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Ética y política

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NUEVO

Vivimos como ciudadanos un momento en el que no logramos despejar los nubarrones que ennegrecen el horizonte para que brillen las estelas de un vivir con calidad. Desde la caída del primer ladrillo del muro de Berlin, se derrumbaron las utopías. Y hoy, aunque surgen nuevos movimientos vigorosos como el de las mujeres, los ecologistas, los de los derechos humanos y en América Latina, el resurgimiento de la lucha por el respeto de la identidad de los pueblos originarios, aún no se convierten en torrentes que aglutinen los sueños de la humanidad.

Esta realidad, aunada con la vertiente dramática de la historia guatemalteca, nos convierte en personas escépticas de todo lo que suene a público, a política, a compromiso social. Nos refugiamos en un nuevo estilo de vida apegado a lo propiamente   privado. Creamos un cerco y nos separamos de los otros, de los que nos estorban en nuestra intimidad.

Este alejamiento de nuestro entorno social acentúa de manera progresiva el individualismo. De ahí que pensar lo público como el espacio en el cual nos movemos y en el cual tenemos derechos y responsabilidades, nos conduzca a encontrar, señala Carlos Molina, el punto de la relación entre ética y política. Entendiendo la ética, dice, como la teoría del bien, la felicidad, la justicia, la amistad, y a la política, como aquella que busca el bien común en la organización y función del poder.

La política, dice Manuel Formoso, es “demasiado seria para dejarla enteramente en manos de los políticos”. La política debe ser una responsabilidad de todos los ciudadanos, a pesar que se ha ido imponiendo en nuestra sociedad un concepto empobrecido de lo político desde una percepción peyorativa.

Obviamente, señala este pensador, el desencanto de las personas hacia la política, es patente porque la consideran una cosa sucia, lo cual tiene sus raíces históricas en todo el conjunto de acciones que han ido deformando su esencia y su propósito, tales como los niveles de incumplimiento de las promesas electorales, las componendas, los acomodos oportunistas de por intereses determinados, la existencia del drama de la corrupción, la violencia que se desencadena entre los contendientes, el electorerismo que desvía la atención acerca del contenido de las propuestas programáticas.

Todo esto hace, indica Molina, que las personas sientan un enorme disgusto por la política y los políticos, generando indiferencia, apatía y desgano. Delicada situación, porque vacía de credibilidad todo esfuerzo por fortalecer la democracia. Se deslegitiman los procesos electorales y disminuye en este sentido la participación ciudadana. Frente a esta situación, surge el distanciamiento entre ética y política, en tanto se sobrevalora la ética, como todo aquello que es bueno y a la política con todo lo malo, al extremo de identificarla con la maldad y a la ética con la bondad.

Para alcanzar  algunos niveles de entendimiento entre ética y política, debemos pensar, entonces, explican estos autores, en recuperar la dimensión de la honestidad, la equidad y el camino de servicio a los demás. Y a su vez, romper el embrujamiento del desorden de todos contra todos.

Debemos de entender que la imposibilidad de la política como un compromiso podrá ser posible, con el esfuerzo de insertar la ética para sentar una especie de valores mínimos “sin excesos de moralismo” que conjuntamente con la práctica, logren vencer, aunque sea limitadamente, el desencanto en nuestra sociedad, hacia la política y los políticos.

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