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El Ingeniero

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COLUMNISTA

Manuel Salvador Franco Cifuentes, ingeniero civil graduado en Guatemala y especializado en Manchester, Inglaterra, es el Hombre que me enseñó a trabajar. Es ese hombre que recibió estoico y sin un ápice de miedo la embestida de una famosa huelga de transportistas que, según se decía, comprometía la vida de los representantes navieros como lo era él en ese momento.  Fue uno de los más audaces e inteligentes empresarios que he conocido, quien llevó su empresa  a la cúspide del éxito y de la calidad.

Llegué a su oficina sin cédula de vecindad, pues apenas había cumplido dieciocho.  Mi entrevista fue en inglés y español.  Pensé que, al igual que en otras empresas, nunca más me llamarían, pero el teléfono de mi casa sonó esa tarde: “Bienvenida a la familia Seaboard Marine”.  Una compañía armadora (propietaria de barcos mercantes) miembro de la Corporación Seaboard en los Estados Unidos, y que cotiza en bolsa.  Inmadura e ignorante del lugar en el que me encontraba, dije: “si no me gusta, me voy en un mes”.  Me quedé cinco fructíferos y felices años, en los cuales aprendí las bases para lo que sería mi trabajo y carrera futura, así como valiosas lecciones de vida.

El ingeniero Franco, como aún le llamamos con respeto y cariño, fue maestro, mentor, amigo y el principal impulsor del giro naviero en Guatemala.  En su escritorio, flanqueado por el Quijote y Sancho Panza tallados en fina madera, conversábamos sobre noticias, literatura, teatro y la empresa.  Conocía su negocio al detalle y el de cada cliente.  Mantenía una buena cantidad de sobres con invitaciones de todas las cámaras y gremios que puedo recordar.  Tan buen maestro fue, que en su compañía se formaron muchos otros exitosos empresarios, luego de haber trabajado allí.

Las personas eficientes recibían incentivos diversos; en mi caso puedo citar que, en un afán de motivarme a continuar trabajando luego de casarme y pronta a ser una muy joven madre, él tuvo la sensibilidad de indagar sobre mi situación para ajustar generosamente mi salario. Nunca olvidaré ese gesto que marcó una diferencia en  aquel momento.

Tuvo la paciencia de enseñarme a realizar mis informes estadísticos cuando las computadoras no eran comunes en Guatemala, utilizando una calculadora, una regla y un compás, como buen ingeniero.  Su seguridad y conocimientos me infundían confianza plena, lo cual procuré agradecer con mi mejor esfuerzo de joven profesional, tanto como me fue posible.  El resultado fue una compañía exitosa con gente feliz en cada puesto y clientes satisfechos.

Hoy, cuando aún puedo tener el eventual gusto de visitarlo en su lugar de retiro donde vive tranquilo, veo el significado que aquel trabajo cobró en mi vida.  Mientras conversamos ameno, leemos el periódico, le muestro la increíble internet y  comemos chocolates como antaño, no sé si él se percata –creo que sí– cuánto mi corazón late de gratitud por ese tiempo de enseñanzas y aprecio a mi trabajo, a mi persona y a mi familia.

Mis hijos han iniciado su carrera, y he visto cómo en la mayoría de empresas, la realidad hoy es otra, aunque siempre ha habido ángeles en nuestro camino.  Este es otro de los regalos de vida que más he valorado con el pasar de los años, pues de cierta forma, esa buena base me sirvió para continuar una productiva carrera en el ámbito del comercio internacional, de la cual mi familia vivió en buena medida por más de una década.

No viajamos solos en la vida.  Hoy, con cada hijo graduado y su futuro por delante, no me queda más que agradecerle por nuestro encuentro, por haber sido entonces faro, guía y soporte en la mía.

TEXTO PARA COLUMNISTA
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