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Los buenos y los malos

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editorial

A la mayoría de las personas no les resulta posible vivir sin elegir bando, sin seguir una ideología o sin tomar partido por un líder u otro. Dicho de otra manera, la mayoría de gente no sabe vivir si no está debidamente etiquetada y clasificada por la sociedad.

La base de nuestra clasificación social es algo similar a rellenar un cuestionario tipo test, con preguntas del estilo: elija un equipo de futbol: Barça, Real Madrid; elija una ideología: Izquierda, derecha; elija una creencia religiosa: Cristiano, católico, musulmán, ateo, etc., etc.

Un cuestionario que una vez rellenado nos clasifica de una manera u otra y que se convierte en el salvoconducto que nos permite navegar por el mundo socializado. Es como un contrato que firmamos con el resto de la sociedad.

Un contrato psicológico mediante el cual se nos garantiza que ya no será necesario que juzguemos cada situación, evento, noticia o acontecimiento social por separado, según nuestro propio y cambiante criterio individual.

Al aceptar esta clasificación e integrarnos en un determinado grupo, lo que en realidad hacemos es instalar en nuestro cerebro un “programa de software de juicio automático”, mediante el cual queda garantizado por el fabricante (el sistema) que nuestro bando, el lado escogido por nosotros, siempre será “el correcto” y el otro, el de los que opinen diferente, “el erróneo”.

Es innegablemente, funcionar así tiene sus ventajas: Gracias a este mecanismo, bien instalado en nuestra mente, nuestra realidad tiene unos puntos de referencia claros y bien prefijados.

Hemos sido educados para sentir intolerancia ante la incertidumbre y la duda. Nos han programado para agarrarnos desesperadamente a cualquiera de las “verdades” que nos ofrezca la sociedad, como si estuviéramos en medio del mar y nos agarrásemos a un flotador para no hundirnos.

Y un reflejo de este mecanismo consiste precisamente en esa necesidad apremiante de formar parte de un bando, sentirnos integrados en un determinado grupo ideológico y ante todo, permitir que nuestra capacidad de juicio funcione según las directrices de ese grupo.

El problema surge cuando alguien decide no agarrarse a nada, ni creer en ninguna de las “verdades” ofrecidas por el sistema. Y es que no hay nada peor para los demás miembros de la sociedad que alguien inclasificable.

Rápidamente se convierte en sospechoso a ojos de todos y es inmediatamente atacado por unos y otros. Los “azules” lo tildan de “agente rojo” y los “rojos” de “agente azul” y todos, al unísono, lo acusan de “elemento desestabilizador”.

El programa instalado en sus mentes les imposibilita comprender que alguien pueda ser independiente y que, ante todo, no quiera admirar a ningún líder ni seguir ninguna ideología.

En definitiva, no pueden llegar a comprender que alguien solo se tenga a sí mismo, como único punto de referencia.

Desconcertados y desesperados se preguntan: “¿Y ese a quién pertenece? ¿Es de los buenos o es de los malos? ¿Es de los nuestros o es de los suyos?”

Y es que, lamentablemente, para la mayoría de la gente “auto-clasificada”, el mundo no solamente está dividido en “buenos y malos”, sino que, en el colmo de la simplificación, en su cerebro, el enemigo de los “malos” es el “bueno”.

Les aterroriza la posibilidad de que el enemigo del “malo”, también sea “malo”.

Tal concepto les parece insoportable: ¿Quién les protegerá entonces, si no hay una doctrina “buena” en que creer y un líder “bueno” al que seguir?

Por eso jamás aceptarán esa idea y buscarán mil subterfugios tras los que ocultarse de tan espantoso espectro.

Para esas mentes acobardadas y simplistas, el enemigo del injusto siempre es justo, el enemigo del imperialista siempre es anti imperialista y el enemigo del fanático siempre es equilibrado.

Para ellos la verdad solo puede provenir de determinadas emisoras de radio, televisiones o páginas web.

Lo que digan allí es “la verdad” y lo que digan los demás, una “manipulación interesada”.

Jamás se paran a pensar que esos medios de comunicación tienen como función principal alimentar y reforzar el programa ideológico instalado en su mente y que simplemente les dice lo que quieren escuchar o leer. Y, ante todo, jamás se paran a pensar quién es el dueño de esos medios, ni qué intereses defiende.

Eso implicaría aceptar que probablemente mienten y manipulan tanto como los del “enemigo” y el confortable mundo de “buenos y malos” en el que viven se derrumbaría ante sus ojos.

Berrearán, ladrarán e insultarán antes de asumir que les han engañado, que todo es una ficción prefabricada y una gran mentira para mentes limitadas y temerosas como las suyas y tildarán de “enemigo”, “infiltrado” o “manipulador” a quién los ponga en duda.

Por una nación libre, justa y solidaria.

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