El Siglo

El Guarda, la basura y el porvenir de Guatemala

Vivir cerca de mercados populosos es una gran pesadilla y más en días festivos o de pagos de prestaciones laborales. Si bien los vecinos de estos lugares tienen fácil acceso a todo tipo de productos, chocan cada jornada con la sensación de sentirse excluidos de la zona donde estuvieron por años sus familias o que ya de adultos escogieron para residir.

“Los comerciantes protegen sus productos y a las personas de por ahí, no hay extorsiones, ni malos rollos, casi nunca, es cierto. Sin embargo, el mercado absorbe tu individualidad, te quita tu privacidad. El mercado nos quitó el silencio”, comentó un señor llamado Héctor López, quien nació y creció en la colonia El Progreso, de la Zona 11, donde está enclavado El Guarda.

La actividad mercantil en el territorio cobró impulso a partir de 2012, cuando inquilinos y delegados de la Dirección de Mercados de la Municipalidad de Guatemala acordaron la ampliación del complejo comercial y después aceptaron la instalación de puestos de venta de todo tipo en los alrededores del mismo, a cambio del pago de una suerte de arbitrio o impuesto de uso del espacio para vender.

Como resultado, El Guarda se desbordó más allá de la treintena de sectores y comenzó a atraer a cerca de medio millón de potenciales compradores cada semana, según estimados de las autoridades capitalinas.

“Mas la mayor afluencia de personas suele darse en épocas como esta, o en Semana Santa, o cuando muchas reciben bonos o prestaciones laborales. Y ahí es cuando comienza a hacerse más agobiante la situación”, relató el entrevistado, para quien la mayor preocupación es la higiene.

“Cada vendedor paga porque barran su sector, pero aún así eso no nos libra de otros tipos de desechos que también pueden generar enfermedades. Muchas casas quedaron reducidas a almacenes; donde cada noche los vendedores amontonan sus bultos de zapatos, ropas, y otras cosas, sin mayores condiciones sanitarias”, explicó.

Todos los días se acumula la basura.

Para López, otro motivo de inquietud es que si bien después de la barrida de las calles, los camiones de recogida de la municipalidad pasan y se llevan buena parte de los residuos sólidos, durante el día la generación de estos es tanta que crea mucho malestar entre los vecinos.

“Durante todo el día el mercado está prácticamente colmado y en estas fechas permanece lleno casi hasta las diez de la noche. En todo ese tiempo los vendedores sacan zapatos, mochilas y otros artículos de las bolsas, en las cuales vienen empaquetados originalmente, para ponerlos en exhibición o cambiarlas con tal de lograr una mejor presentación. Lo malo es que todas esas bolsas las tiran al suelo y también los papeles que sirven de relleno a algunos de esos productos”, abundó.

Según el hombre, de 40 años y profesión diseñador gráfico, en casi toda la zona no existen botes o toneles de basura. Mucho menos recolectores que permitan una suerte de labor de clasificación de los desechos, porque “es que no existe la menor idea de lo que es reciclar”.

“Claro, acotó, están los llamados guajeros, quienes como en muchas partes de la ciudad, se encargan de seleccionar vidrios, cartones, plástico, aluminio y otros materiales para con su venta sacar algo de dinero”.

“Los vecinos estamos preocupados y molestos. A fin de cuentas, poco o nada podemos hacer contra esta situación. Es más, cada vez son menos los que siguen viviendo allí, porque no tienen dónde parquear sus vehículos, ya no tienen tranquilidad, y perdieron la vista con las tarimas o puestos de ventas instalados a ambos lados de las calles. Muchos de estos lugares improvisados, con estructuras metálicas, que terminan afianzándose en el lugar y afeando el entorno”, enfatizó.

Empero, más allá de todo esto hay una cuestión de seguridad elemental que tiene a muchas personas a la expectativa en los alrededores de El Guarda, donde ven casi imposible la entrada de un camión de bomberos o de una motobomba en caso de incendio.

“Si aquí ocurre un incendio pasará lo que en otros lugares similares. El desastre será prácticamente total. Fíjese que no hay hidrantes por ninguna parte para conectar las mangueras y la aglomeración de los puestos de venta impedirá pasar a cualquier tipo de vehículo con rapidez”, señaló López, evidentemente molesto por la negligencia de muchos vendedores que “como no viven por aquí, les vale lo que ocurre”.

