El Siglo

Megalópolis, contaminación y el signo globalizador

Pekín amanece casi siempre bajo el smog. Foto: Universia

En las megalópolis contemporáneas, distintivas de sus predecesoras por el tamaño desmesurado que alcanzaron y por la aglomeración de personas que pululan en ellas, confluyen los principales indicadores de la crisis de civilización a la cual asistimos en este amanecer de siglo.

Este progreso urbano nació y creció marcado por una lógica mercantil y lejos de mejorar las condiciones de vida de las grandes masas, creó una crisis de identidad y generó penurias y desarraigo mayores que los que pretendía erradicar.

Las grandes ciudades en nuestro tiempo suponen suerte de plataformas artificiales en las que los residentes y recién llegados son absorbidos por un modo de vida en el que subsistir obliga a alcanzar ciertos niveles de consumo en educación, sanidad, transporte, vivienda y hasta vestimenta.

El hedonismo reinante en estos espacios se traduce en el culto a la moda, a la publicidad, la fotografía, la televisión y a los viajes de placer. Es un mundo de simulación en el que se vive para las expectativas, para lo que vendrá -más que para lo que es-, sin esfuerzos.

Los ingresos necesarios para reacomodarse a esos estándares generalmente están lejos del alcance de muchas personas, lo que explica los elevados índices de inseguridad ciudadana, enfermedades nerviosas, estres y suicidios, que acompañan a este proceso.

A juicio de uno de los más influyentes arquitectos holandeses de las últimas décadas, Rem Koolhaas, en esta época la arquitectura se debate en una duda permanente sobre la dualidad naturalidad-artificialidad, por la incapacidad de reconocer la vida fuera del centro de las ciudades.

“Esta duda ha condenado a los barrios a pertenecer a una condición obligatoriamente secundaria, sin otorgarles ninguna capacidad para vivir y ser felices. Esta duda es algo que nos cuesta muy caro. Nos cuesta el placer de las ciudades”, comentó y lamentó “nuestra incapacidad para modernizar el concepto de lo urbano”.

En su opinión, esto nos condujo “a un terrible urbanismo loco; que nos rodea con su mediocridad, con un simbolismo sostenible de la peor calaña, con un cinismo verde, una nulidad del espacio público que se ha convertido en exclusión cada vez más radical”.

Otros estudiosos del tema concuerdan en que los cantos de sirena del desarrollo económico, basado en la industrialización y el mercado, apuntalaron con éxito el predominio de las metrópolis urbanas, pero desataron procesos de creciente frustración en el orden personal y colectivo entre sus habitantes.

La proliferación de los cinturones de miseria, favelas, precarios y otros modos, forman parte del listado de los peores efectos del aliento a la búsqueda de oportunidades en las ciudades y de la concentración en ellas de los bienes y servicios más deseables. Estos barrios reflejan con mayor nitidez la incapacidad de la sociedad de consumo de favorecer a todos por igual y el incremento de las desigualdades que genera, contraproducente para la mayoría de la población.

El proceso de globalización o mundialización, como algunos le llaman, impulsó un modelo único de ordenación de los espacios, a partir de la creación de suertes de núcleos de atracción de capitales y productos, más densos en población e información, así como en áreas de apropiación y de vertido.

Ulán Bator, Mongolia: las más fría y la segunda más contaminada del mundo. Foto: The New York Time

Ello reforzó la tendencia a construir para la venta o el alquiler, es decir, por unidades interpuestas que buscan la multiplicación del beneficio monetario más que el disfrute de los futuros usuarios, de acuerdo con el economista español, José Manuel Naredo.

A tono con ello, señaló, los empresarios maximizaron al menor costo posible el volumen construido por unidad de superficie hasta donde se lo permitieron las legislaciones vigentes en cada territorio o país y de necesitarlo, alentaron cambios en estas impedimentas, en su beneficio.

