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Las drogas siguen; no miremos a otro lado

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Señalaban recientemente (aceprensa 23 noviembre 2017) que las 64.000 muertes que ocasionó en 2016 la epidemia de opioides en EE.UU., tienen tras de sí, en muchísimos casos, nuevas drogas que van ganando una triste fama.  Con un poder letal que supera en unas 50 veces el de la heroína, se ha vuelto noticia por relatos como el de una pareja de Florida, que el 31 de diciembre pasado fue hallada muerta en los asientos delanteros del coche, mientras sus niños –uno de meses, otro de un año y otro de dos– permanecían atrás…

Mientras México y otros países de Latinoamérica se empeñan en frenar el crimen organizado procedente del mundo de la droga, periódicamente hay propuestas de legalizar el consumo de determinadas drogas. Y algunos escriben sosteniendo que la guerra contra las drogas, sólo eleva su valor y la hace más atractiva a los narcotraficantes. Y pretenden irresponsablemente legalizarlas absolutamente.

Sin duda la drogadicción es un daño difundido, planteando graves problemas psicológicos y sociales. Pero hay que centrar la cuestión desde el punto de vista de la persona, sujeto único e irrepetible, con su interioridad y su personalidad específicas.

Por lo demás hay que comprender –sólo comprender, no aprobar- a quienes sostienen lo que, según ellos, es una correcta teoría económica: que prohibir  un intercambio cuando hay mutuo beneficio para las partes involucradas, es una medida destinada al fracaso. Por tanto… vía libre a la droga.

Pero no es tan simple; hay mucho más… Es bueno recordar –sólo como ejemplo- un informe de hace un tiempo del Parlamento Australiano que recomendaba que se dijera la verdad sobre el daño de las drogas, que va desde enfermedades mentales hasta la muerte. E indeseables efectos de envejecimiento. Y criticaba a algunos medios el rodear de encanto el consumo de drogas, lo que anima a experimentar con las llamadas drogas de fiesta. También aportaba evidencias de su impacto en las familias. Cuando uno consume drogas su familia sufre penas, retirándose a veces del contacto social. Y cuando los padres son los afectados, los hijos suelen sufrir descuidos, en ocasiones mortales. Por ello apoyaba la tolerancia cero ante las drogas.

En esa misma línea se hizo famoso lo que recordaba el Secretario de Salud de Estados Unidos en Financial Times: “legalizar las drogas es un billete sólo de ida a la destrucción de millones de niños, al aumento de los crímenes violentos y a una elevación de los costes sanitarios”.

Además, a veces se hacen planteamientos superficiales, comparándola con el alcohol. Pero un moderado uso del alcohol es aceptable y sólo condenable su abuso; pero el drogarse siempre es reprobable, porque implica una renuncia injustificada e irracional a pensar, querer y actuar como personas libres, con las consecuencias que vemos.

Estamos ante un mal que se presenta como poderoso, pero el bien puede más que el mal, aunque cuesta a todos los niveles. Tirar la toalla es más fácil, pero ahí se queda uno: tumbado en la lona. Y es un flagelo que, aunque afecta más dramáticamente a la juventud, incide en la entera sociedad: actual y futura.

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