Las vistas que pudimos apreciar durante el recorrido por el área, y que compartimos, son bien elocuentes. Mejor todavía, las que luego nos facilitó el entrevistado con el ánimo de dar mayor peso a sus comentarios, las cuales muestran cómo quedan las calles tras jornadas de intenso ajetreo en los sectores de El Guarda y las calles aledañas.

Sin embargo, a pesar de la especificidad de las imágenes vale considerar que este es un fenómeno recurrente en muchas zonas donde crecen los puestos dedicados a la venta informal, único sustento para muchas familias guatemaltecas. Y también en otras que, aunque nada tienen que ver con comercios populares, es recurrente encontrar todo tipo de desechos lanzados por los seres más negligentes.

El Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales (MARN) informó que cada persona residente en Guatemala produce un promedio de 1.14 libras de residuos sólidos al día, o sea, más de 10 mil toneladas métricas. Pese al reconocimiento de esa problemática, continúa sin resolverse lo relativo al cómo o dónde almacenar esos desperdicios en forma adecuada: de los 2,400 vertederos contabilizados en el país, 99% carece de condiciones para garantizar un manejo más o menos conveniente.

De tal suerte, la economía chapina está perdiendo una fuente importante de ingresos, si se considera que la mayoría de residuos tienen algún valor en el mercado, incluso, internacional. Tal es el caso de materiales reciclables como la chatarra, bronce, aluminio,  plástico, papel, cartón y vidrio.

SOlo al relleno sanitario de la zona 3 de la Ciudad de Guatemala ingresan cada día 3 mil toneladas de basura, de todo tipo, provenientes de la capital y de los 9 municipios colindantes. Este es uno de los pocos lugares donde los desechos son colocados, según su material base en alguno de los ocho patios existentes, acorde con informes de las autoridades edilicias.

UN PROBLEMA REGIONAL

La falta de conciencia de reciclaje y la tendencia a generar montones de basura es casi universal. El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) asegura que las ciudades de América Latina y el Caribe cada día generan al menos 540 mil toneladas y de esa cantidad, cerca de 145 mil toneladas son tratadas de forma inadecuada. La continuidad de esta tendencia pudiera redundar en que al mediar el siglo los desechos podrían ascender a 671 mil toneladas diarias.

Lo contraproducente es que algo así ocurra en la región en desarrollo más urbanizada del mundo, porque el 80% de la población viven en grandes ciudades en la mayor parte de los países y ese índice pudiera llegar a 83% en Suramérica, en opinión de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

Asimismo, los especialistas advirtieron que unos 170 millones de personas pueden quedar expuestas a las consecuencias negativas de la recolección y manejo inadecuado de los residuos sólidos urbanos en la zona, donde los niveles de inversión pública y privada en el tema son insuficientes.

El PNUMA advirtió que el financiamiento es “una cuestión fundamental para la mejora y sostenibilidad de los mecanismos de gestión de residuos, especialmente en América Latina y el Caribe, donde los modelos financiados por recursos municipales prevalecen y, en muchos casos, los costos de los servicios no son recuperados en su totalidad”.

Esto se hace más urgente si se considera la alerta de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) de Naciones Unidas sobre el aumento desproporcionado de la basura electrónica, la cual supone un riesgo mayor para el medioambiente y la salud de los seres humanos.

Según el organismo multilateral, de 2014 a 2016 el volumen de este tipo de desechos ascendió en unos 8 puntos porcentuales, probablemente por la mejora del poder adquisitivo y la caída de los precios de los dispositivos electrónicos.

El estudio El Monitor global de la basura electrónica 2017 detalla que durante el año precedente la cantidad de aparatos con baterías o enchufe descartados representó 44.7 millones de toneladas, de las cuales apenas el 20% fue reciclada.

En ese cúmulo de chatarra estaban desde paneles solares hasta móviles, frigoríficos, televisores y ordenadores, agrega la publicación. Y señala, además, que el 76% quedó almacenado en domicilios particulares, fue a parar a vertederos e incineradoras, o reciclado de manera informal.

Los participantes en la investigación lamentaron el desaprovechamiento de los ricos depósitos de oro, plata, cobre, platino, paladio y otros materiales de alto valor que son recuperables de esos objetos electrónicos, cuyo valor agregado ascendió a unos 55 mil millones de dólares en 2016, lo que equivale al Producto Interior Bruto (PIB) de países como Costa Rica, Panamá y Uruguay.

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