El Siglo

Comales, burros y patos

Cada vez que hay señalamientos a funcionarios democráticamente electos, sea a diputados o al Presidente, se cuestiona su legitimidad.  En un sistema republicano de elección democrática, la legitimidad se otorga en las urnas y, a menos que algo extraordinario suceda, esa legitimidad dura hasta que  concluye el período para el cual fueron designados.  La legitimidad no es algo que se va gastando o que en momentos se es “más legítimo” y otros “menos legítimo”.  Sugiero acudir al Diccionario de la Lengua Española para ilustrarse.  De esa cuenta, la legitimidad es una y permanente hasta que ya no se es legítimo y eso ocurre cuando concluye el período o, como ya apunté, cuando algo extraordinario ocurre.  Ojo, que un golpe de estado de hecho remueve al democrática y legítimamente electo, sin embargo no se le quita su legitimidad.  Se de despoja del cargo, claro está, pero el  defenestrado seguirá siendo legítimo hasta que venza su período, aunque ya no esté en el.

Otra cosa distinta es tener o no popularidad.  La popularidad es, en efecto, veleidosa. La popularidad de un Presidente varía según tome medidas que sean deseadas por la población.  Es más, ni siquiera por una mayoría; con que la medida no sea “popular” para determinados grupos de presión o para los medios de comunicación, la popularidad del funcionario baja.  La popularidad es algo que se tiene al inicio -pues consiguió votos suficientes para ser electo- y desde el momento que asume va perdiendo popularidad.  En el caso de los diputados esa falta de popularidad puede tener la consecuencia que a la siguiente elección no resulte electo, pero en el caso del Presidente, en países que no permiten la reelección, perder popularidad es intrascendente.

Contrasta la legitimidad y popularidad de personas o entidades de la llamada “sociedad civil”; su legitimidad la otorga su constitución y registro público y su popularidad en todo caso será demostrada en su poder de convocatoria.  Hasta allí todo bien, sin embargo ahora resulta que personas y entes de la “sociedad civil” cuestionan la legitimidad de Presidente y diputados.  ¡Vaya si son atrevidos!

Ya entendidos los términos legitimidad y popularidad, quiero introducir otro: representatividad.  Ésta corresponde a aquel quien representa; la representatividad del Presidente Morales es de más de dos millones de guatemaltecos, correspondientes a los votos que obtuvo en las urnas.  ¿Cuál será la representatividad de la llamada “sociedad civil” o de algunos de sus personajes más notorios?

El 20 de septiembre se llevó a cabo una manifestación pacífica para mostrar el rechazo al Presidente y a los diputados.  Si se toman las cifras más altas -porque las reales seguramente son menores- la representatividad de los que convocaron (AEU, Codeca, et al) es de aproximadamente doscientos mil guatemaltecos.  ¿Vamos entendiendo quién tiene qué?

Así como no se puede negar que muchos de los políticos tienen la finalidad del enriquecimiento personal, tampoco se puede obviar que determinados grupos y personas de la “sociedad civil” tienen como finalidad acceder a posiciones de poder por vías distintas a las democráticas, o peor aun, pretender dirigir al país sin legitimidad ni representatividad, pues una tras otra vez han sido vencidos en las urnas.  Por más  comunicados, convocatorias, seminarios, marchas o bloqueos que ellos hagan, no tienen representatividad.  Si así fuese, ostentarían el poder.

Así pues, comales y burros (por lo de orejones, no por nada mas) y patos que viven tirándole a las escopetas, dispersan babosadas que pretenden confundir, pero nunca convencen.  En las próximas elecciones hay oportunidad para que los acá señalados me demuestren qué tan equivocado estoy.  Yo, apuesto a que no.

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