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Extraño en su propio país

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COLUMNISTA

¿Se ha sentido extraño viviendo en Guatemala aun cuando es usted de aquí?  Yo sí.

Salir a las calles se ha convertido no sólo en un acto heroico, sino en una gran prueba de templanza.  Los vehículos abarrotan las calles y avenidas principales, haciendo prácticamente imposible que podamos circular frecuentemente, porque salir de una cola puede significar quedar varado en la misma cuadra, por más tiempo del que a un avión le tomaría llevarnos a otro país.  Igualmente, ocasiona que conductores pierdan la paciencia y uno pueda presenciar actos violentos o ser víctima de alguno.  Nos perdemos de mucho en la vida por estos motivos.

Subir a un bus de transporte colectivo no es opción en la periferia de la ciudad, en donde habría que caminar una distancia tan grande para llegar a las paradas, y por otro lado, mucha de la gente que sube y baja de ellos francamente despierta desconfianza, se ha vuelto tan extraña, habla diferente, luce distinta al que solía ser el guatemalteco peatón de hace pocos años, camina con desasosiego y ansiedad, violento, y no muestra modales de urbanidad al interactuar con otros.  Por eso, muchos prefieren hoy ir en carro, aunque sea modesto, generando el crecimiento del parque vehicular que vivimos.

Hay un sitio en internet que publica fotos antiguas de Guatemala, cuyos lectores alimentan con nostálgicos retratos de lo que alguna vez fuera nuestra ciudad y nuestra gente, los guatemaltecos de hace no tantas décadas, que todavía salían a la calle bien vestidos; esto es, usando zapatos de piel o tacón, un traje o vestido, un maletín o bolso de mano, y en general, las personas lucían sencillas y limpias.

Hoy día, en lo que respecta a los varones, los he visto mayormente  –pareciera que por algún misterioso mandato que desconocemos- vestidos con pantalones de lona usualmente manchados o rotos que les quedan bastante flojos y los usan caídos (tanto, que a veces muestran los calzoncillos de colores), un sudadero, zapatos tenis, todo en condiciones de visible falta de higiene, que incluyen al portador, quien va sin bañarse. Por razones de conservar su integridad, las mujeres ya casi no usan vestidos ni faldas para salir a trabajar.  No se diga el paisaje, las calles, que en ese tiempo lucían limpias, en orden, no estaban las banquetas atascadas de ventas desordenadas ni de la basura que muchas de éstas generan alrededor.  Realmente es un viaje nostálgico ver todo eso; es la Guatemala que yo recuerdo de mi niñez y juventud.

Entrar hoy a un supermercado también es una experiencia desconcertante: grandes bocinas y música estridente lastima nuestros oídos y hacen que el corazón pareciera salírsenos del pecho, al ritmo de las cumbias y el reguetón…ni siquiera nuestra marimba es ya popular.

Esta semana circularon por internet dos videos de los muchos asaltos a vehículos que quedan irremediablemente varados en las filas del tráfico.  Sus atracadores lucían todos iguales, con el atuendo que describí, y aunque no generalizo ni pretendo juzgar por esta apariencia, no es casualidad que los cambios tan drásticos que sufrimos culturalmente también apunten a un crecimiento exponencial de la violencia, según las cifras que leí esta semana.  Ubicar a estos delincuentes por medio de los videos grabados, habría sido imposible: todos lucían igual.

El que las autoridades no tomen conciencia de estos cambios sociales y culturales que ya ocurrieron, y realicen los ajustes necesarios al código penal para reacomodar el castigo a la delincuencia y al crimen que nos ahoga, hará que en poco tiempo, perdamos Guatemala…si acaso no la hemos perdido algo ya.

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