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La paz y reconciliación

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Editorial

La gestión pacífica de conflictos implica pensar e introducir prácticas culturales que interrumpan la reproducción de la violencia y favorezcan la reparación del tejido social, tejido que ha sido deteriorado por la confrontación armada, en especial en sociedades donde la dinámica de la violencia ha sido de larga duración, con consecuencias de sufrimiento y heridas irreparables. El perdón y la reconciliación se consideran estrategias útiles para esta reparación. La experiencia de países como Ruanda dan cuenta de la forma en que los procesos de perdón (ya sean individuales o colectivos) contribuyen al bienestar psicológico y social de quienes han estado implicados en un conflicto, bien como víctimas, bien como agresores (Baskin y Enright, 2004; Kalayjian y Paloutzian, 2009). Así pues, partimos de que el perdón genera procesos de cambio y favorece las actitudes prosociales y las transformaciones de comportamiento frente a quienes han sido agresores (McCullough y Root, 2005).

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De acuerdo con la definición de Murphy (2003), el perdón es un tipo de sentimiento que permite sobreponerse a los sentimientos de venganza o de resentimiento frente a un agresor. Estas definiciones coinciden con las de McCullough y Root (2005), quienes definen el perdón como un proceso en el que el agredido no olvida ni niega la ofensa o el daño, pero aun así comienza a tener una perspectiva distinta de su ofensor, hasta el punto que logra verlo con compasión, benevolencia y amor.

La reconciliación, por su parte, es definida como un proceso de aceptación de un grupo a otro, que en el fondo es el cambio en la orientación o evaluación psicológica frente a otros. En este proceso de cambio tanto las víctimas como los perpetradores no permiten que el pasado defina las relaciones del futuro, comienzan a ver a los agresores con sentido de humanidad, lo aceptan y consideran la posibilidad de construir una nueva relación (Staub, 2005).

La reconciliación puede ser tanto un proceso individual como un proceso colectivo, pero a diferencia del perdón, no puede ser un proceso unilateral, pues exige que las 2 partes (agredido y agresor) estén comprometidas en el cambio de la dinámica de la relación y que exista un acuerdo de no repetición de la agresión (Staub, 2005). Mukashema y Mullet (2012) y Bueno (2006) también explican que es más fácil hablar de sentimientos de reconciliación (en el contexto de la micropolítica), puesto que la completa reconciliación en muchos casos puede ser evaluada como falsa, pues es acordada por representantes de los grupos, pero no necesariamente da cuenta de los intereses individuales de todos los ciudadanos.

Es evidente, entonces, que hay una brecha entre el perdón y la reconciliación, pues si bien el perdón podría instigar sentimientos de reconciliación, no necesariamente se logra esta. Palanski (2012) explica que entender el perdón como un proceso que únicamente culmina en la reconstrucción de la interacción con el agresor en algunos casos impide que este siquiera comience. Según el autor, pueden darse procesos de perdón sin que haya reconciliación, procesos de reconciliación sin perdón y procesos en que no haya perdón ni reconciliación. En el primer caso se hace referencia a que no todos los agravios permiten la reconciliación, puesto que esta debe darse entre el agresor y el agredido; además, debe existir un compromiso de no repetición de la ofensa para garantizarle al agredido que vale la pena continuar la relación sin correr peligro. Menciona Palanski (2012) que en algunos casos puede darse la reconciliación sin que haya perdón, pero esto solo se ha visto y estudiado en ambientes laborales. Según su revisión, las relaciones laborales se caracterizan por intercambios que facilitan que las personas restauren sus relaciones, aunque se mantengan sentimientos negativos en contra del agresor. En casos como estos las personas deciden mantener las interacciones, aunque no encuentren satisfacción en las emociones implicadas en la relación.

En Guatemala  después de la firma de los acuerdos de paz, no han existido procesos tendentes a alcanzar la reconciliación nacional, producto de la lucha del micro poder, el odio y la venganza, Coexisten grupos de poder que no logran pasar la página debido a intereses meramente económicos, pues el resarcimiento y la gestión de fondos de la cooperación, es muy buen negocio.

La población guatemalteca está cansada ya de tanto circo por parte de un grupo de presión como otro, que se dedican a atacarse y buscar quien se la paga, más no quien se la debe, sin importar a quien se pasen llevando en la lucha por el micro poder, mientras ellos se mantengan con buenos ingresos económicos lo que menos importa es el pueblo.

La paz no será lograda mientras existe odio, envidia y sed de venganza, los guatemaltecos debemos repensarnos como nación y revisar si estamos dispuestos a seguir aguantando los desplantes de los titiriteros.

POR UNA NACIÓN LIBRE, JUSTA Y SOLIDARIA.

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