“El aprovechamiento de la superficie y la expansión hacia arriba distinguen a esta etapa del desarrollo urbanístico, que goza de las ventajas del perfeccionamiento técnico y del abaratamiento de los procesos constructivos”, explicó y mencionó como ejemplos las mejoras en el manejo del hierro y del hormigón.

Los avances en ese sentido permitieron dotar a los modernos edificios de un esqueleto de vigas y pilares independientes de los muros, capaz de soportar un gran número de plantas y de conseguir un volumen superior en gran escala al de los edificios tradicionales. Todo ello con un costo inferior y a partir de la sustitución del trabajo humano por energía fósil.

Pero lo más lamentable en medio de este escenario es que la estética universal alentada en correspondencia con el pensamiento único redundó en más de una ocasión en la demolición de ciudades históricas o partes antiguas de estas, con los consiguientes daños al patrimonio tangible de las naciones y a su cultura en general.

La posibilidad de elevar el volumen sobre el suelo trajo consigo, a su vez, el acrecentamiento del gasto energético, pues para hacerlos habitables hubo que recurrir al empleo desmedido de ascensores, de aparatos de acondicionamiento de la atmósfera y por ende, al redoblamiento del consumo de electricidad.

El desarrollo de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC´s) también incidió en esta urbanización desproporcionada, que no redujo el hacinamiento legado y sí impulsó el deterioro del medio ambiente, al redoblar la dependencia del transporte, por la dispersión de los usos y servicios.

La cantidad creciente de desechos sólidos generados por las enormes poblaciones de estas urbes obliga a aumentar la sistematicidad y el número de vehículos destinados a la recogida de pasajeros, lo que multiplica los gastos. Este es un problema latente sobre todo en los países pobres, donde los estados apenas cuentan con presupuestos para resolver necesidades sociales indispensables y en consecuencia, crecen la insalubridad, la inhabitabilidad, y el movimiento de protesta frente a ello.

El empeoramiento de las condiciones de vida en el campo, como resultado del abandono por parte de las autoridades y problemas asociados al cambio climático, arrastró a millones de personas hacia los núcleos más concentrados de atracción de capitales y productos, en busca de mejores condiciones de vida y oportunidades laborales.

En similar medida, la proyección internacional de las relaciones de la ciudad con el entorno hizo que la tradicional emigración del espacio rural a las urbes ganara un nuevo rostro en el flujo de seres humanos de los países pobres a los más ricos.

El arribo de inmigrantes a las ciudades, provenientes de los campos nacionales o de otros países, obliga continuamente a reacomodar concepciones en el diseño urbanístico para organizar un espacio económico más amplio y capaz de garantizar de forma estable los abastecimientos.

Una de las polémicas más graves de nuestro tiempo está ligada al modo de urbanización y guarda relación con el afán por extender a todas las regiones del mundo los patrones de vida de las metrópolis mundiales. Ello, pese al probado impacto que supondría sobre la naturaleza en cuanto a explotación de sus recursos y a generación de residuos, de los cuales existen suficientes muestras.

En este contexto, varios entendidos concuerdan en que la reducción de los límites de las urbes es una urgencia, más chocan con los intereses de quienes priorizan el lucro antes que el alcance de metas sociales, ambientales, u otras provechosas a la especie humana.

Tales anomalías son las que alientan cada vez más la conciencia crítica de gran parte de sus habitantes, que tienden a sensibilizarse con los crecientes conflictos y deterioros provocados por el orden social, ambiental y espacial imperante.

La cuestión alcanza tal envergadura que rebasa los límites locales o nacionales y en forma progresiva está obligando a una acción mancomunada de gobiernos de todo el planeta en aras de revertir esa situación.

San Juan de Lurigancho, distrito de Lima, la más contaminada de América Latina. Foto: El Comercio

DESDE EL PASADO

Porque, a fin de cuentas, de lo que se trata es de que cada día más menguan de manera progresiva los sentimientos que animaban a un sinfín de personas a buscar el modo de disfrutar del encanto escondido en las piedras de las viejas calles adoquinadas o en las majestuosas edificaciones de otras épocas.

