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La torpeza de Trump

El derecho internacional tiene una limitación de tipo estructural. Dado que no existe el ´gobierno mundial´,  las instituciones del sistema internacional (protocolos, tratados, organismos) tendrán primacía sobre los Estados nacionales en la medida que los últimos acepten de buena fe jugar con las reglas del derecho internacional.  Por eso precisamente las ´grandes potencias´ por lo general mantienen una relación ´sui generis´  con el derecho internacional: Lo utilizan sólo cuando conviene.

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Estados Unidos, al igual que Rusia, e Israel, son Estados que por sus propias capacidades e  influencia regional se pueden permitir no jugar siempre con las reglas del derecho internacional.  Un ejemplo de esto es la clarísima negativa de Estados Unidos, Israel (así como de China, India y Rusia)  para firmar y ratificar el Estatuto de la Corte Penal Internacional (donde se juzgan crímenes de guerra y actos de genocidio).  Se puede también poner como ejemplo,  la negativa de Estados Unidos e Israel para respetar los principios básicos del Ius ad Bellum (  el derecho sobre el empleo de la fuerza).  De esa suerte por ejemplo EE. UU. unilateralmente ha invadido otras naciones soberanas sin un mandato específico de la ONU.  Esa es la diferencia entre la ´primera guerra del Golfo´ y la ´segunda guerra del Golfo´.  Es también la diferencia entre los resultados de cada invasión y es además la diferencia entre George Bush Sr. y George Bush Jr.: El primero utilizó los mecanismos del sistema internacional para impulsar su agenda y el segundo fue un jinete sin cabeza cuyos crasos errores sufrimos hasta el día de hoy

Los EE. UU. según la administración política que los gobierne se inclinarán con mayor o menor fuerza a jugar por las reglas del sistema internacional. El ex presidente Barak Obama (fervoroso creyente en la globalización) mantuvo a EE. UU. en la mayoría de los grandes foros internacionales.  El presidente Trump, un creyente en el aislacionismo así cómo opositor del derecho internacional ha retirado a EE. UU. del Acuerdo Climático de París, del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica y del Pacto de Naciones Unidas sobre Migración.  Al mismo tiempo parece que tiene todo el deseo por deshacer NAFTA sin considerar que al menos 7 millones de empleos directos en EE. UU. dependen de este Tratado.

Lo grave de la decisión adoptada el pasado Jueves 7 de diciembre por la administración Trump al reconocer a Jerusalén cómo la capital de Israel es que rompe un consenso internacional básico: Jerusalén sería la capital tanto del Estado Judío como del futuro Estado Palestino y el status final de la ciudad emanaría solamente de un proceso de negociación.  No niego la legitimidad del reclamo judío sobre Jerusalén pero la soberanía plena es imposible.  En razón que el derecho internacional no reconoce ´el derecho de conquista´ (Resolución 3314 ONU y Principios de Nuremberg ) la anexión israelí de 1967 sobre Jerusalén oriental es a todas luces ilegal. Lo grave de la decisión del Presidente Trump es que ´indirectamente´ le otorga (desde la posición estadounidense) soberanía plena sobre toda la ciudad al Estado hebreo.  Con esta acción,  queda claro que EE. UU. no puede ser un mediador en el conflicto y además no hay mayor incentivo para que Israel decida negociar.  Los palestinos no tienen ya, nada a qué aspirar.

Es un terrible riesgo que la administración Trump se deje secuestrar por el discurso radical y fanático del lobby evangélico estadounidense que además de sus fantasiosas visiones apocalípticas se caracterizan por negar la evidencia científica y desdeñar el derecho internacional.

Pero bueno, no se podía esperar mucho de un Presidente que en esencia no es más que un charlatán ex vendedor de bienes raíces.

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