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Docencia y ciudadania

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A la memoria del maestro y amigo: Antonio Rosas Morales, originario de Quetzaltepeque, Chiquimula.

Ser maestro, es una tradición histórica desde Sócrates, hasta nuestros días. Significa una forma de vida. Una vocación especial, en la que está presente el espíritu del estudio, la investigación, el gusto por la lectura y propósito de lograr que los estudiantes aprendan a aprender. A ser curiosos e imaginativos, respetuosos, atentos y buenos ciudadanos.

Sin embargo el maestro en nuestra sociedad es un sujeto poco apreciado, a pesar que las familias requieren de él. Es una realidad contradictoria en la que el maestro juega un papel central en la educación, pero a su vez está ubicado en el más bajo escalón de las profesiones. Es más, no se le considera un profesional. De nuevo vivimos aquel momento histórico del mundo griego, que el pedagogo era la persona que acompañaba o entretenía al niño. Casi un esclavo de las clases pudientes de aquella sociedad.

Para romper esta estigmatización hacia el maestro, afirma Hugo Assmann que “para los educadores, la primordial militancia e intervención política debería consistir en la propia mejora de la calidad pedagógica y socialización de los procesos de aprendizaje. Desplegando esa bandera, aumentará la credibilidad para que sean atendidas sus reclamaciones. Las otras luchas –como la mejora salarial, la dignificación de la profesión docente, las infraestructuras, etc. -deben estar ancladas en propuestas pedagógicas”.

Compartimos la idea en cuanto que nuestro sistema educativo no ha logrado por años un acuerdo entre la sociedad y el Estado guatemalteco que marque el destino de la educación. Esta es una de las causas que genera desánimo y escepticismo en él maestro. A su vez, este fenómeno podría incidir en profundizar los problemas ya existentes de anomia, desgano e intolerancia, lo cual provocaría una catástrofe más grande que un terremoto de inmensas dimensiones. El Estado debe atender con ternura y voluntad política el trabajo de los docentes quienes coadyuvan a la construcción de una mejor sociedad. Porque, aún bajo estas complejas circunstancias, se debe reconocer que miles de maestros caminan con ánimo, imaginación e inteligencia.

Obviamente el maestro a través de sus organizaciones sociales, debe avanzar en el logro de una mejor pedagogía. Concentrar esfuerzos para superar la mediocridad y orientar su quehacer por una educación con calidad, a fin de entusiasmar a la sociedad y al Estado para viabilizar el derecho al bienestar y felicidad.

Se debe lograr la autoestima y revaloración del encanto por educar, como una de las responsabilidades centrales del magisterio nacional. Particularmente, porque el cambio de paradigma educativo ha variado. Hoy se privilegian los aprendizajes. A su vez, los pedagogos deben comprender que no son los únicos que pueden enseñar. Los saberes se han democratizado y circulan miles de ideas, conceptos e información por las redes informáticas, a los cuales las personas tienen la posibilidad de  acceder. La escuela no es el único lugar de aprendizaje. Esto lo deben entender los docentes, porque ahora él, es quien debe tener la capacidad de guiar a sus estudiantes por las complejas urdimbres del conocimiento y en la formación de valores ciudadanos.

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