pero principalmente desde los años que siguieron a lo que muchas personas denominaron la PRIMAVERA DEMOCRÁTICA ocurrida en la década del 44-54.

Después de esa época, se ha venido cultivando una cultura de violencia que ha rebasado los límites de la imaginación, unido a ello se ha acelerado el deterioro biológico, intelectual y social de los habitantes de las grandes mayorías de este bello país; como producto de la falta de una verdadera planificación y un verdadero interés por la construcción de un proyecto de NACIÓN, en el corto, mediano y largo plazo.

Ante esta situación, en El Siglo nos preguntamos y preguntamos a todos los guatemaltecos, ¿Qué país, queremos o deseamos heredar a nuestros hijos? ¿Estamos dispuestos a mantener el estado de cosas, ya sea por hipocresía, falta de valor, acomodamiento o lo que sea? ¿Seguiremos permitiendo que malos guatemaltecos hagan y actúen en nuestra nación a su sabor y antojo?

POR UNA NACIÓN LIBRE, JUSTA Y SOLIDARIA.

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