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La rueda del tiempo

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COLUMNISTA

Expresar pensamientos, sentimientos y opiniones es toda una experiencia, una sorprendente invitación a explorar los rincones de mi mente, alma y corazón cada semana.  A lo largo de la misma, generalmente me ocurre algo que me marca un alto, y me deja pensando.  El tema me escoge; yo no lo elijo.

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El miércoles se graduó la última de mis hijas, y ese acto no solo marca su vida, sino también la mía. Significa que comienza un ciclo para ella, y se cierra para siempre uno en la mía.  No habrá más compra de útiles escolares, uniformes, actos en el colegio.  Han pasado al archivo de mi memoria todos los momentos dulces, felices y los amargos en ese recorrido que para algunos es imperceptible, pero para otros, difícil de atravesar en nuestro país.

La naturaleza ocurre en ciclos diferentes, y esa experiencia me hizo meditar en que la vida también se vive por etapas.  Hay un tiempo para todo, tiempo de sembrar y de cosechar, de trabajar y de descansar, para sufrir y para amar,  llorar y reír.  Así se nos  pasa la vida, por días, semanas, meses y años.  Cuando nos percatamos, hemos vivido varias décadas y vamos dejando etapas detrás de nuestro andar.

En ese gimnasio escolar, en donde siento que no fue hace tanto que vi a mis hijos infantes jugar cascarones con disfraz, la vida misma me pasó enfrente como una película fugaz ante mis ojos: todos esos años pasaron en minutos frente a mí, fríos, sin piedad; fríos como el día mismo.  Dicha y nostalgia, ilusión y preocupación.  Encuentro de sentimientos contrarios, torrentes cálidos y fríos.

Me di cuenta cuán importante es que todos podamos transitar el camino de mejor forma, acompañados de un buen amor a nuestro lado.  Alguien que con su presencia alivie las penas, haga el camino grato, menos pesado, nos haga conciencia de que la vida puede ser hermosa a pesar de las dificultades que encontramos a diario. Alguien con quien seguir de la mano, cuando los hijos se hayan marchado, como debe ser.

Algunas personas encuentran este amor sin buscarlo, por divina providencia llega a su vida sin pedirlo, incluso quizá sin merecerlo o corresponderlo.  Otras no son tan afortunadas y transitan carentes de afectos que les ayuden a encontrar belleza en cada día que se vive.

Hay distintos amores, no solo el amor romántico.  Encontramos idealmente el amor de los padres al nacer, su cuidado y protección nos brinda seguridad y certeza aun dentro de las dificultades.  También puede existir el amor de hermanos, fraterno e incondicional, idealmente.  El afecto de los amigos es variable, porque tenderá a depender de la situación, generalmente.  Otras personas hacen de un pasatiempo, arte o deporte, incluso de un trabajo, su amor.

Pienso que el más difícil de descubrir y atesorar es el amor de una pareja, principalmente en la actualidad cuando tantos conceptos han cambiado.  Sin embargo, creo que sólo puede ser bueno para dos almas el contar con un hombro mutuo en el cual poder reposar cuando el vuelo cansa, o una cara amable con la cual sonreír cuando la vida lo permite, una mano amiga y solidaria, fraterna e incondicional que además nos aprecie por otras cualidades.  Cuando todo esto es recíproco, es maravilloso: es una experiencia edificante que puede convertirse en una historia de vida.

En un intento por aprender cómo es ese amor, leí muchas ideas interesantes.  Me acordé que conocí al Padre Gervasio Accomazzi, sacerdote que visitaba mi centro de estudios.  Considero su descripción sobre el tema como la más completa que he encontrado: “Amor es la voluntad efectiva de hacer feliz a otra persona”.  Si no hay voluntad o si ésta no es efectiva, no funciona.

La vida es mejor con paz y con dicha, aunque sea en modesta medida. Una persona con amor será más feliz y será un mejor ciudadano porque considerará a sus semejantes.  Esta voluntad efectiva de entregarse y acompañarse recíprocamente, es la que permite caminar de mejor forma el puente sobre las aguas turbulentas de la existencia humana…

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