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Hacia una cultura de libertad

COLUMNISTA

Los guatemaltecos fuimos sometidos a una cultura de miedo y de silencio a partir de la contrarrevolución de 1954 hasta la firma de los Acuerdos de Paz. Una cultura que se grabó en lo más profundo de niños, jóvenes, adultos y ancianos que fueron observadores pasivos o vivieron en carne propia la violencia indiscriminada por parte de los cuerpos represivos del Estado, violencia que fue dirigida principalmente a quienes expresaban alguna oposición política.

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Esa es la causa por la que nuestras madres nos daban recomendaciones tales como: “en boca cerrada no entran moscas”, “no hay que buscar lo que no se ha perdido”, “escúchame bien, no te metas en babosadas”, frases que sonaban con la fuerza de la advertencia cuando veían que estábamos participando en algún colectivo  en la parroquia del barrio, el instituto o la universidad.

En esa época del oscurantismo del siglo xx en nuestro país, se rompió el tejido social y si hubo alguna forma de organización social fue de manera clandestina debido a los riesgos implícitos que llevaba organizar agrupaciones gremiales, comités cívicos, partidos políticos o colectivos sociales.

Durante muchos años hemos padecido los efectos de esa brutal represión. Aun hoy las personas tienen miedo de organizarse, quedo en el subconsciente colectivo ese temor a participar, ese miedo a expresarse. Esas conductas en muchos casos se han trasladado a las nuevas generaciones, lamentablemente.

En este siglo xxi los que vivieron esa época de postergación o sea la generación baby boom, han visto con gran agrado el advenimiento de la tecnología de la información y la comunicación, ya que ahora pueden socializar, comentar y emitir opinión a través del ciberespacio sin temor a ser perseguidos pero han dejado por un lado la socialización presencial. La generación de los millennials como no experimentó esa represión es más libre de expresase, participan más abiertamente en distintos colectivos y empiezan a ejercer una ciudadanía más plena, cimentando de esa manera una cultura antónima al temor y al mutismo.

Ambas generaciones deben articularse para reconstruir el tejido social. Organizarse en la ciudad y en el campo, con el propósito de enfrentar los desafíos que se presentan en lo político, social, económico y cultural.

En estos momentos de crisis política no tiene la sociedad en su conjunto, una salida valida al conflicto. Se ha alterado la paz, las relaciones sociales están fragmentadas y no se tiene voluntad para dialogar, teniendo como resultado incertidumbre e ingobernabilidad.

La polarización se hace más profunda, grupos de la política tradicional que defienden el statu quo de corrupción e impunidad manipulan y mienten  al pueblo, contrario sensu, grupos que aspiran a una política nueva, en la cual no cabe la arbitrariedad y la podredumbre en el Estado  no tienen la conexión y la fuerza suficiente para promover los cambios de fondo.

La cultura de silencio y miedo hoy día ha perdido su vigencia. Está floreciendo una nueva cultura de voces en libertad. Hay que coadyuvar participando activamente. Debatir, denunciar, protestar, expresar con autonomía las ideas fortalece la democracia. Guatemala se lo merece.

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