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Búsqueda de un ideario ético

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NUEVO

Diversos autores sostienen que la inseguridad y la perplejidad son partes sustantivas de la cultura actual. De ahí que la percepción y vivencias que tienen las personas de la solidaridad y búsqueda de pertenencia, además de la necesaria orientación ética frente al desamparo, hace que crezca de manera inusitada el despertar de la religión.

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Desde esta perspectiva, conversando con mi amigo y filósofo Carlos Molina,  me indicaba que en una sociedad donde ésta en su conjunto ha empeorado y por lo tanto se ha visto mermada en su capacidad para resolver sus problemas, es necesario acudir a fortalecer la confianza y la credibilidad como factores sociales para incrementar el desempeño económico, su estabilidad política y la promoción de la calidad de vida de los habitantes.

Efectivamente, en un estado de anomia, de escepticismo, individualismo, corrupción, agresividad y violencia, se exige la necesaria postura de encontrar salidas a estos males. Nos parece que los principios de igualdad y justicia de la democracia política, son importantes, pero en el fondo, ahora más que nunca se hace necesario una democracia moral que permita generar felicidad.

Sabemos de sobra que una persona insatisfecha y deprimida es una bomba de tiempo que explotará sin lugar a dudas con sólo guiñar un ojo a manera de una mala mirada. Es un individuo que bajo estas circunstancias seguramente no ofrece lo mejor de sí a la  vida social. En términos generales no aporta nada positivo para la convivencia humana. Lo peor de todo, es que en nuestra sociedad abundan estos casos, lo que nos hace pensar que nos enfrentamos quizás, a una relación de carácter enfermiza.

Contrariamente un ser humano realizado, alegre, satisfecho, terminará por contagiar su entusiasmo y las ganas de vivir a los convivientes. Claro está que lo más complejo y difícil es lograr que nuestra sociedad sea feliz, justa y solidaria, porque en el fondo lo que existe es una conducta en la que unos medran de los otros de manera abusiva y deshonesta.  Son los males que se deben superar. O sea, es necesario trabajar en torno a la democracia moral, descubriendo a través de la participación ciudadana valores que amarren un ideario ético para la sociedad guatemalteca.

Ciertamente la inseguridad social y económica, la nueva escalada de terror provocada por una violencia desenfrenada loca y cínica, la continua y permanente corrupción, la incapacidad del Estado para definir orientaciones centrales que cumplan con una práctica mínima de servicio social, el oscuro panorama de futuros inciertos; hacen de nuestra realidad, una especie de fantasiosa  turbulencia y miedo. Frente a esto, se impone la participación de las personas para construir un ideario ético que viabilice una conducta moral pertinente a nuestra propia humanidad.

¿Cómo entonces descubrir ese impulso arrollador que apague los nubarrones de la cotidianidad guatemalteca? Nos parece que en cada una de nuestras conciencias aún existe un hálito de voluntad para encontrar formas de organización en las que se puedan analizar, debatir, pensar e imaginar diversas formas de convivencia social.

Estoy seguro que  este mecanismo puede dar luces a la salida de nuestros problemas, porque surge de la sociedad como una necesidad imperativa. Cada persona se convierte de acuerdo a su conducta, en un referente de la otra. No se trata de rasgarse vestiduras, ni de hacer imputaciones ciertas o gratuitas, sino de romper el círculo vicioso que nos transforme en ciudadanos (as), porque se trata de encontrar los valores que sustenten el sentido humano de la sociedad guatemalteca, como fundamento  de nuestro ideario ético de nación.

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