Home > Columnas > Doña María y la feria del libro

Doña María y la feria del libro

///
Comments are Off
COLUMNISTA

El viernes rumbo a la Feria del Libro, encontré a una anciana, excesivamente delgada, con marcada huella del tiempo en su ser.  La veo seguido, cuando bajo a la ciudad. Sé que pasa horas a la intemperie, esperando las ofrendas del día. La ausencia de tráfico del feriado me permitió detener la marcha, como siempre lo quise, pues me he preguntado qué pasó en su vida y cómo fue que llegó a estar allí.

Su semblante y aspecto hablan por ella, mejor que mil palabras.  Otra triste historia de vida de un guatemalteco más sin suerte y, en este caso, obviamente ya sin futuro.

Se llama “María”, tiene 85 años y la falta de dientes me hizo difícil comprender todo lo que intentó decirme, como su apellido, entre otras cosas.  Tuvo dos hijas y es de la costa sur.  Apretaba su estómago con ambas manos para intentar decirme que sentía mucha hambre y que sus ropas -alcancé a entender- están muy viejas, lo cual era visible. El mismo traje indígena, siempre que la veo… Sus ojos están hundidos al fondo de ambas órbitas oculares, sin grasa sub-cutánea y los párpados cuelgan sobre su mirada cansada, como fruto de su paso por esta larga vida.

Le pido que se acerque y apago el motor para procurar ayudarle con una modesta ofrenda para que, con suerte, se alimente por varios días y no muera de inanición, hasta que yo pueda volver -pensé- en pocos días. Ella abrió sus ojos con el asombro que sólo he visto en los niños y se acercó a mi ventana.  Entre balbuceos y suaves murmullos, tomó mis manos y las besó.  Agradecía a Dios mirando al cielo, y por sus ojos asomaron dos lágrimas, tan débiles como ella.

Puso sus manos sobre mi cabeza para bendecirme…yo hice lo mismo. Repetía que Dios me bendijera, que guardara mi vida y este “carro azul”, dijo.  No sé cuántas otras cosas buenas ella me deseaba con sus labios, pues no todo era comprensible. Pensé con gran tristeza que pudo ser mi abuela, una tía, mi madre…o yo misma.

Le pregunté si creía en Dios, y me dijo que es católica, y que esta ofrenda venía “de Dios para ella”.   “Sé -le dije- que este cuerpo es molesto, cansa y duele, ¿verdad?  Yo la entiendo bien, necesita muchas cosas”.  –“Sí”–, me contestó ella, con asombro, como si le había leído el pensamiento, pero sin dejar de sujetarse el vientre. Esos minutos valieron la pena. El contacto fue de almas. Supe entonces que   realmente salí por este encuentro, sin saberlo.

Lo comparto sin intención de que se sepa lo que hice, sino para quien pueda servir, sabidos que puede ser la vida de cualquier persona en un momento dado, pues nunca sabemos qué depara el futuro. Esto es lo que le espera a miles de personas en Guatemala, por las condiciones en general o también porque el mundo nos puede cambiar en 24 horas, aun cuando hoy tengamos la dicha de ser más afortunados.

Terminé hojeando libros, pero con su rostro agradecido en mi mente, después de nuestro encuentro. Doña María y yo quedamos en que ella hará una oración cada noche, para no amanecer más a esta vida, pronto. Quiere partir serena, en su lugar de habitación, sin sobresaltos y sin quedarse postrada en la calle. Espero que sus oraciones y las mías sean escuchadas. Nuestro país duele, “¡pecho adentro!”, como dijo el poeta Manuel José Arce.

TEXTO PARA COLUMNISTA
.
.