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La industria del resarcimiento

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COLUMNISTA

La palabra genocidio es un híbrido entre la palabra griega génos (que significa raza o gente) y el sufijo en latín -cidio que significa acto de matar. El genocidio es una cosa espantosa que ha venido a ser uno de los mayores y más eficaces instrumentos de manipulación del Siglo 21. La palabra en sí fue acuñada por un abogado judío-polaco en 1944, de nombre Raphael Lemkin, para describir las atrocidades de los Nazis en su afán de eliminar sistemáticamente a la población judía. Luego la ONU decidió adoptarla en su Asamblea General de 1948 creando la Convención para la Prevención y el Castigo de Crímenes de Genocidio, que entró en acción en enero 1951.

La definición legal de genocidio, según el Artículo 2 de dicha Convención reza “cualquier acto cometido para destruir, en parte o en su totalidad, un grupo nacional, étnico, racial o religioso, tales como: asesinar miembros del grupo, causar daño físico o mental a miembros del grupo; deliberadamente infringiendo en el grupo condiciones de vida calculadas para provocar su destrucción física enteramente o parcial; imponiendo medidas intencionales para prevenir nacimientos en el grupo; transferir por la fuerza niños de un grupo a otro grupo”.

El último caso de genocidio registrado fue el de Ruanda, en el que 800,000 Tutsis fueron eliminados en 100 días por extremistas Hutus. Darfur, Bosnia y el Holocausto son ejemplos tácitos de genocidio. Si en Guatemala el Ejército hubiese sido 100% por ejemplo, Quichés y la guerrilla hubiese sido 100% Kaqchikeles, entonces se podría hablar de una etnia exterminando otra. O bien, si el Ejército fuera todo ladino, o todo canchito. Pero no es así. Se han reportado muchos casos en los que hubo hermanos peleando en ambos lados del horrendo conflicto armado. Los asesinatos sucedieron, como las ejecuciones, por ambas partes. Era una asquerosa guerra de guerrillas, que significa un conflicto de baja intensidad sin reglas de enfrentamiento. Eso no lo justifica, pero si explica porqué se dio como se dio.

Firmamos la tan anhelada paz, para que quedara en nada. Ahora estamos endeudados hasta quien sabe que generación para pagar resarcimientos multimillonarios a quien quiera que clame que su pariente murió en manos del Ejército. Este tema es escabroso, horrendo, complejo, agobiante y sumamente frustrante porque si uno dice que si hubo genocidio y sucumbe a la presión del políticamente correcto, es como admitir que hubiera sido mejor caer en el comunismo, dejar que el país se hundiera en esa época y ser otra Cuba. Ah, pero en Cuba no hay genocidio a pesar de los miles y miles de presos políticos que han sido asesinados por el gobierno cubano. Como no es considerado genocidio el de Nicaragua en los tiempos de la guerra con los Contras, ni tampoco es genocidio en Vietnam, cuando cientos de miles de vietnamitas en su mayoría del sur, perdieron la vida en manos de sus hermanos del norte. O las purgas rusas, las purgas chinas. Genocidio es el asesinato sistemático de kurdos o armenios en manos de turcos o iraquíes, o las matanzas entre indios y paquistaníes. Pero curiosamente, no se habla de genocidio en Afghanistan, por ejemplo.

El punto es que como todo, es el poderoso caballero don dinero el que mueve a los actores cual marionetas, y nos deja a nosotros, los que no fuimos participes, como tontos útiles que pagaremos las facturas multimillonarias que nos impongan tribunales nacionales y extranjeros. Los que pagamos, no tenemos voz ni voto en el asunto. Sólo nos toca pagar. Y como con todo en Guatemala, se vuelve motivo de más conflicto, generador de más división y odio.

Fácil hacerse rico a costa de esto, sin duda. La pujante industria del resarcimiento está en pleno apogeo.

TEXTO PARA COLUMNISTA

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