Aunque por suerte existen muchos seres humanos que todavía gozan del placer de desandar la historia viva de ciertos espacios urbanos, en particular en América Latina, donde es frecuente encontrar estructuras similares a tableros de ajedrez, con una plaza central alrededor de la cual estaban situados los edificios más importantes de justicia, administración y religión.

La existencia de esas ciudades de encanto, como Montevideo, el Cuzco o La Habana, deben mucho a la impronta de España en este continente, por cuanto en el primer siglo del proceso de colonización la otrora metrópoli colonial impulsó la creación de al menos 225 urbes de ese tipo.

El estilo damero, como también es identificado, implicaba la regulación de la distribución de los pobladores del lugar, siempre a favor de los funcionarios públicos y comerciantes más acaudalados. Tales personajes, con su comitiva de esclavos o sirvientes, residían en lujosas mansiones alrededor de la plaza mayor o central, mientras que las personas dedicadas a otros oficios y de menos recursos vivían más alejadas de esa área.

En Brasil, antigua colonia portuguesa, varias causas incidieron en un desarrollo más lento en el orden arquitectónico y también en los estudios sobre esta materia. Mas, en las últimas centurias, las ciudades de ese país se erigieron en símbolos poderosos de lo que implicó para la nación la leyenda del Orden y Progreso, implícita hasta en la bandera republicana.

Desde la proclamación de la República, en 1889, Brasil quedó sumergido en un letargo de modernismo, que se evidenció sobre manera en la lucha por la excelencia en las localidades urbanas y llevó a muchos a considerar cualquier edificio moderno mejor que uno viejo.

Esto explica en parte la transferencia de la capital de Río de Janeiro a Brasilia (1961), ciudad construida bajo cánones contemporáneos, cuya creación también respondió a variables económicas, políticas y sociales. La inmensa megalópolis de São Paulo es otra muestra clara de esa corriente y vale destacar que en menos de cuatro décadas, sobrepasó el papel desempeñado por Río de Janeiro y Buenos Aires en etapas anteriores.

DETRÁS DE LO SUBLIME

Sin embargo, detrás de lo sublime de estas y otras urbes contemporáneas está un marcado índice de contaminación ambiental, en virtud del cual cada año mueren 12,6 millones de personas en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El informe Ambientes saludables y prevención de enfermedades: Hacia una estimación de la carga de morbilidad atribuible al medio ambiente señala que las víctimas mortales de enfermedades no transmisibles que pueden atribuirse a la contaminación del aire -incluida la exposición al humo ajeno- aumentaron a 8,2 millones.

Accidentes cerebrovasculares, cánceres y neumopatías crónicas, constituyen casi dos terceras partes del total de decesos derivados de la insalubridad del medio ambiente y los grupos etarios más vulnerables por esto son los menores de 5 años y los adultos de 50 a 75, conforme con estudios de la OMS.

La experta familiar de la OMS, Flavia Bustreo, hizo notar que en espacios exteriores el aire se contamina principalmente por el transporte, la generación de energía, las emisiones agrícolas e industriales, y la calefacción y la cocina de los hogares.

De igual modo, puntualizó que los niveles de contaminación en exteriores crecieron de forma significativa en algunas partes del mundo en esta última década, particularmente entre las poblaciones de países de rápida industrialización, como China e India.

Por su parte, la agencia de investigación sobre el cáncer de la OMS también publicó un informe en el que advertía de las sustancias causantes de cáncer que están en el aire que respiramos día a día y que deberían ser consideradas oficialmente nefastas para los humanos.

“La excesiva contaminación del aire a menudo es un subproducto de las políticas insostenibles en sectores como el transporte, la energía, la gestión de residuos y la industria”, declaró el experto en salud pública del organismo Carlos Dora y pidió a los gobiernos y a los organismos sanitarios que actúen y que aprueben políticas para reducir la contaminación, lo que redundaría en la salud y reduciría el impacto de nuestra especie sobre el cambio climático.

Foto: Universia
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